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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


Una alocución magistral


  • 23.11.2020 - 12:00 am

Me encantó el escenario que le sirvió de marco excelente al presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, para su discurso público la noche del 16 de noviembre de 2020.

Fue una especie de paraninfo catedralicio lo que vimos; un ambiente seleccionado para los grandes pensadores políticos. Este estilo académico de comunicación en el que el público simulaba ser un grupo de alumnos oyendo con sumo interés, no a un estadista que cumplía noventa días de gobernanza, sino a un verdadero pedagogo en tiempo de Aristoteles enseñando ética, ciencias políticas y la forma de gobernar una nación en el liceo de Atenas, promoviendo en ese círculo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y de la economía en medio de una pandemia.

Podría decirse, que en esa alocución magistral el presidente Abinader se esforzó, como hizo Aristóteles, tratando de influenciar en darle forma al carácter del hombre dominicano. Creo que el presidente sabe que un pueblo que ha perdido la conciencia colectiva de los valores que la integran y que ha olvidado el sentido de vivir como parte integrante de una comunidad, no es capaz de enriquecer el caudal de la cultura humana, como dijera el filósofo, pedagogo y escritor español Eloy Luis André.

Dijo el filósofo alemán Pablo de la Garde, hablando sobre el concepto de pueblo: «El valor de un pueblo se cifra en la solidaridad orgánica de la fuerza natural propia de un conjunto de hombres dotados de una misión histórica común. El pueblo habla sólo cuando se hace carne como verbo en sus individuos.»

Y, continúo abundando este filósofo de la cultura, que «Para que se haga carne en todos es preciso que sientan una necesidad común; porque sentir la necesidad común es la esencia del concepto pueblo. Los fundamentos de la historia de un pueblo se vinculan en sus dotes naturales.»

Siguiendo el análisis de la alocución del presidente, cabe decir y enfatizo, que al sentarme frente al televisor imaginé que me había matriculado, no en la escuela de Derecho de una universidad norteamericana, como fue mi caso, sino en la afamada academia donde enseñaba Platón.

Al ver al presidente exponiendo sus ideas con claridad,  me pareció que Abinader pertenecía a la corte de Macedonia en la antigüedad clásica; perdonen mis lectores si he cometido alguna extravagancia al comparar aquel escenario del reino de Filipo II y de Aristóteles, el cual Homero  mencionó en  veinticuatro cantos en su poema épico La Odisea,  con el de una isla llamada Quisqueya o la Española, escindida por dos culturas íntegramente separadas por el idioma, con tradiciones  o costumbres completamente diferentes, con sectores sociales dominicanos que tratan de lograr una unificación de dos partes, a todas luces inviable.

En un momento del desarrollo de su magistral alocución, sentí que Proxeno de Arteneus, quien educó a Aristoteles a la muerte de sus padres, me había enviado a Atenas a cultivar una educación en ciencias políticas. Cuando me espabile estaba en Santo Domingo en pleno siglo XXI escuchando a Luis Abinader hablando de competitividad, de nuevas fuentes de trabajo, de educación superior y de desarrollo humano.

Observé en el mandatario a un erudito explicándole al pueblo cada temática, cada proposición, sin dar señales de ser un catedrático pretencioso de la ciencia política, más bien parecía un tratadista o especialista de la gobernabilidad paseándose por el aula mientras dialogaba, como los «peripatéticos" que enseñaban en la escuela de Aristoteles.

La alocución ofrecida por el presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, el día 16 de noviembre fue más bien un diálogo lleno de razonamientos elocuentes. En este trabajo no pretendo ni por asomo parecerme a un Teofrasto, ocupándome de proclamar este conversatorio.

En la persona de Luis Abinader me pareció oír durante su discurso a Nelson Mandela cuando dijo, a los noventa días de su gobierno, después de convertirse en el primer presidente negro en Sudáfrica: «Todo parece imposible hasta que se hace.»

Me imaginé que en este diálogo con el pueblo el honorable señor presidente de la Republica, Luis Rodolfo Abinader Corona, le quiso transmitir a su pueblo aquella expresión de Julio César al cruzar e Rubicón: «La suerte (de mi gobierno) está echada». Sin embargo, me parece también que escuché al presidente decir: «Haré todo lo posible desde mi Gobierno colocando a mi pueblo en el camino del éxito verdadero sin tratar de venderle ilusiones, como ha sucedido con los gobiernos anteriores a mi gestión.»


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