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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


¿Por qué todos los líderes del mundo moderno han domesticado la mentira?


  • 13.07.2020 - 12:00 am

Quien nunca haya leído los    artículos de opinión que publica cada semana en este mismo diario, el hombre culto y de prosa refinada, Rafael Escoto, no sabe lo que ha perdido. Sus breves ensayos con la morfología de artículos de opinión guardan una viva semejanza con el fuego que chisporrotea que aunque parece cesar su lumbre nunca lo hace del todo. De ahí la elegancia que derraman sus artículos.

El señor Escoto publicó el 6/7/2020 en LA INFORMACION una columna titulada “Psicología de la  mentira de un expresidente”, para rebatir un trabajo que yo había publicado el 29/6/2020  en este matutino con el título “La trampa psicológica en la que cayó el señor presidente”. 

Señalé que Escoto es un articulista bastante culto, es decir, no es un “chivito”, como se dice popularmente, por eso sus artículos contienen, frecuentemente, información precisa y a veces hasta erudita. Cuando  leo al señor Escoto me recuerda la archifamosa novela “Robinson Crusoe” del escritor Daniel Defoe, donde usted no haya un solo párrafo escrito con brusquedad desentonante. 

El poeta británico, Albert Browning, pensaba a mediados del siglo 19, que había tres clases de poetas: los peores, los mejores y los inmejorables. Un poeta corriente, –decía Browning-mira por la ventana y cuenta a los que lo escuchan que fuera ve algo; los mejores, transmiten a sus lectores un relato sobre lo que ocurre fuera de la ventana. Pero los poetas  inmejorables sitúan al lector en la ventana misma y los dejan que vean por sí mismos. Y a decir de Browning, estos son los poetas que tienen un don. 

Yo que durante muchos años he venido dando seguimiento e interpretando el  comportamiento de los líderes políticos dominicanos, hago extensivo el esquema elaborado por Browning para clasificar la calidad de los poetas, al ámbito del liderazgo político de nuestro país. Creo que contamos con líderes “pálidos” o seudos  (a estos nadie les ha visto carácter o condiciones de liderazgo construido por su talento para la empatía ni porque posean factores cognitivos de alta valoración), son aquellos que una determinada circunstancia sociopolítica independiente de ellos mismos los vuelve “líderes”; además se incluyen en este grupo  los que se autopromueven como lideres); siguen a ese grupo los “buenos” líderes (aquellos que sí han adquirido o ganado carácter y condición de liderazgo por su total entrega personal, sin que los anime el lucro, a la causa que los motivan en pro del bienestar de muchos pero que circunstancias adversas, que jamás pudieron controlar, les han impedido fortalecerlo en el tiempo o lograr la admiración inmediata; fue el caso de José Francisco Peña Gómez en el siglo 20. También en ese grupo pueden incluirse Balaguer, Bosch y hasta Santana y Luperón, pero con la reserva de que estos últimos dos  alcanzaron su liderazgo sable en mano,  en tanto que Balaguer y Bosch, Leonel,  sí cosecharon aún vivos los vítores a sus liderazgos. Ojo, sépase que no estoy haciendo equivalencia entre  líderes como Peña Gómez, Bosch, Balaguer, Luperón, Pedro Santana, Leonel Fernández o Danilo Medina. 

Por último, tenemos los líderes “connotados”  o  ‘inmejorables’, como los llama Browning.  ¿Ha contado la República Dominicana en algún momento de su historia con un líder inmejorable? A mi juicio, en esa categoría solo podría incluirse al padre fundador de nuestra nacionalidad,  a Juan Pablo Duarte, aunque soy partidario de que también se incluya a Francisco del Rosario Sánchez porque no solo fue un mártir de nuestra independencia, sino que también fue valeroso sin que la historia pueda señalarle la comisión de un solo acto imprudente por ser valeroso. Y si me permiten la digresión, añadiría que fuera de nuestras fronteras se cuentan como lideres connotados  o inmejorables a Ho Chi Ming, Mahatma Gandhi, Martin Lutero, Abraham Lincoln, Charles de Gaulle y Fidel Castro. 

Según el criterio de Rafael Escoto, Leonel quedó como un líder mentiroso porque se negó a apoyar el candidato presidencial escogido por el Comité Político del PLD (aunque léase  escogido por el señor presidente) después de haber dicho que ese partido era “una fábrica de presidentes”, y con su negación desmentía esa afirmación. Pero señor Escoto, cuando el expresidente Fernández dijo que el PLD era “una fábrica de presidentes”, en el contexto en que lo dijo no quedó aquella frase en el cerco de su denotación, sino que fue dicha para el mayor alcance de su connotación, puesto que como ejerció el poder durante doce años, él como pocos sabía que el poder es una especie de atalaya o de polo que atrae a individuos talentosos, eficaces y de conciencia veraz y ética pero también atrae a individuos de talento exiguo y discernimiento pobre, incluso atrae a talentos de “cuello blanco”. 

Los que permanecimos en el PLD desde su fundación en 1973 hasta el 2019, pero que conocimos a fondo su disciplina, dignidad  y talante sabíamos que después de que el partido se “abrió”, miles se “avinieron” a  esta especie de “nuevo partido”  al que trajeron todas las deformaciones propias de la pequeña burguesía y contra la que Bosch advirtió en su momento. Leonel y Danilo sabían de lo mismo, y tanto uno como el otro pudo haber dicho aquella frase. Pues hubiese sido un grave error de Leonel pensar que solo a Danilo le interesaba la candidatura, aunque eso era lo que se veía. Leonel quiso contener los denuestos y zancadillas  de muchos contra él en el Comité Político y por eso recurrió a calmarlos diciéndoles: No se vuelvan locos, “el PLD es una fábrica de presidentes”.  

Leonel sabía que aquello no era verdad pero lo dijo porque no ignora que los grandes líderes los son en la medida que  han aprendido a domesticar la mentira o han aprendido a matizar la verdad. Los lauros de connotados líderes como Lincoln y Churchill y hasta los de Ho Chi Ming y Fidel Castro, no quedan exentos del  dominio que tuvieron ellos de ambos procedimientos. Recurren a esos procedimientos porque un verdadero líder no puede ser sorprendido por el despliegue fastuoso, capacidad de dispendio que con frecuencia llegan a mostrar seguidores suyos (corrupción) y la intriga de muchos y menos aún por la astucia y mitomanía de sus adversarios. 

Leonel pensó que podía contener a muchos aspirantes cuya capacidad de liderar era muy escasa o inexistente, pero tal suposición fue fallida porque no tomó en cuenta lo que plantea la Psicología del liderazgo, que en líneas generales explica que si dos líderes en un grupo se disputan la supremacía, ganará aquel que conozca de antemano las tres variables cruciales que se manejan a través del poder: 1) la cantidad de  subordinados que ya tiene bajo control uno de ellos, 2) el que tenga la predisposición a tolerar un mayor grado de indelicadezas de sus subordinados y 3) quien mejor maneje la suspicacia. 

Danilo tuvo más subordinados bajo vigilancia en el Comité Político pues era el gobernante, en tanto que Leonel como líder nunca vigiló a nadie sencillamente porque él cree que en la actividad política hay escrúpulos que son inviolables. Esa creencia llevó a muchos del Comité Político y del Comité Central a “sacarle la lengua”.

Danilo quiso una nueva candidatura, no tanto, creo,  porque él se desviviera por eso, sino que también sus subordinados  lo estimularon a que lo hiciera. Así llevaron al PLD hacia una especie de “Trampa 22”, como escribí en un artículo de La Información el 7/7/2019. Por eso, aunque él desistió de aquel deseo de sus subordinados,  sin embargo,  le aprobaron que él escogiera al candidato presidencial sin que la masa del partido “tuviera vela en ese entierro”.

Dije que Danilo cayó en una trampa psicológica con esa decisión, porque no se percató que aunque su preferencia por el compañero Gonzalo le diría a Leonel que Danilo Medina es el único gallo padrote reinante y decisivo en ese gallinero llamado PLD, pero eso mismo provocó que muchos de sus subordinados “aspirantes”, se tomaran el trago más amargo del mundo. Fue una trampa porque “ya era muy tarde” cuando quiso dar razones sobre aquella oración, fruto de su entusiasmo, que decía: ¡Tengan la seguridad de que estas elecciones yo las gano!”


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