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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


Se necesita un gran presupuesto y una gran voluntad para bajar los asesinatos de mujeres (2-2)


  • 20.01.2020 - 12:00 am

A modo de ejemplo, describiré aquí un caso que tal vez pudo terminar en el asesinato de una mujer si no se hubiere actuado tomando en cuenta que estos particulares asesinos  son ingeniosos y discretos al planificar y ejecutar sus crímenes, además de que cuentan con la ingenuidad de sus víctimas que nunca creen que el hombre con el que compartió la cama y parte de su vida o aún la comparte, sería capaz de liquidarla. 

Hacia el 2013 ella tenía 32 años, y tras ser golpeada salvajemente, se fue de casa con dos niños. Acudió a mi consultorio en vez de ir a la Fiscalía o a la Policía. Me dijo que no iba a la Fiscalía porque allí tomaron como una necedad una querella que un año antes interpuso una hermana suya contra su exmarido quien la “agalletió” públicamente. 

Por vía telefónica conversé con el sujeto agresor. Al ponerla a ella al teléfono, él le dijo que fuera el día siguiente a buscar el dinero del colegio de los niños, el de los servicios de agua y luz, y dinero para el pago de otros gastos. Me resultó  sospechoso que él le dijera que estaría esperándola frente al cementerio sito en la Avenida Yapur Dumit, pues él trabaja lejos de ese lugar. 

Propuse a mi paciente que hablaría con un oficial de policía conocido por ser un fiel cumplidor de su deber para que éste la acompañara. Me dijo que no era necesario porque el marido que la golpeó no llegaría a herirla ni a matarla. Ella no pudo ir, por lo que en la noche él la llamó y le dijo: “Te salvaste hoy, pero ya veremos adónde te meterás”. 

Planteé al oficial de policía mencionado el riesgo de muerte de aquella mujer y éste actuó como debe actuar un policía responsable. Localizó al tipo, lo esposó y portaba un arma de fuego legalmente. Entonces le dijo: “A partir de ahora usted será vigilado día y noche. Si va al barrio donde vive su esposa, la visita o la llama por teléfono, le advierto que lo buscaré y hallaré y como todavía existe la aplicación de la ley de fuga…….” 

Meses después aquel potencial asesino se divorció y casó otra vez. Jamás mi paciente ha vuelto a verlo. Cada mes va y deposita en una oficina de abogados el pago de la manutención de los niños que le impuso un juez de la Corte Civil. Semanalmente la madre deja los niños donde la abuela y allí acude el padre para estar con ellos dos o tres horas sin sentirse  ansioso por ver a la madre. 

Si es verdad que  “puerco no se rasca en jabilla”, como dice el refrán, entonces ¿cómo es posible que un hombre celoso asesine a su mujer a pesar de estar protegida por policías? Ah, porque los protocolos de protección a la mujer victimizada por sus maridos y exmaridos que supuestamente leen  fiscales y policías se convierten en letra muerta ya que esas autoridades creen ciegamente en un principio producto de nuestra cultura que dice: “En pleito de marido y mujer que nadie se meta, pues en la noche ellos se acarician y se acuestan.” 

Hará cuestión de 17 o 18 años, me despertaron los gritos de una vecina, pasada la media noche, que pedía ayuda por los ñemazos y estrellones que les pegaba el esposo. Llamé a la Policía, y el oficial que respondió a mi llamado, en vez de decirme que una patrulla iría de inmediato, se limitó a hacerme la siguiente pregunta: “Doctor, ¿cómo sabe usted que la mujer grita por los golpes que le pega el marido y no que ella grita por otra clase de golpe que él le esté dando?” Al decirle que había grabado el irrespetuoso comentario que hizo sobre aquella mujer, me pidió disculpas y en 10 o 12 minutos llegó un carro policial que detuvo al agresor.

Trabajar en la modificación de las creencias culturales que marcan la conducta violenta de maridos y exmaridos, no empieza por las desacreditadas “ordenes de alejamiento” que emite un Fiscal, sino por la asignación de un gran presupuesto para la contratación de decenas de psicoterapeutas, trabajadores sociales y el entrenamiento de cientos de oficiales de policías que con salarios dignos se dediquen responsablemente al cumplimiento de los susodichos protocolos de auxilio a la mujer víctima de un marido o exmarido celoso y violento. 

Evitar un asesinato premeditado no es tarea para un policía o fiscal que hace su trabajo sin motivación y sin sentir una pizca de orgullo por el cumplimiento de su deber, puesto que no siente que ser un servidor de la ley  le confiera decoro y respeto. Trabajar en esto debe ser una de las prioridades del Estado en este 2020, porque de lo contrario en vez de disminuir, los feminicidios aumentarán cada año.

El autor es Terapeuta familiar

Centro Médico Cibao-Utesa

     

                   


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