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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


Parece que ser rudo pero grosero y hacerse el pendejo para sacar ventajas, no es tan beneficioso como se cree


  • 14.09.2020 - 12:00 am

Desde la década  del 1990 hasta hoy los sicólogos intentan determinar con cuál de los dos sistemas de aprendizaje usados por el cerebro humano es que cientos de individuos aprenden a ser rudos y groseros, y otros tantos, que aprenden a hacerse o pasar por  “pendejos” para obtener todo tipo de ventajas independientemente de la naturaleza de la oportunidad que se les presente. 

Por casi 30 años dicho asunto ha despertado el interés de sicólogos, médicos, psicoeconomistas, políticos y educadores, porque resulta muy llamativo el hecho de que miles de individuos son exitosos en los negocios, en la banca, en la actividad política, en la ciencia y hasta en  sus lances de conquistas femeninas, pero al mismo tiempo tienen fama de ser represivos, groseros y de manejo descortés con sus empleados, esposas y relacionados. De ahí, que muchos creen que esa clase de conducta es buena para alcanzar las mejores metas en lo que usted se proponga. 

En el caso particular de los dominicanos, por más de 40 años me he contado entre los estudiosos y observadores del comportamiento de mucha gente que en nuestro país aprende habilidades, truquitos, malicias, “vueltas”, ‘líos’, recortes de escrúpulos, torpezas, zalamerías y otras muchas chulerías que parecen propias de gente idiota pero que les dejan grandes utilidades económicas con las cuales pueden echarles “vainas” a universitarios, a poetas, escritores, científicos, educadores  y a filósofos.

Como eso ocurre también en Estados Unidos de América, donde cualquiera que apenas terminó la educación primaria puede convertirse, mediante un esfuerzo rudo y a menudo no santo, en un gran señor del capital con solo aprender mañas y destrezas para negociar armas de fuego, casas viejas remodeladas y mercancías falsificadas,  pues recientemente, la Revista “Progresos de la Academia Nacional de Ciencias” de aquel país,  publicó los resultados de un estudio llevado a cabo por sicólogos de la universidad de Berkeley, California, en el cual dieron seguimiento por 15 años a un grande grupo de egresados de distintas universidades californianas para ver cómo les había ido en la vida a los que se caracterizaron por ser rudos, exigentes, egoístas, “fantagmosos”, “leones afeitaos”, expertos en el “tigueraje” competitivo empresarial, los que “digieren sin eructar hasta clavitos de zapatos”, los que recurren a aprovecharse de cualquier rendija de las leyes que rigen la competencia empresarial para evadir el pago de impuestos o los oligopolios y son poco amables con los que estaban bajo su mando y con sus superiores inmediatos. 

El estudio incluyó también a los profesionales egresados de las mismas universidades que tenían un comportamiento diametralmente opuesto a los previamente descriptos. Los dos grupos habían terminado maestrías en distintas áreas del conocimiento y fueron sujetos de clasificación en los Cinco  Grandes Rasgos o Factores de Personalidad de Goldberg [1981]: 1) abierto a las nuevas experiencias, 2) responsabilidad, 3) amabilidad, 4) extroversión y 5) tendencia al neuroticismo, es decir, persona cuyo comportamiento se torna, frecuentemente, inestable y volátil.

El estudio demostró que las personas menos dispuestas a conocer las nuevas experiencias, a dejar a un lado el egoísmo exagerado  con sus competidores, a ser amables con sus subalternos y en cambio mostraron rasgos de neuroticismo, pues no les ha ido tan bien en la vida a pesar de que esas personas y un porcentaje importante de la sociedad  cree que sí les va mejor que a sus compañeros que son amables, de bajo egoísmo, son empáticos con sus subalternos y no tienen rasgo de neuroticismo.  

El famoso sicólogo, doctor Oliver John, al comentar las conclusiones del estudio dijo: “Independientemente del individuo o del contexto y el carácter,  el comportamiento desagradable, egoísta o ‘ventajú’ no dieron a las personas una ventaja de poder, ni siquiera en aquellas organizaciones con una cultura competitivamente agresiva.

En nuestro país, a nadie sorprende que cientos de individuos que sí tienen  “maestrías” y  hasta “doctorados”  en “hacerse los bobos, idiotas o pendejos” o que en base a zalamerías a alguna persona con poder pero sin escrúpulos,  logren acumular fortuna a partir de un negocito “pequeño” ‘alante’ pero muy grande atrás o a partir de una posición electiva o de un cargo en el Estado nada importante y pasando desapercibido. Sin embargo, esos individuos frecuentemente confiesan que en todo lo demás sus vidas fueron miserables.


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