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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


Preocupémonos pero no hasta ponernos ansiosos y paranoicos por la epidemia


  • 03.04.2020 - 12:00 am

Todos los eventos, naturales o no, que ocurran en nuestro planeta, ya sean epidemias o terremotos, sin duda nos causarán algún grado de ansiedad o angustia lo cual es normal si experimentar un poco de ansiedad o de angustia no se convierte en paranoia ni depresión ante aquellos eventos. 

Cuando la epidemia de tuberculosis que afectó a nuestro país, sobre todo cuando la curva ascendente de la epidemia en 1956 tuvo una especie de frenesí, puesto que hasta en las comunidades pequeñas, como Altamira mi pueblo, “La Sanidad”, como entonces se les llamaba a los Sub-centros sanitarios de Salud Pública, recibía  ocho y diez pacientes cada día con síntomas sospechosos de la enfermedad, pues muchos morían sin siquiera recibir la extremaunción del cura Bretello o la del pastor Don Tico Brito de la iglesia Metodista. 

El pánico en Altamira fue de tal magnitud, que un día de julio corrió el falso rumor de que un hombre que había muerto tuberculoso exactamente doce días antes, y a quien apodaban “El Seco”, había salido de su tumba riéndose de los bobos que creyeron que ciertamente él había muerto, cuando lo cierto fue que fingió su muerte para descubrir qué tiempo de luto le guardaría su mujer. El miedo a contagiarse de tuberculosis no solo de los vivos sino ahora de un muerto, fue a tal escala que absolutamente nadie en el pueblecito pensó que aquella extravagante noticia debía ser falsa ya que se decía que un muerto por tuberculosis doce días atrás había resucitado solo para “pegarle” su enfermedad a muchos vivientes. 

Pero en poco tiempo, y a pesar de que Don Manuel, el encargado de La Sanidad del pueblo, junto a la Policía intentaban calmar a la población convenciéndola de que El Seco ya estaba enterrado y que por tanto no podía contagiar de tuberculosis ni siquiera a sus vecinos los demás difuntos del cementerio, la gente no le daban crédito. Con los días, de  la ansiedad y la angustia se pasó a una etapa de paranoia generalizada, y la gente empezó a creer que todo aquel que tosía, estornudaba o que estaba muy flaco, seguro padecía de tuberculosis, es decir, que era un “malograo” o “tísico”. Bastaba con que te oyeran toser o que te encontraran medio flaco para que todos sospecharan y regaran la voz de que tú estabas “malograo”, y el vacio social que te hacían fue la regla.

La paranoia es una condición enfermiza de nuestra mente y función psicológica caracterizada por dar como cierto que alguien o algo quiere o  puede hacernos algún mal o daño sin realmente existir tal posibilidad o ser muy remota. La persona paranoica cree, sin tener prueba para ello, que un vecino, un amigo o hermano, la quiere muerta o desea que se enferme. De quien supone que quiere hacerle mal, no acepta nada, incluso le rehúye. Ese pensamiento hace que se desvele cada noche y la falta sueño desencadena deseos de comer con frecuencia, incertidumbre sobre lo que sobrevendrá, desconfianza y hasta inconformidad con Dios porque permitió que algo malo le llegara.

Ahora, con la epidemia de Coronavirus, miles de ciudadanos han perdido el sosiego emocional y viven una especie de pesadilla al creer que el Coronavirus tiene tanto interés en matarnos  que nos acecha bajo la cama, bajo la almohada, detrás de  la lengua de los zapatos, en el sonido, entre los pliegues del aire que sopla, entre las macetas, en los pliegues de los muebles como las chinches, sobre el inodoro  y hasta en la sopa que comemos. Con poco, habrá gente que creerá que COVID-19 se contagia hasta con las noticias que hablan sobre él. El miedo se ha generalizado aupado por los cientos de falsas creencias que se difunden por redes sociales que se propalan como si fueran verdades científicas. Hoy una paranoia colectiva arropa a toda la sociedad dominicana.  

El problema para la salud psicológica y mental  que entraña la paranoia consiste en que el paranoico padece insomnio, desarrolla la tendencia a suponer que todo lo oye decir, por más disparatado que sea, es una verdad de a puño, comenta como si fueran ciertos todo los pensamientos o ideas que llegan a su cabeza sin darse cuenta que son completamente ilógicos e irracionales. La falta de sueño provoca fatiga emocional, el corazón se acelera, tu presión sube, el estómago aumenta la producción de jugo gástrico y por tanto padece hiperacidez, y como se tiende a tragar en seco, se ingiere mucho aire por lo cual estómago e intestinos se distienden y llenan de gas, acarreando flatulencia y mal aliento.

Por ejemplo, ante la epidemia de COVID-19, es normal que mostremos preocupación y hasta una  ansiedad moderada puesto que el Estado ha tenido que implantar medidas preventivas de restricción de la circulación y agrupamiento sociales para reducir al mínimo el contagio y las muertes por la enfermedad. 

Lamentablemente, mucha gente está prestando mayor atención a lo que se dice en las redes sociales que a lo dicho por los Organismos Oficiales de Salud acerca de coronavirus. La sobre-información o la información exagerada sobre una enfermedad en caso de epidemia, perjudica en vez de provocar beneficio porque muchos podrían darle crédito a informaciones sin fundamento creando en la sociedad angustia o un periodo de ansiedad desproporcionada que bien puede degenerar en paranoia general, es decir, un estado de locura colectiva que la Psiquiatría francesa de principios del siglo 20, llamaba ‘folié  a deaux’ (locura por contagio). 

 Lo sensato es prestar atención  solo a los boletines que ofrece el Ministerio de Salud Pública. Tómese en cuenta  que como parte de la paranoia que tenemos con la epidemia de COVID-19, mucha gente afirma que lo dicho por el Gobierno sobre el número de casos positivos no es real si no que son mucho más. Por supuesto, es común que los paranoicos nunca crean aquello que los demás afirman, pues verdad es solo lo que el paranoico cree como cierto. 

No olvidemos que la epidemia pronto pasará y ya no habrá más reporte de nuevos casos de contagio. Sin embargo, la ansiedad exagerada, el ánimo deprimido y la paranoia por la enfermedad no desaparecen al mismo tiempo que ésta porque mientras que COVID-19 es individual, la paranoia es colectiva y por lo tanto sus efectos sobre la salud mental permanecen por más tiempo. Como cristianos de fe, confiemos en que nuestro Padre Celestial está ahí para impedir que los creyentes en El sean diezmados por esta pandemia.


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