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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 22 de mayo 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 22-05-2020

Pedro Henríquez Ureña y “Humanismo en América”

“Para el espíritu de todo verdadero educador la ciencia es siempre (una virtualidad que tiende a la acción), y la ciencia, quiero decir, el conjunto de todo saber fecundo y amplio, ha debido aparecer, a los ojos de los grandes maestros que han renovado la enseñanza en América, como el medio más positivo de regenerar a éstas sociedades. La ciencia sistematiza los hechos, los fenómenos, en fórmulas o leyes invariables que no toleran excepción ni atención alguna, las técnicas, las artes útiles, dan reglas para hacer, y para proceder". (Pedro Henríquez Ureña).  

Pedro Henríquez Ureña es uno de los intelectuales dominicanos más sobresalientes del siglo XX. Con una obra educativa y literaria que a la luz del pensamiento actual, conserva su vigencia intemporal y trasciende la geografía Continental, la obra de Pedro Henríquez Ureña es admirada por pensadores y educadores de diversas épocas y latitudes. Traducida a varios idiomas, la obra del maestro dominicano se fundamenta en una ingente labor de investigación. Sabiduría, erudición y reflexión, son los rasgos característicos del estilo sencillo y elegante de la prosa de Henríquez Ureña. 

Sus palabras trascienden el tiempo y sus ideales éticos continúan promoviendo mejores seres humanos. 

"Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1884. Hijo de un médico y de la destacada poeta Salomé Ureña de Henríquez, la educación de Henríquez Ureña fue desde temprana edad cursada por las corrientes del más dilecto humanismo. Estudió leyes, más su vida estaba destinada a convertirlo en hombre de letras. Maestro del ensayo literario y destacadísimo investigador literario y filológico. Llegó a México por el puerto de Veracruz en 1906 y se incorporó al grupo de la

“Revista Moderna” en la ciudad de México. En la casa que habitaba junto a su hermano Max se realizaban las tertulias de la sociedad de conferencias, “Ateneo de la Juventud” y “Ateneo de México”, que llegaron a reunir a los escritores y pensadores más insignes de la primera mitad del siglo XX mexicano. Alfonso Reyes llegó a decir que Henríquez Ureña, que era el “Sócrates de la generación ateneísta, y ésta admiración ha sido compartida y heredada por los más variados intelectuales hispanos y estadounidenses. De hecho, Pedro Henríquez Ureña es uno de los grandes humanistas que ha dado Hispanoamérica, y su magisterio cultural lo llevó de México a París, de la Habana a Madrid, de Minesstota a Havard, y de allí a Santiago de Chile, Montevideo y Buenos Aires. En Madrid perteneció al “Centro de Estudios Históricos” dirigidos por Ramón Menéndez Pidal, en México compartió e irradió su sabiduría en todos los ámbitos del mundo cultural, en los Estados Unidos asentó su influencia desde las cátedras universitarias, y en Buenos Aires participó en la ebullición literaria y cultural que se desprendía de la “Revista Sur.  Pedro Henríquez Ureña murió en un vagón de tren en Buenos Aires, el 12 de mayo de 1946, mientras se dirigía a impartir una clase a la universidad de la Plata. Jorge Luis Borges, quien lo frecuentó durante la época previa a su muerte y que siempre reconoció su admiración por él, escribió que Henríquez Ureña “se sintió americano y aún cosmopolita, en el primitivo y recto sentido de esa palabra que los estoicos acuñaron para manifestar que eran ciudadanos del mundo, y que los siglos han rebajado a sinónimo de viajero o aventurero intelectual".

La fina prosa y el elegante estilo de Pedro Henríquez Ureña continúan fascinando a las generaciones actuales. Sus palabras trascienden el tiempo y su pensamiento continúa promoviendo mejores seres humanos, al afirmar un ideario fundamentado en los valores humanísticos. Para Pedro Henríquez Ureña  las disciplinas humanísticas, y las humanidades no son solamente enseñanza intelectual y placer estético, sino también, como pensó Matthew Arnold, fuente de disciplina moral. Es alentadora la afirmación del gran educador: “Acercar a los espíritus a la cultura humanística es empresa que augura salud y paz”.

 Humanismo en América

El hermoso breviario (Humanismo en América, Pedro Henríquez Ureña. México: Editorial del Fondo de cultura Económica, 1997. P. 13-15), es una muestra precisa de la fina prosa, erudición alejada de la pedantería, investigación incansable y humanismo universal de uno de los mejores escritores del siglo XX.  

La obra contiene 4 piezas emblemáticas del género del ensayo.

1)La cultura de las humanidades. 2) El primer libro de escritor americano. 3) Romances en América. 4) Apuntaciones sobre la novela en América.

 “La cultura de las Humanidades” es el título del discurso que Pedro Henríquez Ureña pronunció en la inauguración de las clases del año de 1914, en la “Escuela de Altos Estudios” de la Universidad Nacional de México y publicado (UNAM). A continuación, transcribimos un fragmento de dicho texto. Su reflexión sobre la importancia de las humanidades lleva un mensaje tan actual como el día en que Pedro Henríquez Ureña se dirigió a los estudiantes de la UNAM. 

“Las humanidades, viejo timbre de honor en México, han de ejercer sutil influjo espiritual en la reconstrucción que nos espera. Porque ellas son más, mucho más que el esqueleto de las formas intelectuales del mundo antiguo: son la musa portadora de dones y de ventura interior, fors olavigera para los secretos de la perfección humana. Para los que no aceptamos la hipótesis del progreso indefinido, universal y necesario, es justa la creencia en el milagro helénico. Las grandes civilizaciones orientales (arias, semíticas, mongólicas u otras cualesquiera) fueron sin duda admirables y profundas (…) Todas estas civilizaciones tuvieron como propósito final la estabilidad, no el progreso, la quietud perpetua de la organización social, no la perpetua inquietud de la innovación y la reforma. Cuando alimentaron esperanzas, como la mesiánica de los hebreos, como la victoria Ahura- Mazda para los persas, las pusieron fuera del alcance del esfuerzo humano: su realización sería obra de las leyes o las voluntades más altas. El pueblo griego introduce en el mundo la inquietud del progreso. Cuando descubre que el hombre puede individualmente ser mejor de lo que es, perfeccionarse, vivir mejor de como vive, no descansa para averiguar el secreto de toda mejora, de toda perfección, Juzga y compara, busca y experimenta sin tregua, no le arredra la necesidad de tocar a la religión y a la leyenda, a la fábrica y a los sistemas políticos. Mira hacia atrás y crea la historia, mira al futuro y crea las utopías, las cuales no lo olvidemos, pedían su realización al esfuerzo humano. Es el pueblo que inventa la discusión, que inventa la crítica. Funda el pensamiento libre y la investigación sistemática. Como no tiene la aquiescencia de los orientales no sustituye el dogma de ayer con el dogma predicado hoy, todas las doctrinas se someten a examen, y de su perpetua sucesión, brota, no la filosofía ni la ciencia, que ciertamente existieron antes, pero si la evolución filosófica y científica no suspendida desde entonces en la civilización europea. El conocimiento del antiguo espíritu griego es para el nuestro moderna fuente de fortaleza, porque le nutre con el vigor puro de su esencia prístina y aviva en él la luz flamígera de la inquietud intelectual. No hay ambiente más lleno de estímulo: todas las ideas que nos agitan provienen, sustancialmente, de Grecia, y en su historia las vemos afrontarse y luchar desligadas de los intereses y prejuicios que hoy las nublan a nuestros ojos. Pero Grecia no es sólo mantenedora de la inquietud del espíritu, del ansia de perfección, maestra de la discusión y de la utopía, sino también ejemplo de toda disciplina. De su aptitud crítica nace el dominio del método, de la técnica científica y filosófica; pero otra virtud más alta todavía la erige en modelo de disciplina moral. El griego deseó la perfección, y su ideal no fue limitado, como afirmaba la absurda crítica histórica que le negó sentido místico y concepción del infinito, a pesar de los cultos de Dionisisos y Deméter, a pesar de Pitágoras y de Meliso, a pesar de Platón y Eurípides. Pero creyó en la perfección del hombre como ideal humano, por humano esfuerzo asequible, y preconizó como conducta encaminada al perfeccionamiento, como prefiguración de la perfecta, la que es dirigida por la templanza, guiada por la razón y el amor”. 

ingridderodriguez@hotmail.com


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