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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 13 de enero 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 13-01-2020

Cartas a Lucilio 

Leer buenos libros no es solo una afición positiva, sino una necesidad para la formación de una persona. Eligiendo bien lo que leemos disfrutamos de la lectura, aprendemos, nos formamos y podemos entusiasmar a otros. La tradición ha consolidado una serie de obras maestras, que a lo largo del tiempo han dejado una huella en la memoria cultural de la humanidad. Sus contenidos han enriquecido el espíritu humano haciéndole avanzar, por la profundidad de sus pensamientos y enseñanzas. Son los clásicos, esos autores que en sentido preciso, son los que mejor han comprendido y transmitido la sabiduría moral y los valores.

Según el Diccionario de la Real Academia Española clásico “es el autor o la obra que se tiene por modelo digno de imitaciónen en cualquier literatura o arte”.  Los clásicos son virtuosos de su oficio, dominan una técnica y un arte, pero no es solo eso, en adición a la brillantez del análisis, las agudas observaciones, el colorido y el dominio del lenguaje - cumplen a plenitud la misión de la palabra- es, transmitir un mensaje y descifrar la realidad. 

Los autores clásicos abordan de manera sencilla y práctica las grandes cuestiones que han movido a la humanidad desde siempre. Los temas  inherentes al difícil arte de vivir, como el sentido de la vida y la muerte, la inmortalidad, el amor, la soledad, la elección del bien, la felicidad, el camino hacia la sabiduría, la trascendencia, la libertad, la paz, la amistad, la compasión, la justicia, centralizan sus textos.  

Saint Beuve ha escrito en “La Intervención del lector”, que el auténtico clásico “es un autor que ha enriquecido el espíritu humano, que ha aumentado realmente su tesoro, que le ha hecho dar un paso adelante, que ha descubierto alguna verdad moral sin equivocarse o recuperado alguna pasión eterna cuando todo cuando todo parecía ya explorado o conocido, es aquél que entrega sus observaciones o sus invenciones bajo una forma cualquiera, ancha, y grande, fina, sensata, sana y real en si misma, hablando desde su propio estilo para todos, un estilo nuevo sin neologismos, nuevo y auténtico cuya contemporaneidad, permanece cómodamente, a lo largo del tiempo”. Nunca será fácil seleccionar las obras clásicas más representativas de una época. No obstante, si nos acogemos a las peculiaridades del estilo y el contenido, las obras que nos llaman la atención por su excelencia, belleza y bondad, proporcionándonos una sensación de plenitud, sin que podamos decir que le sobra o falta algún elemento, estaremos inmersos en la lectura de un clásico.  

Lucio Anneo Séneca, nacido en el año 4 a. C. en Córdova, Hispania (España), es el escritor que seleccionamos para nuestro comentario de hoy. Su obra “Cartas a Lucilio”, ha pasado a la posteridad como referente en el campo del desarrollo personal. Esta obra se cataloga en la división 100 Filosofía, del sistema decimal Dewey. 

Sobre el autor y la obra

Para Séneca la filosofia es la vida misma, y aunque se le considere uno de los filósofos más representativos de la escuela del estoicismo, especialmente en su etapa de desarrollo más tardía y una de las figuras más importantes de la filosofía durante el Imperio Romano, Séneca era un espíritu libre, no se adhiere a sistema alguno, sino que más bien es ecléctico. 

Su teoría moral (Bayet, 1996) se remonta a los estoicos: el supremo bien se identifica con la virtud, a la que debe tender el filósofo (De Vita beata), pero prácticamente la obtenemos  ciñendonos a las necesidades de la vida sin ser esclavo de ellas  (De Vita beata), creando en nosotros la paz del alma (De tranquilitati animi), elevándonos sobre todo mal exterior, proceda de los hombres o de los acontecimientos (De constantia). Todos ellos eran lugares comunes en tiempos de Séneca. Pero los renueva sin cesar y sin aridez, gracias a una fecundidad psicológica desconocida hasta entonces. Su análisis poco sistemático en sus primeras obras, acompañado preferentemente de notas psicológicas, acumula pronto las observaciones más agudas, las pone de relieve con una sútil delicadeza, y penetra tambien en ocasiones hasta lo más profundo del hombre. No es frecuente que una sociedad sea estudiada con tanto detalle y profundidad”.  

 Hasta nuestros días sus ideas son retomadas en estudios sobre ética contemporánea por la vigencia de su mensaje. Aunque la suya no es una escritura autobiográfica en “Cartas a Lucilio” Séneca mantiene una gran conexión entre sus experiencias cotidianas y las reflexiones filosóficas que estas le suscitaban. Las Cartas a Lucilio, escritas en forma bella y sencilla son también conocidas como Epístolas Morales a Lucilio, conforman una colección de veintidós libros que reúnen ciento veinticinco cartas o epístolas que fueron escritas entre los años 62 y 64, se dirigían al procurador romano Lucilio, amigo de Séneca, quien las escribió a los  sesenta años, tras agotar una intensa vida pública. Las cartas muestran no sólo el pensamiento de su autor, sino sus inquietudes, sugerencias, y vivencias en el transcurso de una etapa personal de retirada de la vida pública, apartado del reconocimiento y del lujo, el filósofo reflexiona sobre muchas cosas de la vida, pero especialmente, sobre como alcanzar la paz y el equilibrio interior. 

La vida que dignifica al ser humano, según Séneca, es aquella que le hace más fuerte y a la larga auténticamente féliz. El filósofo  promomueve una actitud frente a la vida, en base al   vaciamiento del ego y el desapego de lo material. El primer paso para lograr una vida digna, afirma,  es tomar conciencia del tiempo: “cada ser humano tiene un tiempo que se le ha otorgado, cada persona debe tomar posesión del mismo, viviendo el ahora y actuando en consonancia y, si no lo hace, puede llegar el final, sin que se de cuenta. “Debemos hacernos dueños y señores de nuestro propio tiempo: el tiempo que hasta ahora se te escurría, te lo arrebataban, o te privaban de él, tómalo en tus manos y no lo dejes escapar”. 

Séneca nos dice que  sabio es quien se ha despojado de la servidumbre de las pasiones, logrando plena satisfacción en la subordinación de la materia al espíritu, y de este modo nos obliga a aspirar a Dios. La sabiduría, el saber vivir, es el camino hacia la felicidad plena y la máxima estabilidad que requiere disciplina y firmeza frente a lo pasajero y secundario. 

El mundo actual, cambiante y materialista, dado al placer y a lo pasajero, no es tan distinto ni  tan lejano al siglo I en que vivió Séneca y escribió “Cartas a Lucilio”.

 El filósofo y poeta romano fue admirado no solo a causa de su actitud ética, como camino hacia la virtud, sino también como importante dramático, cuyas tragedias ejercieron influencia en la literatura posterior. 


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