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Maricela Ortiz

Maricela Ortiz


Nos hizo participante de Su naturaleza


  • 03.03.2020 - 12:00 am

Cuando estamos en Cristo tenemos que entender que tenemos la vida de Dios, y es en ésta que tenemos un constante crecimiento en la medida que vamos experimentando Su naturaleza. Observemos juntos tres aspectos de vida (elementos de Su naturaleza) que subyacían en la Ley, y que tenía que ver con la naturaleza divina de Dios, pero para ser aplicada como principios morales en el Antiguo Pacto. Sin embargo, los que estaban supuesto a descubrir y modelar estas verdades se ocuparon más de lo externo que el significado espiritual que escondía la ley. Por eso Jesús les dijo:

 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!  porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.” Mateo 23:23

De acuerdo a la ley, se podía diezmar los productos de granjas, pero ellos diezmaban hierbas del jardín como eran la menta, el eneldo (anís) y el comino. La intención de Jesús aquí no era condenar los detalles de lay, más bien, quería hacerles entender principios más importantes que contenía la ley, y que ellos obviaban.

Honrar a Dios con nuestros bienes es un acto de obediencia por Su amor y la naturaleza que portamos, esto no se cuestiona, se manifiesta. Además, Jesús lo dejó muy claro. Pero nos enfocaremos específicamente en estas tres características de Su naturaleza divina que ahora en Cristo se nos ha hecho partícipe. En el Antiguo Pacto, ellos podían practicarlas como principios morales, pero ahora en Cristo se nos ha improntado como parte de la naturaleza de Dios en nosotros. 

Lo primero es que, quien nos justifica es Cristo, por tanto, fuimos justificado por gracia. Desde el Antiguo Pacto, Dios mostró Su justicia, manifestó misericordia y evidenció Su poder por medio de milagros y prodigios para dar a conocer Sus atributos y Su naturaleza divina, y de este modo, despertar y provocar fe en un Dios que se mostraba como Padre; porque el fin de cada milagro era dar a conocer el propósito eterno, al igual que las señales, las alegorías, todo tenía un propósito, Cristo, la promesa de salvación. Pero como ellos, al igual que nosotros, muchas veces nos enfocamos más en atender lo externo, y no lo interno, que es donde Dios trata con nosotros por medio del Espíritu Santo.

Los que vivimos en la vida de Dios no necesitamos aprender sobre justicia, porque la vida de Dios es justicia. Estando en Cristo la vida fluye en justicia porque es Su naturaleza en notros, por ende, la misma vida es justicia, porque todo está en la naturaleza divina de Dios de la cual se nos ha hecho partícipe, así que, no tenemos que esforzarnos en hacer justicia, solo tenemos que morir para que Su naturaleza pueda manifestarse.  Esta justicia tiene un nombre, Cristo, y es en este nombre, que hemos sido justificado, para que en esta nueva naturaleza mostremos a Cristo a aquellos que andan sin esperanza. Fuimos justificado por gracia, y es en ésta que vamos a fluir al predicar Su Evangelio, para que demos por gracia lo que por gracia hemos recibido.

 “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” Romanos 10:14-15

Esta justificación nos da entrada por fe a la gracia. El pueblo de Israel no estaba excluido de la gracia, ni de la salvación ni de la vida eterna, ya que todo esto formaba parte del propósito eterno, puesto que Dios nunca ocultó Su naturaleza, ni dejó de mostrar Su misericordia; Él siempre mostró Su amor y Su gracia al pueblo de Israel. Abraham, creyó, por eso le fue contado por justicia, esta justicia era Cristo, esa misericordia era Cristo, esa fe representaba Cristo. Pero los escribas, fariseos y todos los religiosos no pudieron discernir la Simiente, no creyeron en la promesa, Cristo el Salvador; el cual Dios envió haciéndose visible en Él.  

 “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” Romanos 5:1-6

Un acto de misericordia fue el darnos a Su Hijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16 “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).” Efesios 2:4-5

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Hebreos 4:16 Los hijos andan en esta naturaleza de misericordia, ésta se manifiesta por la vida de Cristo en nosotros. Un corazón agradecido y entendido hace lo que ve hacer de su Padre.     

La fe es manifestada desde la creación, lo que indica que no era un tema que el pueblo de Israel debía olvidar, y si es con relación a Cristo, Dios anunció siempre que vendría el Salvador del mundo, es decir, que no había excusas para ellos no aferrarse a la Palabra profética que Dios envió desde el principio, porque Cristo está implícito en todo, y aunque ellos no lo pudieron ver en las alegorías, sombras y figuras, llegó el momento en que se hizo realidad, y se mostró con todas las señales y detalles profetizadas. El problema era la incredulidad de ellos y la dureza de corazón.

Justicia, misericordia y fe, tres elementos de la naturaleza divina que tenía que ver con la nueva naturaleza de todos aquellos que aceptaran a Cristo como su Señor y Salvador. Él nos hizo participante de su naturaleza para que andemos como Él. “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento” 2 Pedro 1:3-5 (continuar leyendo los demás versículos).


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