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Hna. Verónica De Sousa

Hna. Verónica De Sousa


Palabra viva


  • 28.01.2020 - 12:00 am

El pasado domingo 26 de enero, por vez primera, los católicos celebramos de forma universal un “Domingo de la Palabra”. Esto, gracias a la iniciativa del papa Francisco quien, motu proprio (es decir, por propia iniciativa) decretó desde este año y para la posteridad todos los terceros domingos del tiempo ordinario como tales.

Destaco esto: es domingo de la Palabra. No de la Biblia, aunque, lógicamente, tiene que ver con las Sagradas Escrituras. Ser “de la Palabra” evoca el prólogo del evangelio de Juan (cf. 1,1-18), un himno que vincula el origen de Jesús con Dios mismo. Dios ha decidido comunicarse con la humanidad, y la comunicación, su Palabra, es su Hijo encarnado, vida y luz para todos los seres humanos. Habiéndose encarnado, fue rechazado por su pueblo y por muchos que optaron por las tinieblas. Quienes lo acogieron continúan recibiendo gracia en abundancia, en particular la de ser hijos en el Hijo. La Palabra que nos ha traído la salvación debe ser comunicada; Juan el Bautista y quienes la acogieron son testigos de la preeminencia de Aquel que nos ha dado a conocer al Padre.

Es un texto solemne, rico en contenido literario y teológico; obviamente, es posible hacer de él diversas interpretaciones, pero igual no cesa de brindar su hermosura. La belleza le viene del objeto del que habla: Dios mismo. Y la Palabra es una persona: su propio Hijo.  El autor de la Carta a los Hebreos (cf. 1,1-4) asegura que Dios se ha comunicado de manera definitiva con el ser humano por medio de Cristo, Hijo de Dios. Es como si el Padre ya, en Cristo, nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos. Ahora, para escuchar al Padre, basta conocer a Jesús. En resumen: estamos invitados a acoger la Palabra y de ese modo entrar en el misterio insondable del Padre. 

La Palabra es, para el cristiano, la persona misma de Jesús, con quien entramos en relación cercana, amorosa, íntima. Tal que se convierte para cada uno en Camino, Verdad y Vida (cf. Juan 14,6). La Biblia es viva, porque, leyéndola, te encuentras con su autor. Por eso toca la vida y cambia la existencia. No es algo mágico o esotérico. Es una relación. No se trata de que la interpretes: entrando en amistad con la Palabra, te dejes interpretar tú por ella, ella te revele Su misterio y el misterio que eres para ti mismo. Por eso, la Palabra es también Luz.

¿Tienes Biblia en tu casa? ¿Qué atención le prestas? El Papa invitaba a “desempolvarla”… Una vez alguien me preguntó cuál era el salmo en el que se abría la Biblia para proteger su casa. Le contesté: “La única Palabra de la Biblia que protege su casa y su vida es la que usted vive, la que lo transforma en mejor persona”. 

Quítale el polvo a tu Biblia y a tu relación con Jesús. Lee un pedacito, cada día. Ora con ella. Comienza por el evangelio de Marcos. Lee las introducciones a los libros, las notas a pie de página, te ayudarán. No vivas en la oscuridad, cuando tienes la Luz tan cerca de ti. O como dice san Pablo: “La Palabra está cerca de ti: en tu boca y en tu corazón” (Romanos 10,8).


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