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Entre “Los rayos de sol” y los “Gozos”: Expresiones musicales en honor al Patrón Santiago 2-3


  • Carlos Manuel Santana Reyes | 27-07-2020

Aprovechando el marco que nos ofrece la reciente celebración del día del Patrón Santiago, continuamos con la segunda parte de nuestro artículo publicado el pasado viernes 24, relativo a las expresiones musicales en honor a nuestro Santo Patrón.

ASPECTOS SIMBÓLICOS PRESENTES EN EL HIMNO

El himno al Patrón Santiago contiene imágenes cargadas de un gran simbolismo, las cuales hacen referencia a algunos aspectos característicos de la vida del Apóstol:

“Envolvamos con místico incienso”. En el tercer verso de la primera estrofa el autor hace referencia al incienso, haciéndolo acompañar del epíteto “místico”, el cual viene a reforzar el sentido sagrado que se le da a esa resina aromática. En efecto, el incienso es utilizado en diversas religiones como una ofrenda dedicada a la divinidad o a lo que se relacione con ella. El cristianismo no dudó en asumir este elemento simbólico como expresión de la ofrenda con la que se honra al Señor y todo lo que sea signo de su presencia. Recordemos que uno de los regalos que llevaron los sabios de Oriente al Niño Dios fue el incienso, el cual se ha visto siempre como una alegoría de la condición divina de Jesús (el oro es signo de su condición real y la mirra es signo de la condición humana, ya que esta resina era utilizada para embalsamar los cuerpos de los difuntos). El libro del Apocalipsis verá en el incienso un signo de la oración de los santos que se eleva ante la presencia de Dios, sentado sobre el trono en su gloria (Cfr. Ap 5,3; 8, 3-4). La liturgia católica emplea el incienso en las celebraciones más solemnes y, en el caso del apóstol Santiago, asume un simbolismo que trasciende los límites del simbolismo religioso para convertirse en un elemento de naturaleza folclórica característico de culto que se le tributa al Santo en Compostela, dada la antiquísima costumbre de colocar incienso en un gigante turíbulo ubicado en el centro de la basílica que custodia los restos mortales del Apóstol de las Españas. Esta pintoresca tradición se remonta a la Edad Media cuando, a causa del mal olor provocado por la aglomeración de los peregrinos al interno de la basílica, era necesario quemar grandes cantidades de incienso para ambientar el espacio y así mitigar los efectos del pesado efluvio de los que tras meses de peregrinación y con poca posibilidad de higiene llegaban desde toda Europa para honrar al primero que, entre los Apóstoles de Jesucristo, derramó su sangre como prueba de su fidelidad al Evangelio. Este incensario gigante es conocido por su nombre gallego “botafumeiro”.

“De la santa piedad con el fuego nuestras almas creyentes inflama”. Los dos primeros versos de la tercera estrofa hacen referencia al fuego, el cual ha sido uno de los elementos representativos de Santiago “El Mayor”. Ello se debe a la actitud con la que, junto a su hermano Juan, reacciona ante el rechazo de unos samaritanos. Cuenta el evangelio de Lucas que, indignados por tal rechazo, los dos hermanos le dicen a Jesús: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lc 9, 54). Dicho carácter tempestivo les valió el apodo de “los hijos del trueno”. Ese temperamento fogoso de Santiago fue el que le llevó a que, con apasionado celo, se dirigiera a los confines del mundo entonces conocido para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Monseñor Roque Adames (1928-2009), segundo obispo de Santiago, solía comparar el espíritu fogoso de Santiago “el mayor” con la actitud incendiaria de los santiagueros, quienes, en 1863, dieron fuego a la ciudad para provocar la salida de los ocupantes españoles. Decía Mons. Adames: “Heredamos del Apóstol Santiago el arrojo, la energía, la decisión, la cabalidad, el anhelo de ser los primeros  el sentido sublime y tremendo de la fe que nos llevará, no a pedir fuego, sino a dar nosotros fuego a la Ciudad, cuando la dignidad no puede cambiarse por un plato de lentejas” (Homilía del 25 de julio de 1977).

“Rojo cuyo benéfico manto”. Esta frase de la octava estrofa es una clara alusión al “rojo manto” del Apóstol. Si bien es cierto que Santiago viene habitualmente representado con el manto color marrón del peregrino, no hay que olvidar que la iconografía clásica reserva los colores rojo y verde para representar a los mártires. Recordemos que nuestro santo Patrón fue el primero de los apóstoles en sufrir el martirio y, por tanto, mucho antes de que su figura fuese exaltada con los atributos del peregrino medieval y del comandante militar que guió las tropas hispánicas contra los moros en la batalla de El Clavijo (844 d.C), el Apóstol fue representado con las enseñas de su martirio: el manto rojo, que evoca la sangre derramada por Cristo y su Evangelio y la túnica verde, que evoca el color de la palma, considerada por la cultura de entonces como símbolo de la victoria. El signo de la palma fue asociado al martirio por los primeros cristianos en virtud de su relación con la visión en la que san Juan evangelista, precisamente hermano de Santiago, contempla a los mártires “provenientes de la gran tribulación” vestidos de blanco y con palmas en las manos (Cfr. Ap 7,9). 

ASPECTOS ESPIRITUALES Y MORALES

En el himno al Patrón Santiago se destacan algunos aspectos de corte espiritual y moral. Además de los clásicos apelativos del Apóstol, tales como “Hijo del trueno”, “Apóstol Peregrino”, “Evangelizador de España”, “Patrón de las Españas”, “Santo Adalid”, etc., Federico García Copley confiere al mayor de los hijos de Zebedeo otras atributos que evidencian la misión espiritual del Santo: “Representante de la Divina Bondad”, “Ahuyentador de los males de este suelo” y “El que hace venir el bien a este suelo” (segunda estrofa); “El que nos llama a ejercer la virtud” y “Sostén del culto cristiano” (cuarta estrofa); “Procurador de nuestra dicha ante Dios”, “Ventura del fiel santiagués” y “Ferviente y constante anhelo del santiagués” (cuarta estrofa); “Excelso y querido Patrono” y “Santo Varón” (quinta estrofa); “Consolador del pueblo” (sexta estrofa); “Santo Patrono Apostólico” (octava estrofa) y “Protector de la divina católica fe” (novena estrofa). 

Las letras del himno evidencian también el anhelo por parte del pueblo de Santiago de vivir una vida moralmente correcta, en la que se invoca al Santo Patrón para que separe del vicio a los fieles y haga florecer en ellos la virtud (séptima estrofa) a la que él mismo llama (tercera estrofa). Esta llamada a una vida virtuosa se enmarca en un contexto en el que los bailes y los juegos de azar se hallaban en su apogeo. El ya citado historiador Edwin Espinal refiere que “los santiagueros del siglo XIX se entregaron al baile y el juego con un total apasionamiento. La vida cotidiana tenía en las fiestas, los billares, casinos y cafés y las loterías sus compensaciones alegres” [Historia social de Santiago de los Caballeros (1863-1900), p. 231]. Si bien es cierto que muchos de estos locales estaban legítimamente establecidos y no constituían ofensa alguna contra el decoro público, el rigorismo moral de la época hacía que fuesen vistos como centros donde se cultivaba y promovía el vicio. 


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