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Redacción

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Unanimidad y democracia


  • 18.11.2019 - 05:39 pm

La unanimidad es un tipo de consenso en donde todas las partes se ponen de acuerdo para tomar una decisión. Se trata de una condición excepcional que no necesariamente expresa la lógica de la democracia. La democracia se fundamenta en un consenso que se materializa con la fórmula estadística de la mayoría.

Los acuerdos democráticos surgen de ese tipo de acuerdo, donde la pluralidad de los actores confrontan sus diferencias hasta llegar a un consenso mayoritario que se impone a todas las partes y frente al cual la minoría, respetada su posición, acata las decisiones asumidas por la mayoría. Ese es el juego democrático.

Esa lógica de la democracia no de la unanimidad, se materializa mediante la Ley, que institucionaliza y organiza el consenso, y cuya expresión máxima se convierte en la Constitución, la cual constituye la  máxima expresión para la convivencia democrática, que define el marco jurídico institucional.

La unanimidad se acerca más a un tipo de voluntad fáctica o externa, Divina o monárquica, que se impone a todas las voluntades por encima de las mayorías. Los partidos únicos que imponen su pensamiento único a unanimidad, es un rasgo típico de los regímenes totalitarios y autoritarios, violatorios de la Ley y la Constitución democrática. 

Por esas razones constituye una expresión antidemocrática y desafortunada, el argumento de que no habrá voto automatizado si no hay unanimidad entre todos los partidos, tal como lo reitera Leonel Fernández, tomando prestado el equívoco que manifestara el Presidente de la Junta Central Electoral, en un momento de incomodidad, fruto de las críticas por las irregularidades que se presentaron en las primarias del 6 de octubre.

Esas irregularidades que no tuvieron nada que ver con el método del voto automatizado, sino con las viejas prácticas de compra y venta del voto, que en esa ocasión se observaron en más de un 30 % de los centros de votación, así como en la prolongación de los horarios de votación más allá de una decisión de la Junta que se aplicó sin el debido control interno y externo.

Son esas las situaciones para las cuales se requiere que la Junta haga cumplir las disposiciones de la Ley y sus propias facultades. El voto automatizado constituyó un paso de avance que eliminó los frecuentes “errores humanos” que intervienen al momento de contar los votos y al momento de elaborar las actas y de su transmisión. Por eso no hubo “líos” en los centros de votación ni impugnaciones, y el conteo y las actas fueron frutos no de los humanos, sino de las máquinas automatizadas y deshumanizadas, sobre todo de una humanidad habituada a la “malicia” y al “fraude” electoral.

No confundamos las bondades que fueron ponderadas y disfrutadas por la ciudadanía sensata e institucionalista respecto al voto automatizado, con las irregularidades que corresponden a unos actores políticos que tratan de imponer, a unanimidad, las prácticas electorales de la cultura del fraude.

Las máquinas, sus programas y condiciones pueden y deben ser auditadas y sometidas a las pruebas técnicas de rigor, pero no se pueden desechar sobre la base de criterios humanos más contaminados con el “autoritarismo” que quiere imponer a la mayoría la “unanimidad” de la cultura del fraude. 

¡Legitimemos el voto automatizado!


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