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Moisés Estévez

Moisés Estévez


Una joya literaria acerca de la vida y las miserias humanas


  • 16.07.2019 - 05:37 pm

“Todo es un gran absurdo, nada importa, al final todo se reduce a poder conciliar el sueño cada noche”. Céline

La forma especial por la que se distinguen los escritos de Louis Ferdinand Auguste Destouches (alias Céline), como rara vez sucede entre los literatos, se inició con una obra maestra: Viaje al final de la noche. Médico de profesión y nihilista por vocación, con esta novela Céline reveló ser en realidad un mago de la escritura y un alquimista verbal. En la búsqueda de un vocabulario que integrara sensación, pensamiento y expresión, el autor descubrió un nivel más profundo e inquietante de verdad literaria, al ignorar los eufemismos que emplea la gente "educada" y adoptando, mejor, el lenguaje más amplio y certero de los seres surgidos de los sótanos de la condición humana. Sin embargo, la jerga de Céline no es reconstrucción ni desarreglo del habla cotidiana, ni siquiera su quintaesencia, sino su potenciación fonética y sintáctica hasta hacer del habla coloquial algo así como un mantra, una fórmula ritual y repetitiva de la que se desprende, al ser pronunciada, una energía que afecta al lector con la fuerza de una revelación que aturde e ilumina al mismo tiempo.
   
El protagonista de la novela es Ferdinand Bardamu, un antihéroe que narra sus experiencias como soldado en la primera guerra mundial, viajero por África, Nueva York y Detroit, y médico en las barriadas parisinas de la posguerra. En el proceso realiza la crónica del colapso moral de la civilización occidental durante su tránsito de la complaciente Bella Época a los duros años de la, en más de un sentido, Gran Depresión, hasta acabar convencido de que la muerte no ennoblece a nadie y asesinar aún menos.
   
Sin embargo, para Bardamu la muerte y el sufrimiento no pueden importar tanto como lo hacen: en vista de que son tan comunes, tomarlos muy en serio debe significar que uno está loco. Y uno debe intentar ser más cuerdo. El personaje sencillamente no es capaz de creer que la vida sea del modo que realmente es, de manera que se limita a exclamar incesantemente su desconcierto ante la vida. Quizás por eso Viaje al final de la noche, no es una obra de ficción, sino un depresivo relato exacto de lo que realmente sucede en el mundo: con sorprendente realismo y sobriedad, el autor concluyó que la vida era, en efecto, peligrosa, implacable e irracional, pues es la vanidad, no el sentido común, lo que determina cómo se conduce el mundo.

El nihilismo de este antihéroe es una postura moral: ante un mundo donde la perversidad es la norma y todos se afanan en cumplirla, desafiarla con la actitud opuesta es tratar de purificarse con un comportamiento asumido plenamente, pues los valores están tergiversados. De este modo, el lenguaje empleado dignifica lo más vulgar, eleva lo más bajo, embellece lo más feo. De algún modo, el texto es una misa negra cuyo celebrante busca cargar con todos los pecados del mundo a través de su “adhesión al mal”, pues es el único recurso con que cuenta para enfrentarse a una sociedad a la que ni quiere, ni puede pertenecer. El efecto que la novela causa en el lector es singular: nada en el libro consuela y todo impresiona. A más de 85 años de su publicación aún da mucho que hablar y analizar…



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