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Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara


La política es un arte, no un negocio


  • 13.02.2020 - 12:00 am

Hemos escuchado muchas veces decir que la política es una de las mejores ciencias que existe en el mundo. Y realmente lo es, porque se trata del arte de gobernar. Además, es uno de los grandes legados dejados por los griegos a la Humanidad. La polis, que para ellos era la ciudad, debía ser gobernada por personas que amaran y protegieran al pueblo. Es decir, por ciudadanos que comprendieran las necesidades fundamentales de los individuos. En otras palabras, los políticos en el fondo, eran considerados personas que aspiraban a estar al frente de la polis para conducirla hacia un mejor futuro.

Sin embargo, en el contexto actual, aunque el concepto de política se mantiene igual que la definida por los griegos, quienes desempeñan tales funciones, en distintas ocasiones, han convertido este arte en un negocio. Una forma de generar riquezas y de promover familiares, amigos y personas allegadas a un puesto determinado para adquirir poder y bienestar sin mucho esfuerzo humano. Lo que significa en concreto, que la política se ha transformado en un puente para cruzar de la miseria a la riqueza, en una oportunidad para subir de status social y en uno de los empleos públicos mejores pagados.

Por eso, dada esta realidad, es bueno hacerse las siguientes preguntas: si la política es amar a los ciudadanos, ¿por qué personas sin amor por la ciudad ni mucho menos por la Nación, aspiran a gobernar un pueblo?, ¿puede realmente una persona que no sabe cumplir con su deber de familiar, aspirar a asumir la responsabilidad de estar al frente de la sociedad?, ¿cuándo fue que la política dejó de ser una de las mejores ciencias y se convirtió en una gran oportunidad para conseguir grande suma de dinero?

A lo mejor todo comenzó cuando el pueblo perdió la esperanza y la confianza en quienes lo dirigían, cuando observó que muchos, antes de asumir los cargos públicos, prometieron cosas que luego no cumplieron. Individuos que fueron capaces, precisamente, de efectuar engaño tras engaño. De ahí que no sea extraño encontrar ciudadanos que se nieguen a votar, ni mucho menos interesarse por ver quiénes son los que aspiran. Tanto es la apatía por los políticos actuales, que muchas personas, inclusive, dicen con orgullo que llevan varias elecciones sin ejercer el derecho de elegir y ser elegidos. 

Quizás la frase que nos consuela es aquella que dice, “la esperanza es lo último que se pierde”. Y es válida la máxima. Ahora, esa esperanza debe ser construida por todos. Tiene que nacer de una conciencia que surja de hombres y mujeres que con su vida y entrega  al país, vayan forjando una sociedad en valores y en principios, porque ya no podemos dejar que personas sin escrúpulos y sin amor a la Humanidad, continúen haciendo de la política en una empresa y una fortuna personal. Por tanto, miremos la historia vital de aquellos que nos quieren gobernar, porque si no han sabido ser fieles en lo poco, tampoco lo serán en lo mucho. 


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