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Lincoln López

Lincoln López


Por criticar y no adorar al dios PIB, aquel pagano fue condenado a muerte


  • 09.04.2020 - 12:00 am

Dios y pagano son cara y cruz de un mismo concepto: Religión. Esta última, entendida como un sistema de creencias y principios sobre asuntos espirituales y morales del ser humano en torno a una divinidad o algo sagrado. Trataré de exponer las ideas esenciales del filósofo alemán Walter Benjamín (1892-1940) contenidas en su ensayo “El capitalismo como Religión”, donde explica cómo ese sistema económico y político ha utilizado algunas “herramientas religiosas”, para lograr imponerse a sangre y fuego contra todo aquel que no acepte como “su único salvador” a su dios: El PIB, o sea, el producto interno bruto

Lo ha hecho con mucha fiereza, aunque prevalece el manto de seda religioso que lo cubre. Ha llegado al extremo de desaparecer físicamente a  líderes, así como valores, artes, culturas…En consecuencia, ha puesto a la actual civilización en peligro de desaparecer, y llevando al medio ambiente hacia la destrucción. No ha sido este, obviamente, su único instrumento

El valor de esas ideas de Walter Benjamín, miembro de la Escuela de Frankfurt, reside en que las mismas fueron formuladas mucho antes de situarse el mundo capitalista en la etapa conocida como “La Sociedad  de Consumo”. Este clásico del campo de la estética sustenta en su ensayo basado en cuatro argumentos principales: Primero, “El capitalismo es una religión cultual”, es decir, con culto religioso, pero desconociendo dogmatismo alguno y sin teología.   

Otro es “la duración del culto”, o sea, no existe un día “ordinario”, por tanto, no existe ningún día que no sea de fiesta. También considera que ese “culto es culpabilizante”, mientras en las religiones es para liberarnos del pecado. Aquí, en cambio, “nosotros los del montón salido" debemos sentirnos “monstruosamente culpables”; y, el último, dice: “su Dios debe permanecer oculto”. 

“Por criticar y no adorar a su dios: el PIB”…como dice el título de hoy, transcribo un fragmento de un discurso pronunciado hace poco más de 50 años, por un notable candidato presidencial a las elecciones norteamericanas, con el sentimiento nacional a su favor, nacido en la alta clase social, pero hizo una crítica mordaz al sistema y a la falsedad de su dios el PIB. Dice así: 

“Nuestro PIB tiene en cuenta, en sus cálculos, la contaminación atmosférica, la publicidad del tabaco y las ambulancias que van a recoger a los heridos de nuestras autopistas. Registra los costes de los sistemas de seguridad que instalamos para proteger nuestros hogares y las cárceles en las que encerramos a los que logran irrumpir en ellos. 

Conlleva la destrucción de nuestros bosques de secuoyas y su sustitución por urbanizaciones caóticas y descontroladas. Incluye la producción de napalm, armas nucleares y vehículos blindados que utiliza nuestra policía antidisturbios para reprimir los estallidos de descontento urbano.

Recoge L..] los programas de televisión que ensalzan la violencia con el fin de vender juguetes a los niños. En cambio, el PIB no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación ni el grado de diversión de nuestros juegos. No mide la belleza de nuestra poesía ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la calidad de nuestros debates políticos ni la integridad de nuestros representantes.

No toma en consideración nuestro valor, sabiduría o cultura.

Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro

país. 

En una palabra: el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga

la pena vivir la vida”.  

(Robert Kennedy fue asesinado pocas semanas después de emitir esta reflexión).


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