Comentarios Recientes

0

“Gracias Don Víctor”


  • Redacción | 29-06-2020

Como neurólogo de profesión, siempre me ha fascinado preguntarme acerca de, y tratar de entender “la memoria”. Si bien es cierto que es la capacidad de almacenar información, es realmente algo aún más fascinante. Es una experiencia multisensorial en la cual nuestro cerebro logra matizar con aromas, luz, colores, sensaciones táctiles y sonidos la experiencia vivida y convertirla en una película tan perfecta, que al verla de nuevo podemos percibir “la cálida aroma del café con leche y el olor masculino de un cigarrillo Casino encendido”. La memoria es tan increíblemente perfecta, que, al pensar y transportarme a mi primera aula en mi querido Instituto Iberia, solo tengo que girar mis ojos hoy hacia la derecha y puedo ver el sombreado y siempre fresco patio interior. Dña. Luisa en la tarima delante y a la izquierda. La primera “experiencia sonora” con ella fue cuando me llamó (era un estudiante nuevo en el Iberia, llegué al 4to. Grado). Dña. Luisa, mirando al estudiantado, como para que me diera yo cuenta de que no había distinción, ni a quien se le conocía o no, dijo: 

- “Gil: esta tarea de aritmética está pésima... vamos a trabajar arduamente o tendremos problemas”. 

Bienvenido al mundo académico del Iberia, a la disciplina, a la misión de aprendizaje, al cultivo de la responsabilidad individual, de la autoestima, de la auto defensa y de la creación de un sentido de competición académica increíble, quizás nunca vista en nuestro país... y solo comparado en Estados Unidos (donde resido) en las aplicaciones para Escuelas de Medicina y sus especialidades... 

Al despedirme de ella al final del año académico y pasar con buenas notas, me miró desde arriba y me dijo: 

“En buena hora Gil...”. 

Me impresionó siempre su piel blanca, blanda y sus mejillas un poco caídas, pero expresivas... Era su piel (me imaginaba) suave y fría. Así fue como en un reflejo espontáneo, extendí mis brazos para despedirme de ella y fue el perfume en su mejilla derecha, delicada (y tal como lo había imaginado: fría) quien se adentró en lo que en muchos años después me enteraría es el rinencéfalo, y allí estampó su sello el aroma delicado y tierno de algo que me imaginé era el olor del jabón o del perfume “Maja de Myrurgia”. 

Pasó el verano y con ello llegó “el día más feliz de los padres”: se abrió la escuela. Pasé a la siguiente aula... Allí, una joven maestra: la Srta. Melba Pacheco, seguía fielmente el modelo académico de la institución... La orientación del aula era diferente y ahora, hacia mi derecha estaba el patio de recreo y la cancha de deportes... Pensaba siempre que había algún tipo de logística o comunicación secreta, ya que sabía que Dña. Luisa estaba detrás de la Señorita Melba. Y los pizarrones colgaban de la misma pared... Unos para niños de 3ro. y 4to. cursos (miraban al norte), y los otros, para ya “jóvenes” de 5to. y 6to. miraban hacia el Sur. 

Acondicionar la cancha de deportes era un gran honor. Solo buenos estudiantes tenían el privilegio de prepararla o de limpiar la pecera (situada detrás de nosotros) o de organizar la biblioteca... Todo era increíblemente perfecto. Pero cuando mi olfato percibía el aroma de “Old Spice”, todo se transformaba en un “otro mundo” ... ¡Llegó Don Pepe! Camisa blanca impecable, pantalón oscuro y zapatos brillantes. Era un ser cuasi perfecto: “nadie nunca lo vio sudar”. Parecía un galán de una película de Hollywood de los tiempos de Bogart o Astaire. 

Nunca había estado tan cerca de un personaje histórico o sentido a mi lado a una persona con tal carisma y al mismo tiempo que te intimidara, pero de buena forma. Su sonrisa nunca abandonaba su rostro y como un abuelo tierno y sabio te hacía ver tus errores... Y fue así como un día, me pidió ponerme de pie y explicar el concepto de porcentajes. Le “expliqué” que era muy fácil: - “el 5% de 100 es 5... y si fuese el 20%, pues es 20...”. Me miró y con sus lentes de montura cuadrada y negra delineó y dirigió la luz de sus ojos hacia los míos y me dijo: 

- “Pues Gil, parece ser entonces que es usted algo así como un loro...” 

Pero la admiración y el respeto por Don Pepe eran tales que nos avergonzaba a nosotros haberlo defraudado y no darle la respuesta correcta. La realidad es que nadie te explicaba las cosas como él. Nadie encerraba en su mente tanto conocimiento como nuestro maestro... Me quedé estupefacto la primera vez que oí a Don Pepe narrar la invasión de los Visigodos... Era como si con ayuda del libro de Historia Universal de Secco Ellauri, ayudado por Don Pepe podías oír las espadas en las batallas y caminabas con ellos el sureste del continente europeo... Don Pepe nos introducía a conceptos de matemáticas como nadie podría hacerlo. Había que oírlo explicando la simplificación de quebrados, la división compleja o su favorita: la raíz cuadrada. Éramos privilegiados... Éramos los muchachos del Iberia... y lo teníamos todo, en un segmento pequeño de la Calle del Sol, en una parte de una manzana bordeada por la Calle Cuba, la Beller y la Sánchez. “Nuestro Mundo académico... sin saberlo: nuestra Universidad”. 

Y así llegué un día al 7mo. Curso. Con cabello recortado, zapatos brillantes, nuestro tradicional uniforme de caqui impecablemente planchado y claro está: pañuelo en mano. Éramos inspeccionados por Don Víctor... Nunca había conocido a un “sargento de instrucción americano”, pero Don Victor era nuestro instructor de gimnasia y su condición física era sencillamente impecable. Era otro ser “diferente” ... Sí, a veces sudaba, pero estaba siempre erguido y la camisa “nunca se le salía” como nos pasaba a nosotros. Las historias y mitos giraban alrededor de su vida y origen. Algunos en el curso decían que él era ingeniero, otros decían arquitecto... ¿Era hijo o sobrino de Don Pepe...? “No, es por parte de Dña. Luisa...”. Al final o al principio de la semana, a ninguno nos importaban esos detalles. Don Victor era “fuera de serie”. Era el General Patton del 7mo y del 8vo Curso. Manejaba a los “hombres viejos” del Iberia... los que pronto iríamos a la secundaria... los que pronto saldríamos al mundo a explicarles a nuestros nuevos compañeros de aulas en otros colegios de qué se trataba “El Cid Campeador”, “La Ilíada” y “La Odisea”, “Platero y yo”, “Don Quijote” ... entre otros clásicos de la literatura universal. Éramos los que podíamos pintar el mapamundi de “memoria”. Los que podíamos hablar del proceso de quimificación y quilificación, del ácido sulfúrico, de las características del diamante, del granito o explicarles el concepto de la tabla periódica... Sabíamos historia, geografía, ciencias políticas, matemáticas, botánica, literatura, apreciación musical, lenguaje, moral y cívica, autoestima, superación personal y caligrafía “Palmer”. Éramos y por siempre seremos “los muchachos del Iberia”. 

Entonces llego yo a los Estados Unidos, ya pasé por el Bachillerato y me gradué “Magna Cum Laude” en la Escuela de Medicina de la “Universidad Católica Madre y Maestra” (en esa época no era todavía Pontificia”). El verano del 1982 me sitúa en el centro de Pennsylvania y en un viaje a Pittsburg tengo el placer de visitar el museo de historia natural... ¿Y a dónde creen 

ustedes que me lleva “la memoria”? A mi aula de 7mo y 8vo curso... A mi querida y real “Alma Mater”. Me transportó a la Calle Del Sol #57... al frente de los Yunén (también alumnos del Iberia). Me llevó mi memoria a mi Instituto Iberia y de nuevo vi y oí a Don Victor explicándonos el cuadro de los carbones y las características del diamante... Pensé en la tarea para un fin de semana que incluía no tan solo aprenderse que “el diamante es carbono puro, variedad cristalizada en el sistema cúbico... frágil, tallado despide hermosos reflejos...” sino que había que completar el álbum de geografía y trabajar en la colección de insectos. En historia, teníamos, que explorar las invasiones de los Bárbaros y la figura de Marco Aurelio dentro los conflictos bélicos y su obra como filósofo y gobernante. 

Durante toda mi vida profesional en Estados Unidos me he sentido atado al Iberia. Me siento más competente y seguro de mí mismo por lo que aprendí en sus aulas sin computadoras, pero con maestros ejemplares y disciplina. Por toda mi vida le debo mi admiración, respeto y amor incondicional a mis queridos maestros del Iberia. 

A Don Victor siempre le escribí. No pude nunca dejar de sentir su influencia en mi vida. Realmente, somos por siempre estudiantes... y nunca dejamos detrás a nuestros maestros. Le escribí acerca de mis experiencias con mi hijo Jose y sus avances académicos. Le narre de mis lágrimas de padre al dejar a mi hija Sara en las manos de la Universidad de Emory en Atlanta... Le confesé mis emociones al encontrarme (en dicho viaje) con una exhibición de arte greco romano y tener que explicarles a unos niños americanos quiénes eran Rómulo y Remo. El origen de Roma, y cómo eran ellos realmente hijos del Dios Marte, los cuáles, abandonados en las orillas del Rio Tíber, fueron amamantados por una loba y luego fundarían la gran capital. 

Muchas personas peregrinan a puntos diferentes del globo terráqueo... Yo (de una forma u otra) peregrino a mi Alma Mater. Por eso tuve el privilegio, en abril del 2019, de ver a mi Don Victor leyendo el periódico en su oficina impecablemente organizada y con la bandera española orgullosamente desplegada. Le conté de mis hijos y una vez más le recordé que mi esposa era “hermana de los Khoury” ... también alumnos del Iberia. Lo vi y le dije una vez más cuánto agradezco sus enseñanzas, cuánto le debo al Iberia, y cuánto me preocupa que la educación haya cambiado tanto. Que hoy los métodos modernos hacen creer a las generaciones modernas que la inteligencia artificial y la memoria (encerrada en Google) son suficientes para enfrentarlos al mundo... 

Cuando el año pasado leí “Largo Pétalo de Mar”, obra más reciente de Isabel Allende, no pude hacer otra cosa que llorar en varios de sus pasajes. La batalla del Ebro (1938) la leí, pero ya había visto el Ebro en mi aula del Iberia. Conocía que sus aguas, manchadas de sangre valiente y joven, se desplazaban hacia el este... y descarga sus aguas en el Mediterráneo... Pocas personas no procedentes de España saben que sus ríos Miño, Duero, Guadiana y Guadalquivir desembocan en el océano Atlántico. Tampoco saben que el Ebro, Júcar y Segura desembocan en las aguas del Mediterráneo... Pocos estudiantes creen que es necesario saber que el Rio Yaque del Norte tiene como afluentes a los ríos Guayubín, Mao, Bao, Ámina y Jimenoa... O que Ucayali, Marañón y Huallaga son las cabezas del Amazonas. Hacemos el mundo más pequeño en la computadora, pero no vemos nuestro patio y no conocemos o estudiamos nuestra historia... Mi Instituto Iberia sí lo hizo... Mis maestros me ensenaron todo lo que hoy se... y sigo 

aprendiendo gracias al apetito insaciable de preguntarme: ¿qué sabes?, ¿Eres un loro? o ¿Eres un estudiante del Instituto Iberia? ¿Dónde se detiene tu deseo de aprender? ¿Qué libro estás leyendo hoy?... Y entonces te das cuenta, hoy, el Dia de los Padres en Estados Unidos, que nuestros Padres no mueren nunca. Nos han cultivado algo llamado “memoria” ... y que con perfumes, aromas, luces, colores, caricias, sonidos, música y enseñanzas... hacen ellos que sus vidas sean eternas. La historia nunca termina. Don Víctor: ustedes nunca morirán, ustedes vivirán por siempre en nosotros, sus alumnos, nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. La memoria y vuestras enseñanzas, Don Víctor, serán por siempre eternas. 

Gracias Don Víctor... ¡cuánto los quiero y admiro a todos! Su alumno y por siempre S.S.S. 

Por Ramon Antonio Gil Lopez (Tony) Junio 21, 2020 


Comentarios

Name of User
Sé el primero en comentar

Ir arriba