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Redacción

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Política en reversa


  • 26.07.2019 - 05:18 pm

Hay que convencerse que la lógica de la política en un país como el nuestro de larga historia y cultura caudillista, parece responder a la improvisación calculada sobre la base de la emotividad utilitaria.
   
En ese contexto parecen enmarcarse las salidas inoportunas e imprudentes tanto del Partido Reformista, como la del expresidente Hipólito Mejía, quienes vuelven a traer el  tema de la reforma constitucional para habilitar al presidente Medina, cuando éste en un acto de “racionalidad principista” apegado al respeto de la institucionalidad, declinó su lucha por su repostulación y posterior reelección, despejando con ello el futuro democrático de la nación.  
   
Esa actitud del Presidente ha merecido no solo el reconocimiento de sectores nacionales sensatos, sino de representantes significativos del poder fáctico mundial, tal como lo expresara el “factor Pompeo” de gran “peso específico”, cuando refiriéndose a la decisión del presidente Medina, manifestara su satisfacción por el anuncio de “no buscar una extensión de los períodos constitucionalmente establecidos”.
   
Asimismo, Pompeo pone de ejemplo la decisión del Presidente, al tiempo de resaltar que la misma “es un buen augurio para el futuro democrático del país”. Con esos halagos que compensan al mandatario, debería quedar sellada la derrota de la reelección.
   
Sin embargo, todavía no se celebra la victoria democrática, cuando el PRSC e Hipólito Mejía, volviendo hacia atrás, plantean la temeraria idea de la reforma a la Constitución, en una propuesta que podría merecer el calificativo despectivo de “una dominicanada”, expresión que  tiene como telón de fondo la “propensión del dominicano a violar la ley y la institucionalidad”.     
   
Esas desafortunadas iniciativas de reformas, o bien obedecen a la tradición del oportunismo clientelista en búsqueda de alguna prebenda; o bien, en el mejor de los casos, busca allanar el camino de la oposición para una fórmula electoral que pueda enfrentar con éxito a la candidatura más probable del dividido partido de Gobierno.
  
De ese modo, se materializaría el cambio político que le abriría paso, más que al pueblo, a los frentes oligárquicos más tradicionales, relativamente excluidos de la gobernanza y que se sienten relativamente perjudicados en la repartición de la apropiación de beneficios económicos, pero sobre todo en su función de clase dominante.
   
Favorece a esta opción de poder el contexto global que privilegia al gran capital y a las fórmulas  electorales de derecha o de extrema derecha, tal como se ha dado en Las Américas con Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina, Piñeira en Chile y Trump en los EEUU, para mencionar solo algunas.
   
Es decir, que la derechización y el antagonismo de clase que caracteriza al partido de Gobierno, favorecen el retorno al dominio político de las viejas oligarquías hoy día globalizadas, en contra de la nueva clase gobernante que emergiera con la Era del PLD.
   
En esa perspectiva la institucionalidad democrática fundamentada en el respeto a la Ley y al estado de derecho, así como en la racionalidad en la economía pública, podrían dar un salto hacia delante, pero por la asimetría social que encierra esa fórmula, la democracia se podría fortalecer por y para el pueblo, pero sin el pueblo.  

¡El futuro cercano marcará la tendencia!


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