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Ingrid González de Rodríguez

Reflejos

Ingrid González de Rodríguez | ingridderodriguez@lainformacion.com.do

Reflejos edición 11 de febrero 2020


  • Ingrid González de Rodríguez | 11-02-2020

El Arte, testimonio humano

Por cual razón el hombre cromagnon se dedicó a pintar, o grabar y esculpir sus instrumentos? 

Al repasar el largo espacio de tiempo que llamamos prehistoria observamos   que ya había arte. El arte fue uno de los descubrimientos más fascinantes entre todas las manifestaciones del hombre prehistórico, la actividad humana que surgió como reflejo de la necesidad que tenemos de dar sentido a la realidad.

“El arte es un medio humano para un fin humano, la creatividad es una capacidad inherente a nuestra naturaleza y si bien es cierto que otras criaturas reciben adiestramiento de sus padres, llegando a veces a superarlos en las destrezas que van aprendiendo su conducta es instintiva y se va transmitiendo de generación en generación, convirtiéndose en un repertorio de conductas aprendidas en el que no se establecen diferencias relevantes que muestren señales de cambio en el patrón asociativo. Sólo la criatura humana de entre todos los seres de la naturaleza, es capaz de reproducir en los mil aspectos de su actividad el gesto del demiurgo (es decir, crear) y le condena, por los siglos de los siglos a una perpetua superación”.

Cierto es, que sólo los miembros de nuestra especie producen el fenómeno del arte, inherente al modo en que la realidad afecta nuestra sensibilidad, y aunque los animales son capaces de las grandes formas de experiencia como el amor, el hambre, el placer y el dolor, no son capaces de comunicar su experiencia, no la contemplan, ni reflexionan, o se maravillan de ella como algo bello en sí mismo que además pueden compartir. “Solo el hombre es un registrador de su propia experiencia, y eso equivale a decir que es artista. Crear un registro de la propia experiencia abarca mucho más que la voluntad de registrar, comprende la habilidad de hacer y mucha reflexión antes de que pueda empezar el acto de la creación. Porque la experiencia es inaudible, invisible. No puede ser compartida hasta que no se ha encontrado su equivalente en el símbolo sensorial. La alegría cuando vuelve la primavera, la soledad cuando muere el amor, el entusiasmo cuando se vencen las dificultades, no pueden comunicarse hasta que se han traducido en el movimiento de la danza, la melodía y el ritmo de una canción, las palabras de una poesía, o la forma y el color de una obra de las artes visuales. Y en ese momento en que el ser humano acomete la tarea de la traducción se siente acosado por un anhelo nuevo: el anhelo de organización armoniosa que los estéticos llaman forma o diseño y el hombre y la mujer corrientes llaman belleza”[1].

Hablamos de arte para indicar la naturaleza de unas obras que agradan por su belleza y son el resultado de la virtuosidad, del genio imaginativo, de la necesidad de interpretar la existencia y dar sentido a la vida. Desde la aparición del hombre, se aprecia el afán humano por la belleza, desde épocas muy remotas hay arte. Las formas artísticas de la prehistoria, cuyas primeras realizaciones corresponden al paleolítico superior, fueron evolucionando en función de los cambios que se producían en el seno de las distintas colectividades humanas. Con el inicio de la urbanización, y el paso de un sistema económico (recolección y caza) a otro distinto (agricultura), el sentido mágico religioso que había tenido el arte en sus orígenes, se sustituye por un sentido conmemorativo, abstracto y simbólico.  Instrumentos líticos, joyas, monumentos megalíticos, vasijas, armas, sepulturas, pinturas rupestres y otros vestigios de gran valor estético, proyectan las múltiples dimensiones de la creación artística, en esa arcana época milenaria donde se producen las  huellas imborrables del primer gran momento artístico de la humanidad.

Durante el paleolítico el hombre era depredador. Su alimentación provenía de  la caza, la recolección de frutos silvestres y la pesca. A partir del período Neolítico (año 8000 a. de J.C.) en el próximo oriente algunos neolíticos descubren la agricultura y la ganadería estableciendo un nuevo tipo de economía que restaura lo que consume. Este hecho inaugura una nueva época histórica, pues el descubrimiento de la agricultura cambia radicalmente las condiciones de vida del hombre. El nómada se hace sedentario y olvida la angustia diaria de la búsqueda de alimento. La gran revolución neolítica produjo a la vez otros cambios fundamentales en la vida del hombre:  en lo social se organizan colectividades sedentarias, en lo económico se inició una creciente disponibilidad de excedentes. Los grupos humanos comenzaron a crecer, iniciándose un proceso que culminaría con el nacimiento de la civilización urbana. El arte fue uno de los descubrimientos más sorprendentes entre todas las manifestaciones del hombre prehistórico. Las hordas y tribus paleolíticas que vivían en cuevas o en tiendas de piel portátiles, cambian totalmente el escenario de su residencia. Los poblados neolíticos más antiguos, tienen sus casas de planta circular, llamadas tholos, hay casas de planta rectangular, en el poblado de Halaf. En Mesopotamia aparecen casas de planta mixta,  las antiguas aldeas neolíticas, tienen ya el conato de la organización urbana, el origen más remoto de la actual.

 Hacia el año 30.000- 25.000 a. J. C. aparece en Europa un homo sapiens de espíritu progresista. Procede de Asia y se han encontrado esqueletos fósiles de su especie en Siria, Palestina, y Afganistán.  Es el representante de una avanzada especie de cazadores, poseedor de una técnica muy epecializada y con una asombrosa capacidad estética. Por primera vez el hombre produce objetos de gran belleza, en las manos de este homo- artista. No es un arte de exclusiva inspiración estética, pues siempre va unido a una necesidad y unas creencias mágico religiosas, pero no por eso deja de ser arte y muy bello por cierto, con un sentido de belleza y armonía formal que supera lo ordinario.

[1] Huyghe, René. El arte y el Hombre. Buenos Aires. Editorial Larousse. 1995. Passim.

ingridderodriguez@hotmail.com


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