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Fausto García

Fausto García


No tengáis miedo


  • 25.05.2020 - 12:00 am

“Siempre tengo algo por hacer, pues no tener nada que hacer, es algo por hacer¨. (Fausto García). 

Me permito compartir con todos ustedes, la siguiente reflexión, hecha por el padre Santiago Martín, desde los Franciscanos de María (magnificat.tv), bajo el tema de actualidad comentada para esta 5ta. Semana, con su mismo titulo e integra: “No tengáis miedo. En la biografía de Benedicto XVI que acaba de publicar -de momento sólo en alemán- Peter Seewald, el Papa emérito afirma que la sociedad laicista que predomina en Occidente está elaborando una especie de Credo cuya profesión va a ser obligatoria para todos. El que no lo haga quedará “excomulgado”, aislado, marginado y también perseguido. Según el Pontífice, dos de los artículos de ese “Credo” son la aceptación del aborto y del matrimonio homosexual. De hecho, la ONU, en su informe anual sobre “Libertad de religión y creencias” acaba de afirmar que las religiones en general y la cristiana en particular son enemigas de los derechos humanos porque no aceptan los supuestos “derechos LGBT”.

Los Gobiernos que impulsan ese “Credo” laicista han visto en la pandemia una oportunidad única para someter a la Iglesia. Ciertamente, en algunos países más que en otros. Por ejemplo, en España, la única nación de Europa que está haciendo frente al problema con medidas extraordinarias, declarando el “estado de alarma”, en lugar de hacerlo con medidas extraídas de la legislación ordinaria. La excepcionalidad de las medidas, como ya han advertido varios juristas, podría estar siendo usada para limitar derechos tan básicos como la libertad de expresión y la libertad de culto. Por ejemplo, en Madrid la Policía ha irrumpido en una vivienda, sin mandato judicial, para llevarse preso al responsable del “gravísimo” delito de hacer sonar desde el balcón de su casa el himno nacional; sólo el valor de la víctima impidió que se llevase a cabo ese atropello. En un pueblo de Galicia, un hombre es denunciado y multado por la Policía tras haber entrado en una iglesia a rezar, estando esta abierta y sin celebración de ningún acto de culto, lo cual está permitido por la ley; el juez archivó la denuncia, porque iba contra derecho, pero lo ocurrido es una muestra de lo que está pasando. Aunque lo más significativo, quizá, sea lo sucedido en Valencia; el día de la patrona de la ciudad, a propuesta del arzobispo, el cardenal Cañizares, la imagen de la Virgen de los Desamparados fue “asomada” a la puerta del templo, sin tan siquiera pisar el umbral  ni cruzar la puerta, mientras afuera, en la plaza, la gente esperaba distribuida a la distancia que manda la ley y con mascarillas y guantes; pues bien, por haber hecho eso, el cardenal ha sido denunciado y se pide que caiga sobre él todo el peso de la ley; claro que monseñor Cañizares, acostumbrado a bregar con toros más bravos, no se ha dejado intimidar y ha escrito una carta pública denunciando lo ocurrido y le ha dicho al concejal que le ha denunciado, abierta y claramente, que es un mentiroso, a la vez que le compara nada menos que con Nerón.

Todo esto me ha hecho recordar a San Juan Pablo II, el centenario de cuyo nacimiento celebraremos el próximo lunes, día 18. Y en especial lo ocurrido en Nowa Huta. Este era un barrio de Cracovia, construido por los comunistas para albergar a los trabajadores de una gran central siderúrgica, y que debía ser el modelo de las ciudades socialistas; aparte de que las casas son horrorosas, como todo lo soviético, el barrio se debía caracterizar por no tener ninguna iglesia. Los comunistas se encontraron con una gravísima dificultad para lograr sus fines: el pueblo y la Iglesia polaca. Aunque en 1958 se había obtenido la licencia de construcción del templo e incluso el solar, no había forma de que la iglesia pudiera edificarse por las dificultades burocráticas que el Gobierno ponía. Entonces los católicos colocaron una cruz y todos los días celebraban Misa ante ella, a la que los domingos acudían miles de personas que vivían en el barrio. Molestos, en 1960 los comunistas mandaron derribar la cruz con una excavadora; lo hicieron por la noche, para evitar enfrentamientos con la población, pero a la mañana siguiente la gente la colocó de nuevo; lo volvieron a hacer a la noche siguiente, y de nuevo los católicos la pusieron en su sitio para seguir celebrando misas de forma ininterrumpida durante todo el día. Karol Wojtyla, entonces un desconocido obispo auxiliar de Cracovia, encabezó la rebelión y acudía con frecuencia a celebrar allí la Misa, también en el duro invierno polaco, incluida la Misa del Gallo. Después de dos años, los comunistas suspendieron la inútil licencia de obras para construir el templo, pero los católicos no se rindieron y siguieron instalando su cruz cada día y con sus curas y obispos celebrando misas bajo ella, hasta que en 1967 el régimen dio el permiso para levantar el templo, que estuvo dedicado a la Virgen María como Reina de Polonia.

La lección de esta historia, que he recordado al saber lo que le ha ocurrido al cardenal Cañizares, es que los derechos no se mendigan, no se suplican, se exigen y se reivindican. Los derechos, incluido el de la libertad religiosa, no los otorgan o los quitan los Gobiernos, como si fueran favores o dádivas que su generosidad concede. Los derechos humanos son propios de la persona y nadie puede conculcarlos sin convertirse en un dictador. Violar la libertad religiosa, denunciar por asomar a una puerta una imagen de una Virgen o allanar una morada por hacer sonar el himno nacional son signos claros de dictadura. Ante ella hay que actuar como hizo San Juan Pablo II: sin violencia, pero con valentía y firmeza. Si los polacos, con San Juan Pablo II a la cabeza, hubieran aceptado mansamente el derribo de su cruz, hoy no sólo no estaría construida aquella iglesia y muchas otras que se levantaron en Polonia en situaciones similares, sino que no habría caído el Muro de Berlín y la dictadura comunista seguiría sometiendo a su tiranía a muchos millones de personas en el mundo. Por eso los comunistas, y sus amigos dentro de la Iglesia, odian tanto a San Juan Pablo II, porque demostró que el comunismo se podía vencer y lo hizo celebrando Misa, bajo el frío y la lluvia helada una Nochebuena, para demostrar que el amor de Cristo es más fuerte que el odio de sus enemigos.

Lo que ha hecho el cardenal Cañizares le honra y le coloca en la historia. Si otros hicieran lo mismo, no triunfaría la incipiente dictadura a la que los gobiernos laicistas quieren someternos. “No tengáis miedo”, fueron las primeras palabras del Papa polaco cuando apareció por primera vez en el balcón de la Plaza de San Pedro. Eran palabras de Cristo que él hizo suyas y tienen que seguir sonando con fuerza en nuestros oídos, salvo que hayamos dejado de amar la libertad y hayamos renunciado a ser auténticamente hombres para vivir sometidos como esclavos. Estamos viviendo ya la lucha de dos religiones, con dos Credos. La religión del amor contra la religión del odio y la represión. Cristo ha vencido y volverá a vencer. No tengáis miedo.” 


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