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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 12 de mayo 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 11-05-2020

 José Enrique Rodó y Ariel 

Hay autores inmortales que no tienen épocas específicas para iluminar con su pensamiento la trayectoria de generaciones. Es el caso de José Enrique Rodó, un escritor representativo del período modernista de la literatura hispanoamericana, una figura que sobresale en la corriente universal de los grandes pensadores. 

“Nació en Montevideo, Uruguay (1871 – 1917). Fue profesor, periodista, político, ensayista y crítico. En 1895 fundó la “Revista Nacional de literatura y ciencias sociales”, que pronto se convirtió en portavoz de la renovación literaria de la juventud uruguaya. Posteriormente fue catedrático de literatura de la Universidad Nacional y director de la Biblioteca Nacional. Como político ocupó varios cargos en el Congreso Nacional. En sus últimos años viajó por Europa representando al diario “La Nación” y a la revista “Caras” y “Caretas”, ambos argentinos”.  

Su vida transcurrió entre la política y la literatura. La actividad literaria fue compaginada con la política en la lucha por el fortalecimiento de la democracia en su país y en Latinoamérica. La lucha política le produjo amarguras y desengaños de los que nunca se recuperó totalmente. La guerra civil en Uruguay a principios de siglo le afectó en lo más profundo, los problemas de su país fueron minando el ánimo, como se aprecia en la correspondencia que sostuvo con su gran amigo Hugo Barbagelata. En cierto modo, su viaje a Europa en 1916, en el que encontraría la muerte, fue producto de esa situación anímica de preocupación e insatisfacción al no ver sus ideales de paz, libertad, democracia y justicia social para los latinoamericanos, concretizados. 

Ariel, un breviario ético de raigambre universal

La obra ensayística y periodística de Rodó se sitúa en el movimiento crítico desarrollado en Latinoamérica entre finales del siglo XIX y principios del XX (1899), como reacción a las problemáticas que afectaban de modo muy distinto al conjunto de países de la región. 

“Ariel” es un breviario de ética dedicado a la juventud de América. La obra se convirtió en paradigma. “Ariel” es una exhortación a la juventud de América para que abandone los “Caminos de Calibán”. Rodó alude con esto al combate a las ideas del autoritarismo, el totalitarismo y el pragmatismo. Tales ideas se oponen a las tradiciones clásicas europeas de la antigüedad que sirven de base a su obra, en la línea estilística del modernismo.

El mundo de Ariel es una mezcla de tradición griega y cristiana que para Rodó se unieron en San Pablo. En “Ariel” Rodó defiende los ideales clásicos (Bien, Verdad y Belleza) frente al positivismo cientificista, el imperio del utilitarismo y la democracia mal aplicada. 

Rodó deja bien claros dos aspectos fundamentales, el primero es que el ser humano es una realidad integral frente a la técnica, el segundo es una referencia práctica a la forma de vida de los países que intensifican el desarrollo técnico concediendo menor importancia al desarrollo humano y espiritual. Ambos aspectos son temas clave en el devenir filosófico de occidente. Ariel influyó en toda una generación de pensadores y críticos latinoamericanos, desde Jorge Luis Borges, Omer Emeth, hasta Blanco Fombona.

En un fragmento de “Ariel” titulado “Renovarse es vivir” (Obras Completas. José Enrique Rodó. Montevideo: Editorial Barreiro Ramos. 1945. P. 261).

 “Y, desde luego, nuestra transformación personal en cierto grado, ¿no es ley constante e infalible en el tiempo? ¿Qué importa que el deseo y la voluntad queden en un punto si el tiempo pasa y nos lleva? El tiempo es el sumo innovador. Su potestad, bajo la cual cabe todo lo creado, se ejerce de manera tan segura y continúa sobre las almas como sobre las cosas. Cada pensamiento de tu mente, cada movimiento de tu sensibilidad, cada determinación de tu albedrío, y aún más: cada instante de la aparente tregua de indiferencia o de sueño, con que se interrumpe el proceso de tu actividad consciente, pero  no el de aquella otra que se desenvuelve en ti sin participación de tu voluntad y sin conocimiento de ti mismo, son un impulso más en el sentido de una modificación, cuyos pasos acumulados producen esas transformaciones visibles de edad a edad, de decenio a decenio: mudas de alma, que sorprenden acaso a quien no ha tenido ante los ojos el gradual desenvolvimiento de una vida, como sorprende al viajero que torna, tras larga ausencia, a la patria, ver las cabezas blancas de aquellos a quienes dejó en la mocedad. Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre si los más raros y asombrosos contrastes”. 

Otras obras muy conocidas de José Enrique Rodó son, entre otras: “El que vendrá” (1897); “Rubén Darío” (1899); “Ariel” (1990); “Liberalismo y Jacobinismo” (1906); “Motivos de Proteo” (1909); y “El Mirador de Próspero” (1913). El conjunto conforma una obra literaria y filosófica de alta calidad y belleza.

ingridderodriguez@hotmail.com


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