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Redacción

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La prioridad


  • 07.04.2020 - 12:00 am

La pandemia del coronavirus que azota a la mayoría de las naciones del mundo, ha obligado a los ciudadanos del mundo a cambiar la rutina propia de la cotidianidad. El COVID-19 amenaza la salud de grandes sectores de la población sin discriminación, pero también amenaza la vida de una importante proporción de los que contraen por contagio la enfermedad.

Por esas razones los gobiernos, unos más estrictos que otros, se han visto en la necesidad de establecer medidas que inmovilicen a la población, para forzarla a mantenerse en casa con el propósito de romper con la cadena de expansión de la enfermedad.

En ese afán entre ciudadanías y gobiernos no caben otros temas que distraigan la estrategia de ataque al coronavirus, para poder detener la curva ascendente de los casos confirmados de contagio, así como la curva de muertes. La prioridad debe ser detener y eliminar el virus y sus efectos trastornadores. Ese propósito reúne las condiciones de la “urgencia” y al mismo tiempo la “importancia”. La urgencia es reducir hasta su desaparición la presencia del “bicho” y la importancia es preservar el género humano amenazado por la malignidad del COVID-19.

Lo anterior es válido para la población y gobiernos de todas las naciones. Para nuestro país también. Por eso constituye una derivada equivocada entretener a gobernantes y ciudadanos con el tema de las elecciones. Las elecciones deben considerarse, fuera de toda consideración jurídica constitucional y legal, como un tema secundario desplazado por la “urgencia e importancia” que impone la pandemia.   

Traerlo como tema dominante en la opinión pública sería una forma de pervertir la política y su estrategia que ahora debe concentrarse en la eficiencia y factibilidad de los tratamientos médicos y de la estrategia de movilización para mantener la gente en casa para evitar el contagio. De elecciones habrá tiempo, cuando las naciones puedan superar la amenaza que significa el coronavirus contra la vida de las personas.

De igual forma constituye otra forma prostituida e inconcebible que la “emergencia” sea aprovechada como una oportunista contingencia para favorecer la apropiación privada de recursos públicos, que ha impuesto la lógica de la formación y consolidación de la nueva clase gobernante, violándose con ello el otro criterio de la “licitud” que exige la ética, y que debe estar presente en la buena política. De no ser así, el orden socioeconómico se nos revela ante nuestras caras como una institucionalidad económica “salvaje” y antihumana.

El coronavirus ha puesto al desnudo los vicios y malicias que residen al interior de la lógica que dinamiza el capitalismo, el cual acerca al individuo al afán de lucro desmedido que excluye y segrega, pero que lo aleja de la persona humana que requiere de la solidaridad y de la subsidiaridad. 

La hora es, pues, para que prevalezca la política como actividad capaz de armonizar lo ético, disciplina de lo bueno, que exige lo lícito, coordinado con lo eficiente y lo factible para lograr resolver los fines urgentes e importantes, para preservar la vida humana con sentido solidario y subsidiario, mediante la vigencia de los principios éticos externos a la lógica interior del mercado.     

¡No es momento de perversiones antihumanas!    


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