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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 14 de mayo 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 13-05-2020

José Lezama Lima y Para llegar a Montego Bay

José Lezama Lima – llamado por su familia “Joseito” - nació en la ciudad de la Habana en el campamento militar de Columbia, Marianao el 19 de diciembre de 1910. Era hijo del coronel de artillería José María Lezama y de Rosa Lima. Desde pequeño se le manifestó la dolencia que padeció toda la vida, el asma fue un malestar permanente al que confirió alguna influencia en su manera, errabunda y nómada de utilizar los signos de puntuación, por su difícil respiración de asmático. 

En cierta ocasión Lezama dijo a su gran amigo Julio Cortázar: “Tienes razón Julio, muchos me reprochan la forma en que pongo las comas, pero es que no se dan cuenta que soy asmático y que mi respiración en la escritura corresponde a la de mis pulmones”. 

Autor de gran riqueza y complejidad, la obra poética de Lezama, indesligable de sus ensayos y su narrativa, fluye desde una concepción personal de la poesía cuyos fundamentos – si bien diseminados – aparecen claramente expresados en sus textos, que cobran gran significación en su sistema poético, una estructura de palabras yuxtapuestas donde el poeta combina figuras que postulan su particular teoría filosófica del de la poesía. Su centro está en la idea sensible de la imagen o imago, “resistencia en el tiempo, gracias a la cual, podemos establecer relaciones con el vacío, saturarlo o negarlo, y encontrarle sentido y sustancia.

Lezama marca nuevos rumbos en la moderna poesía latinoamericana. En su obra la sintaxis, el ritmo y las metáforas, conforman ese sistema particular de  interpretación del mundo, sólo accessible cuando se presenta en imágenes poéticas, constelación de fantasías ortográficas y metáforas deslumbrantes.

“En el lenguaje y en la realidad la poesía siempre está presente”. 

“Exuberante, imaginativa, revolucionaria… la poesía de Jose´Lezama Lima, más lírica y rica en metáforas en un primer momento, más especultiva y hermética en su madurez, supone un constante desafío a lo establecido, una enriquecedora y continua labor de destrucción y recreación del lenguaje. Sus poemas – observa Octavio Paz – “son océano de formas, un caldo criollo en el que nadan todas las criaturas terrestres y marinas del lenguaje español, todas las hablas y todos los estilos”.

En la antología que comentamos hoy, preparada y prologada por David Huerta, titulada “Muerte de Narciso” ( Madrid: Editorial Alianza, Ediciones Era, 1988) aparecen varios poemas conducentes a la lectura y conocimiento de la obra Lezamiana y de la poesía hispanoamericana. Seleccionamos algunas estrofas del poema “Para llegar a Montego Bay”.  

“Como la abierta canana de los soldados ebrios, el negro pastor palidecía la ablandada mitad de su chaleco, ante la piscina rizada por el triple alto de la piedra heráclea de los griegos. Su chaleco como un endurecido ajustador de líquenes, mostraba su divertida coquetería andrógina en la Montego Bay. 

 No en la infernal glorieta donde los murciélagos penetran por los troncos, sino en la marcha de las hojarascosas nubes del otoño, expulsadas por the fire of the florest. El refinamiento del bosque de cocoteros iguala a la franja naranja de la cacatúa austríaca, pues una esbeltez que parecía no traspasable se multiplica como las quemantes naves de los aqueos delante de la frivolidad de Ilión. 

El refinamiento del bosque de cocoteros lanza semillas mascadas y ensalivadas sobre la estilización de los anuncios de las marcas de cigarrillos en la Montego Bay. La carnalidad obsequiosa del césped se tullía para esperar un crepúsculo de musicados entreactos. El flamboyant como la albina señorita jirafa, estiraba su tronco hasta el cristal confitado de la flauta.

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Y una pequeña copa roja de sombrero tunecino, dominaba con su adelgazado fuego al negro preguntón, enredado mansamente en el disfraz de correo de her magesty. 

Un pelotón de burritos y un rolls condecorado se estiraban frente al sargento de tráfico con prismáticos de almirante. Pero como en los elementos sacerdotales de la física jónica, the fire of the florest era sustituido por el Laughing falls, y las carcajadas de las siete aguas concluyentes, borrada la agujeta inútil del fuego encorsetado, antes de llegar a la Montego Bay. 

El bosque de cocoteros y el adelgazamiento no sombroso del fuego de la floresta, ondulan las espigas de la sesquipedalia: el pescado largo está bajo las leyes del magnetismo. Las palmas caminaban en el eros distantes, pues la lejanía avivaba la irritada piel de la distancia, entre nosotros cada pluma lanza el voluptuoso contrapunto de su ámbito, y así la mirada reconoce su carnalidad en el palpo de la coraza de la noche.

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La confluencia de los siete ríos en una carcajada y la simétrica de la floresta, hecha para la sutileza del insecto moribundo, pues allí el hombre presiente que el paisaje rezonga una carcajada que se apoya en sus espaldas adormeciéndolo”. / Las diez y siete ensaladas que se brindan en el Hotel de los Mirtos están elaboradas para el tapiz del antílope volador, no para la espesura del sueño del varón de églogas y los recursos de su flauta suficiente.” (Fragmento del poema “Para llegar a Montego Bay)  

ingridderodriguez@hotmail.com


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