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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 25 de mayo 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 25-05-2020

Arturo Uslar Pietri y “Sumario de la Civilización Occidental”

La cultura occidental se constituye en un rincón del Imperio Romano por la concurrencia de tres legados, el griego, el romano y el hebreo. Tuvo sus orígenes en la Grecia antigua, donde los elementos singulares de las primitivas civilizaciones se integraron en un conjunto de vida social y cultural que ahora se reconoce como civilización occidental. Para los historiadores la expresión “cultura occidental” define, en sentido estricto, una concepción del mundo y de la vida que se expresa en infinidad de formas y que tuvo, un origen localizado en un ámbito territorial y geográfico, marcado por la especificidad y la obra de ciertos grupos, cuya tendencia fue más bien a puntualizar las diferencias con las culturas vecinas y acentuar el contexto de su desenvolvimiento. A partir de cierto momento, la cultura occidental se expande, y sus portadores empiezan a difundirla con gran éxito más allá de las fronteras donde se había originado. En la introducción de su brillante obra “Sumario de la Civilización Occidental” (Madrid: Editorial Mediterráneo. 1972. pp. 9, 17) Arturo Uslar Pietri explica el proceso histórico que dio lugar a la formación de la Cultura Occidental sobre la base de las tradiciones que le dieron origen y las concepciones que la caracterizan, en conjunción de símbolos, valores, sentimientos, recuerdos y emociones compartidas.

Entre todas las civilizaciones que registra la historia, una de las más duraderas, extensas, variadas y ricas es precisamente la llamada “Civilización Occidental”. Pietri selecciona una amplia colección de textos para crear un registro orientado a la divulgación del pensamiento de autores fundamentales de la civilización occidental. En el libro aparece una secuencia de títulos de autores de todas las épocas de la historia: Antigüedad, Edad Media, Renacimiento, Barroco, Ilustración, Modernidad y Edad contemporánea. Escritos de  Homero, Heródoto, Pericles, Isócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio, Séneca, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Tomás Moro, Erasmo de Rotterdam, Dante Alighieri, Martín Lutero, Shakespeare, Goethe, Marx, Sigmund Freud, Miguel de Unamuno, Arnold Toynbee, Paul Valery, y Jean Paul Sartre, entre otros.

A continuación transcribimos un segmento del texto de la introducción de “Sumario de la Civilización Occidental”, Pietri (1972). 

“Pertenecer a una civilización es compartir una concepción del mundo, poner fe en determinados valores morales, aceptar ciertos símbolos, participar en recuerdos, emociones y sentimientos comunes y recibir y aceptar determinados conceptos sobre el carácter del hombre, su misión en la sociedad y su destino final. Cada una de las grandes civilizaciones, tanto pasadas como presentes tiene, tiene sus características concepciones y sus reglas de conducta. No es igual la concepción del hombre, de sus deberes y sus ideales, para un indio maya, para un mogol de la época de Gengis Khan, para un egipcio de la época de Akenaton, para un chino servidor de la dinastía Ming, para un ateniense del siglo de Pericles o para un cruzado del siglo XII. Entre todas las civilizaciones de que tenemos conocimiento, una de las más duraderas, extensas, variadas y ricas es precisamente la llamada “civilización occidental”, que se formó entre las riberas mediterráneas y las selvas germánicas del norte de Europa y que se extendió luego no solo a toda Europa y América, sino que entró en contacto, como elemento denominador e influyente, con todos los pueblos y civilizaciones del resto de la tierra, que de ella recibieron e incorporaron ideas y técnicas. Es decir, vino a ser la más universal de todas ellas. Los hombres que vivimos en el ámbito de la civilización occidental somos los herederos, los usuarios y los continuadores de un conjunto de valores que no solo nos caracterizan, sino que, además, determinan en gran parte nuestras acciones individuales y colectivas. La civilización occidental se caracteriza superficialmente por un prodigioso desarrollo de las técnicas y de las aplicaciones prácticas de la ciencia. Ha sido entre todas, la que inventó los motores y las máquinas de trabajo, la que hizo los aparatos de volar y de sumergirse en el mar, la que encontró manera de atravesar los cuerpos opacos, de utilizar la electricidad para las comunicaciones, y el modo de liberar la energía que estaba prisionera dentro del átomo. Pero de todos esos prodigios mecánicos, que tanto nos enorgullecen, no son, finalmente, sino el resultado de una determinada actitud de la mente humana ante el mundo, de un modo de concebir y desarrollar la ciencia, de una manera de recibir y conocer los hechos de la experiencia, que es característica de la civilización occidental. No hemos inventado el fonógrafo porque somos más inteligentes que los chinos o que los mayas, sino porque nuestra mentalidad estaba orientada de tal manera, que de ciertos conocimientos generales, acaso sabidos desde los más remotos tiempos, teníamos que esforzarnos en sacar aplicaciones prácticas que sirvieran para facilitar la tarea de vivir. Esa orientación general de la mentalidad de los que pertenecen a la civilización occidental es la que en verdad la caracteriza y la que importa conocer. Nuestra civilización occidental no es el fruto de una sola época ni de un solo pueblo, sino que se ha hecho y se sigue haciendo a lo largo de muchos siglos en variados escenarios y con la intervención de diversos pueblos y de distintas circunstancias. Es como un río, que no nace de una sola fuente, sino de innumerables fuentes y afluentes, que son los que lo constituyen y le dan su carácter definitivo. Una de esas fuentes está en Atenas. Muchas de nuestras nociones fundamentales sobre la dignidad del hombre, la felicidad, la libertad y los ideales de conducta, nos vienen del pensamiento y del ejemplo de los griegos. Aunque no nos demos cuenta, viven en medio de nosotros conceptos y nociones que expresó Sócrates o que cantó Homero. Cuando al azar de una lectura los encontramos no podemos menos de sorprendernos ante el aire de cosa familiar conque se nos presentan. La herencia griega se amplió luego y se modificó con la experiencia romana, que fue la de un estado universal, que tuvo que crear estructuras administrativas y jurídicas para regir los pueblos más diversos. De ellos nos vienen el amor a la Patria, la noción del derecho, la concepción del Estado y el Imperio. Sin embargo, hay otra fuente y raíz muy viva entre nosotros que era extraña a los griegos de Pericles y a los romanos de Augusto.  Esa otra raíz que nutre nuestra concepción del destino ulterior del hombre, el concepto de la moral como amor y la idea de un Dios único, de misericordia y justicia, o en otras palabras, la concepción del mundo como un transitorio “valle de lágrimas” nos viene de los judíos. Tanto, o acaso más que los descendientes espirituales de Platón o Aristóteles, somos los hijos de Abraham y de Moisés, y los redimidos de Jesús. En el fondo de nuestra conciencia los preceptos del derecho romano se mezclan con los mandamientos del decálogo y con las conmovedoras enseñanzas del Sermón de la Montaña. Quien nombra a Abraham, nombra un pasado cultural que sale de los sumerios, y quien nombra a Moisés evoca el ámbito de la cultura egipcia a la altura de la XVIII dinastía. Igualmente hablar de los griegos habría que remontarse a los aqueos invasores del norte, a los cretenses del sur, a los fenicios que hicieron alianza con Salomón, de quien entre otras cosas nos viene la noción mística del amor y el desengaño de la sabiduría que está en el comienzo de toda verdadera sabiduría. De todas esas fuentes se ha alimentado el río de nuestra civilización occidental. Pero aún hay otras, que no podemos menospreciar. La civilización occidental florece en el hinterland de Europa, cuando los griegos ya eran arqueología y el Imperio Romano un vago tema retórico, en tierra de galos, iberos, germanos, sajones, daneses y eslavos, que es todo eso que, con admirable simplicidad, los antiguos llamaban los bárbaros. En contacto con esos pueblos el latín va a dar nacimiento a otras lenguas, que es como dar nacimiento a otras almas. Las instituciones del derecho romano se van a mezclar con las de esas naciones para dar origen a nuevas formas de sociedad y de relación como, por ejemplo, el feudalismo. El cristianismo que se va a propagar por Europa ya no es el de Jerusalén, ni el de San Pablo, ni siquiera el romanizado cristianismo de Teodosio, sino una religión que ha incorporado preocupaciones temporales y tradiciones locales y que y que se ha forjado en la lucha de la creación de una nueva sociedad, en los centros de oración, de educación, de trabajo, de política y hasta de guerra que fueron las congregaciones monásticas de la Edad Media. Esa Europa que se va a forjar en la tensión y las oposiciones del Mediterráneo y lo germánico, de lo pagano y lo cristiano, de lo clásico y lo bárbaro, de lo natural y lo sobrenatural, de lo local y lo universales la hoya en que las aguas vivas de todas las fuentes cercanas y lejanas se mezclan para formar el río de la civilización oocidental”. “De todas esas fuentes se ha alimentado el río de nuestra civilización occidental”

Arturo Uslar Pietri nació en Caracas en 1906 y llegó a ocupar diversos cargos en su carrera de diplomático y de político ampliamente reconocidas en América y Europa. Abogado, periodista, filósofo, escritor, y productor de guiones de cine y televisión, profesor en la Universidad de Columbia, Ministro de Educación en Venezuela, agregado cultural en Francia, desarrollo una encomiable labor literaria que comprende un valioso conjunto de obras. Entre otras, (El camino dorado,1948), (Barrabás y otros relatos,1928) , (Breve historia de la novela hispanoamericana, 1954), (Las lanzas coloradas, 1931) En su país Arturo Uslar Pietri, ha sido considerado como uno de los intelectuales más importantes del siglo XX.​

ingridderodriguez@hotmail.com


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