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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


Según me dicen, los libros adquiridos no cuentan como parte de la declaración de bienes


  • 05.10.2020 - 12:00 am

Bastó que el jefe del Estado dijera que si en 15 días los altos funcionarios  recién designados y también los que cesaron en sus funciones, no iban a la Cámara de Cuentas para depositar allí una cosa llamada, socarronamente, “Declaración jurada de bienes patrimoniales”, pues no cobrarían sus sueldos y además podrían ser destituidos y sancionados, y como “como caña pal ingenio”, cientos de funcionarios fueron a cumplir con un requerimiento legal que desde su aprobación no fue más que una ‘letra muerta’. 

Nunca he prestado atención al gigantesco ruido e interés que normalmente hacen los medios de comunicación a la Declaración jurada del patrimonio de la gente que ocupa y ocupó cargos importantes en la Administración pública. Pero dado que nuestra sociedad ha mitificado hasta el delirio, el afán por saber cuántos millones de pesos declaró el funcionario, pues por más que uno intente ignorar esa estupidez, las redes sociales y los medios te redirigen la atención y ante esa situación ya el ciudadano de la calle no puede más que rendirse. 

No sé por qué talvez el 90% de la gente muestra un exagerado entusiasmo por saber cuántas casas lujosas, villas, apartamentos, vehículos, colmados, reses, naves industriales y cantidades en cuentas bancarias tiene un congresista, un presidente, un alcalde o un ministro del Estado cuando entra y sale del cargo. Muchos psicoeconomistas dicen que a la gente común, y al hombre de clase media aún más, le importa tanto saber tal cosa, hasta el punto de sufrir una molestosa acidez estomacal cuando no puede enterarse del tamaño del patrimonio ajeno, no porque quiera saber si aquel funcionario duplicó o sextuplicó sus posesiones materiales recurriendo a actos ilícitos, sino porque sentiría  una dolorosa puñalada  desde el vértice del pulmón hasta el polo inferior del bazo cuando digan que el congresista, el presidente o el ministro, declaró poseer un patrimonio que al compararlo con el suyo  descubre que aquel es cinco, diez o cien veces mayor, y si hay algo que arrebata, que encojona hasta el vértigo al sujeto de clase media, es enterarse que un amigo, un conocido o cualquier otro, que él lo cree socialmente inferior, lo supera con creces en posesiones  materiales. 

Poco o nada le importa al ciudadano común ni al hombre de clase media, enterarse que aquel funcionario declarara que  mientras permaneció en el cargo su patrimonio cultural y espiritual se elevó en una cifra asombrosa expresada en términos de libros comprados, cursos, conferencias y maestrías realizados,  número de viajes al exterior para asistir a congresos científicos y  eventos literarios y el alto número de conferencias que impartió por todo el país sobre temas de interés para los asistentes y las comunidades. Pues para las redes sociales y los medios esas clases de “posesiones” patrimoniales son como el agua: insípida, incolora e inodora, por lo tanto ellas no desatan la ira, el repudio, la injuria y el crujir de dientes de los que se autoproclaman  pobres ni de aquellos que aunque tienen ingresos holgados  pero parecen sentirse avergonzados ante la gentuza  que ellos entienden están en un nivel social inferior al suyo, sin embargo declaran que poseen patrimonios envidiables. 

Dispuesto a convertirme en un perdonavidas de los que se enriquecen tomándose a hurtadillas la mejor leche de la ubre del Estado, pregunté a un amigo funcionario de Impuestos Internos qué porcentaje de los funcionarios públicos entrantes y salientes en cada gobierno, declaran como parte de su  patrimonio, los bienes culturales adquiridos como los libros.  

Su respuesta fue: “Pues mire, solo lo hacen muchos intelectuales y los pocos ciudadanos amantes de la ciencia y las artes”. 

Luego, volví a preguntarle: ¿Y por qué muchos no declaran como bienes patrimoniales bibliotecas pequeñas y medianas, pues ahí se puede ocultar una porción importante de una fortuna no santa? Mi amigo se rió de oreja a oreja y luego respondió: “! Doctor Mendoza, no me haga bromas! Recuerde que usted mismo me ha dicho en varias ocasiones que la fortuna proveniente de actos ilícitos o de las actividades licitas, tiende a “psicologizarse”, es decir, a mostrarse con satisfacción porque nos elevan de estatus frente a los demás, en tanto que los bienes culturales e intelectuales como libros tiende a “socializarse”, es decir, sus poseedores  comparten sus contenidos con los demás. Dígame, ¿a quién va usted a impresionar con la adquisición de 1500 libros durante cinco o diez años?”

Con esa respuesta, solo atiné a repetir lo dicho por el famoso humorista Tubérculo Gourmet: “Ah, po  bien”.


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