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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 24 de marzo 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 24-03-2020

La cultura distingue al Homo Sapiens de otras especies

El estudio de la cultura de los grupos y sociedades que conforman el mosaico de pueblos y razas que habitan a lo largo y ancho del planeta, es un punto esencial en la comprensión de la experiencia humana a través del tiempo.

Desde sus manifestaciones más elementales en pueblos primitivos y civilizados, antiguos y modernos, lo concerniente al estudio de la cultura constituye una hermenéutica apropiada y fascinante para la comprensión de la historia del hombre. Me confieso apasionada de estudiar la evolución de la humanidad tomando como punto referencial la cultura en su dimensión más amplia, la cual abarca datos filosóficos, sociológicos, antropológicos y artísticos.

Por otra parte, el análisis del sentido de la cultura como realidad incluyente de todo el sistema de lo humano, nos permite alcanzar una mejor comprensión de las realidades del pasado y el presente. De la historia de la propia sociedad y el mundo. Nos ofrece posibilidades de análisis iluminadas con nuevas perspectivas para vislumbrar el futuro.

La cultura es el sistema de todas las actividades humanas. La particularidad simbólica que nos define como humanos, pues, la característica más sobresaliente y distintiva del hombre no es su naturaleza metafísica o física, sino su obra. De ahí que el concepto de cultura nos permite entrar en una dimensión de humanidad común, en el conocimiento de otras tradiciones culturales distintas, para su aprecio y valoración.

Pues nada se nos ha dado hecho, somos un proyecto inacabado que fragua día a día su propio destino. La libertad que Dios concede a sus hijos, desde el momento en que nacen, constituye el atributo más definitorio de la constitución ontológica del ser humano. La existencia humana es básicamente proyectiva, una tarea que debe realizarse en el propio acto de vivir, desde una circunstancia histórica concreta que la hace posible.

El hombre es autor y actor de esa gestación particular, personal e intransferible que es su propia vida.   En ese orden, cada grupo humano coincide en organizar el mundo y mejorarlo con sus  creaciones, es decir con su obra.

Una actitud personal de valoración de todas las culturas, nos permite apreciar las diversas formas en que los seres humanos aplican su inteligencia para la transformación de la naturaleza y su entorno vital. Conformando el universo que engloba todo su quehacer. Pero, en ese esencial intento de transformación de la naturaleza para hacer más confortable, digno, y mejor el mundo, el hombre y la mujer no deben perder de vista el centro, ni la dirección del sistema de sus interrelaciones con la cultura, la cual, como expresión creadora tiene que orientarse a su servicio.

Todos los valores espirituales y materiales sólo encuentran su razón de ser en la medida en que permiten a los individuos y a las colectividades alcanzar sus metas de máximo desarrollo humano integral.  La cultura ha de servir al hombre, y no es lícito pensar que sea el hombre el que tenga que servir a la cultura. Esta idea ha de ser  normativa, en cuanto actualmente el ser humano experimenta un ferviente deseo de situarse en su verdadera dimensión.

La sociedad de hoy está agotada de tanto mercantilismo y utilitarismo. La humanidad ha retomado la tarea de encontrarse a sí misma para trascenderse. Una ética humanística ha de iluminar la aplicación y el uso de toda creación humana material y espiritual. Una ética del bien común que coloque al hombre y la mujer en el centro de la creación de Dios, pues no tiene objeto la aplicación de la capacidad creadora, si la misma no está orientada sus posibilidades de mejorar el mundo.

¡No! a la violencia, el armamentismo, la guerra y la destrucción del medio ambiente.

  “Un mundo le es dado al hombre su gloria no es soportar o despreciar este mundo, sino enriquecerlo construyendo otros universos. Amasa y remoldea la naturaleza sometiéndola a sus propias necesidades, construye la sociedad y a su vez es construido por ella, trata luego de remoldear este ambiente artificial para adaptarlo a sus propias necesidades materiales y espirituales, así como a sus sueños, crea así el mundo de los artefactos y el mundo de la cultura”.

 Para entender el poder de la cultura debemos remontarnos a sus aspectos como atributo no de los individuos Per se, sino de los individuos en cuanto que miembros de grupos. Pues la cultura se transmite en la sociedad. Aprendemos nuestra cultura a través de la observación, escuchando, conversando, e interactuando con otra gente. Si la cultura en su dimensión más amplia traduce el tránsito de la persona de un estado biológico, a un estado social realizador de valores, así como la transformación humana interior, en la unidad de cinco grandes áreas: ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y tradiciones, y cualquier otro hábito o capacidad adquirido por el ser humano como miembro de la sociedad, es en  el desarrollo de sus múltiples relaciones, el lugar en que encontramos su fuerza transformadora.

 La cultura  es un proceso de progreso consciente, racional y libre de todos los individuos, que exige elegir en función de valores. El hombre es creador de cultura porque es sujeto consciente y libre que coopera con otros en elaborar un modelo de hombre, unos valores e incluso una concepción global del mundo.

 Nuestro mundo, asombrosamente nuevo, producto de grandes cambios e innovaciones, en la ciencia, la técnica y las comunicaciones, está en crisis, transformado en el orden social, político, económico y cultural. Y está marcado por los grandes contrastes entre tradición y modernidad, pobreza y riqueza, autoritarismo y democracia, deterioro del medio ambiente, pobreza en amplias zonas geográficas.

 El avance tecnológico del mundo actual, es impresionante, y la base primordial del desarrollo acelerado de las sociedades del siglo XX y XXI, sin embargo ese avance que deviene de la aplicación de la ciencia y la técnica, al dominio de la naturaleza para adecuar el mundo al hombre no ha implicado necesariamente el desarrollo humano integral con equidad en todos los países y regiones.

Vivimos en  un mundo de sorprendentes avances científicos y técnicos, logrados con ingentes esfuerzos, que apreciamos, a partir de la aplicación de la tecnología, a la medicina, la producción de alimentos, las comunicaciones y los medios de transporte.

Sin embargo, presagia una civilización en crisis, una civilización deshumanizada y deshumanizante que fundamenta el progreso y el desarrollo, en una visión mecanicista de la naturaleza y el hombre, según la cual la naturaleza puede ser usada y manipulada a favor del progreso técnico indefinido, y la ciencia en vez de estar a su servicio parece convertirlo en simple objeto.

 Esta perspectiva olvida el ser humano y su valor supremo por encima de todas las cosas, nos coloca frente a una interrogante:

 ¿Los grandes avances que han transformado a nuestra época y de hecho seguirán realizándose en el futuro serán usados para el bien y estarán puestos al servicio de la humanidad? O por el contrario,  causarán su infelicidad y destrucción.

 Propongo un análisis del horizonte futuro de nuestra civilización contemporánea y una revisión del concepto moderno del progreso, y la absolutización que dicho concepto  confiere a la superación material en desmedro del crecimiento espiritual. Favorece una visión irrelevante del ser humano, la alienación y deshumanización causantes de tantos males.

 Sembremos la esperanza asumiendo los valores del humanismo cristiano que promueve el PAPA FRANCISCO a nivel mundial.

 A LA LUZ DE LA FE EN JESUCRISTO, EL PAPA PREDICA CON LA PALABRA Y EL EJEMPLO: compañerismo, sensibilidad, solidaridad, convivencia, integración, diálogo, servicio, optimismo, serenidad, sencillez, tolerancia e integridad.

ingridderodriguez@hotmail.com


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