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Luciano Filpo

Luciano Filpo


La pobreza en cuarentena


  • 02.04.2020 - 02:27 pm

“ La otra cara de la pobreza” es un ensayo del sacerdote jesuita Jorge Cela, el mismo se centra en el estudio de la marginalidad y condiciones de abandono en que viven diversos barrios de la periferia de Santo Domingo. El orientador teólogo, quien vive, practica y propaga el evangelio desde la realidad de los excluidos sociales, procura la organización de las comunidades, la intervención pública y privada a través de políticas públicas que procuran coadyuvar a subsanar el imaginario y el derrotero cotidiano de las zonas o cordones de miseria que se han levantado ante la mirada indiferente de autoridades centrales y municipales. También se procura concitar el compromiso social de grupos corporativos que florecen en medio de un entorno inequitativo donde quienes tienen más lo reciben todo mientras los grupos carenciados no encuentran oportunidades de empleos, solo son depositarios de migajas y políticas que esclavizan a los pobres. Y a lo que establece el gran existencialista Jean Paul Sartre “Dar es esclavizar” es colocar a alguien en una condición de rémora, parasito que vive a expensas de otro, en ese caso de la caridad pública.

En República Dominicana la caridad publica se instrumentaliza a favor de quienes detenten el poder en un momento. La coyuntura global que padece la humanidad pone de manifiesto la fragilidad de la vida para unos, las burbujas propagandísticas que se crean, los tormentos psicológicos que pueden padecer otro. La revolución tecnológica ha propiciado una democratización de la información, pero ha creado la posibilidad de la manipulación masiva de amplios segmentos de la población. Una especulación es asumida como verdad, una conjetura es establecida como una certeza. Todo está influenciado en los estados emocionales, anímicos de la población. En 1998, luego del paso devastador huracán Georges, alguien propagó la voz en Santo Domingo, de que se aproximaba un maremoto, la ciudad fue abandonada por una parte considerable de la población. La ignorancia, el pánico, la desinformación se apoderaron de la gente. Algo parecido ha ocurrido el pasado lunes, se propago un falso mensaje de que cerrarían los bancos y supermercados.

La avalancha humana irracional aún no termina. Pero donde concurren los pobres, quienes no tienen depósitos bancarios, quienes viven del día, quienes tienen las calles para encontrar la forma de la sobrevivencia. El antropólogo norteamericano Oscar Lewis hizo diversos estudios acerca de lo que denominó “La cultura de la pobreza”. Su trabajo de campo lo realizo en zonas marginales de Estado s Unidos, México y Perú. Para Lewis quienes viven la cultura de la pobreza son personas que rechazan la convivencia, los movimientos sociales, viven del día a día.

El covid-19 ha desnudado la sociedad dominicana, ha puesto de manifiesto los niveles de pobreza y marginalidad, ha evidenciado el fracaso del asistencialismo público. Los excluidos de los barrios y campos no tienen internet, usan celulares, pero adolecen de los recursos para encarar cualquier situación crítica, tampoco tienen la conciencia y la educación que permita interpretar o comprender el riesgo de los problemas ambientales, biológicos o propiamente humanos. La población carenciada de República Dominicana ha tomado el problema a manera de juego, chercha, la indigencia proverbial en lo social, económico, político y cultural de un segmento importante de la población dominicana lo hace presa fácil de la desesperación, de la ausencia de informaciones correctas acerca de cómo ver o enfrentar el problema. La situación sanitaria está más allá de las posibilidades de las autoridades, así como los grupos empresariales que han vivido a expensas del Estado y que se muestran indiferentes a las secuelas del problema que ha puesto de rodilla a la sociedad global y que amenaza a sociedades frágiles y anómicas como la dominicana.

El impacto del covid-19 es presentado como un problema a la crisis cíclica del capitalismo, han aparecido muchos disecadores de teorías sociales, se esgrime todo tipo de argumento ya sea psicológico, sociológico, emocional y económico. Algunos aparecen como los apologistas del miedo, otros como los apocalípticos que anuncian el fin de la historia y el último hombre como dijo Fukuyama hacia 1990, después de la crisis de socialismo y la europea del Este. También están los escépticos, quienes no encuentran salida posible, quienes entienden que el ajedrez político global y una nueva lucha imperial por el dominico de mercados y pueblos son factores que inciden en la situación actual que ha generado una parálisis global y cuyas consecuencias son incalculables hasta ahora.

En fin, más allá de los problemas reales generados por la pandemia existen muchas voces agoreras encaminadas a generar el desconcierto, la incertidumbre, miedo. Mientras se anuncia el Armagedón, se propaga la mega catástrofe, los pobres e indigentes agonizan en cualquier calle del mundo, en cualquier casa, en cualquier campo la indigencia y la inopia son la gran cuarentena de una parte significativa de la población. En 1998, en el marco de los tratados de libre comercio, el (CELAM) Conferencia del Episcopado Latinoamericano se preguntaba “¿Dónde dormirán los pobres en el mundo de la globalización?”, no tienen techo, cama, pan, pero existen y aunque organismos como el BM, BID o CEPAL hacen mea culpa   buscando el origen de la pobreza no logran establecer la naturaleza expoliadora de un sistema que poco le importa la dignidad humana. La bio política como diría M. Foucault en algún momento promueve el control de grupos elites que, a través de la manipulación mediática, el control social, estratificación social, la tecno burocracia, así como el patriarcado de las redes sociales. Hacia 1990, G. Sartori hablo de sociedad teledirigida y agregamos tele controlada. La aldea global ha sido pensada para doblegar los seres humanos y colocarlos como piezas sencillas de un sistema omnímodo. Pobreza, indigencia e inopia representan la gran cuarentena diaria de millones de seres humanos en el mundo.

El autor es Dr. en educación. 


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