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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


La muerte de Henry Ely enluta el canto lírico


  • 15.03.2021 - 12:00 am

«La reacción de la gente la primera vez que ve una ópera es espectacular, o les encanta o les horroriza. Si les encanta es para siempre, y si no pueden aprender a apreciarla, pero nunca les niega el corazón.» Richard Tiffani Gere 

Me detuve por un instante a observar desde el balcón del apartamento donde vivo en Santiago de los Caballeros la luz brillante del sol y en la plenitud de la luz evoqué el poema de Pablo Neruda al sol y me dije abstraído por la diafanidad del astro, al  igual que el poeta chileno: «Yo soy el hombre luz, con tanta rosa, con tanta claridad destinada que llegaré a morirme de fulgor».

Entonces reflexioné. Cerré mis ojos, como quien desea hacer un viaje a lo indefinido y encontrarme tal vez en medio del bosque del rey, el que según Nehemías, copero del rey Artajerjes, dio la madera para hacer las puertas de la fortaleza que está junto al templo y que el rey concedió porque la mano bondadosa de Dios estaba sobre él. 

Abrí lentamente mis  ojos y me sorprendí al observar en el macetero una rosa roja de los milagros que recién se entreabría y figuré inmediatamente la presencia de Dios que se me revelaba en una especie de martirologio. La flor estaba en las manos de Nuestra Señora de la Altagracia. Me aparto lentamente del balcón, consternado por lo que se me había manifestado.

No sé por qué se me había revelado a plena luz del sol cuando sucedió el día aquella rosa roja de los milagros. Lo único que se me ocurrió fue sentarme en el sofá y mientras descansaba en silencio pensaba y pensaba profundo en aquel hecho. Y me puse a meditar, una y otra vez. Me pregunté a mí mismo: «¿Será, quizá, que Dios quiere comunicarme algún acontecimiento inesperado a través de una visión o de susurros espirituales por medio del Espíritu Santo?»

Mi impresión estaba en la religiosidad de mi alma, sin embargo, yo estaba fuerte. Enciendo el televisor y es cuando escucho: «Ha muerto hoy domingo de COVID-19 el tenor dominicano Henry Ely». Seguidamente me hundí en un silencio triste. Casi me desintegro. Y me dije, un tanto incrédulo: «¡No puede ser que Henry haya fallecido!» Era tal vez esta muerte la que Dios quería comunicarme a través del Espíritu Santo. 

Mi mente regresó a mi pasado de estudiante en Santiago. Vi a Hipólito Mejía, a Daladier Cabral, José Rafael Haddad, Altagracita Balcácer, Elías Jiménez, Teresita Gómez Pepín, a Dájer, Nicolás Benedicto, Nicolás Gómez, Norma de Dalmau y otros pidiéndoles a los profesores que fuera Henry o Leo Pichardo los que nos representaran cantando bellas canciones. Y, doña Blanca Mascaró impidiéndole la entrada a Henry porque siempre llegaba tarde a la escuela México. Y, nosotros les rogábamos a doña Blanca que lo dejara entrar pues él venia de lejos.

Henry Ely era el cantante preferido de nuestra profesora Altagracia Iglesias (doña Tata), la madre de Huchi y de Piquitina Lora. Lo recuerdo como si fuera hoy mismo. 

La muerte de Henry ha sumergido hasta la aflicción al pueblo de Santiago, sobre todo a quienes compartimos con él sus mejores momentos de juventud, especialmente cuando Santiago era otra ciudad. De jóvenes que en aquella época nos tratábamos todos como verdaderos hermanos.

Vimos y oímos a Henry en distintos momentos cantar en latín en la iglesia mayor de Santiago el Ave María, de Charles Gounod y música de Johann Sebastian Bach, el réquiem en re menor de Mozart, Misa Solemne y Canción de Penitencia, de Beethoven.

La grandeza de Henry Ely como tenor viene del Teatro alla Scala, de Milán, Italia, fundado en 1778; uno de los teatros de óperas y de ballet más famosos del mundo. Para su graduación en la Scala participó como tenor en la opera Templario, de Otto Nicolai; Otello, de  Giuseppe Verdi; Mefistófeles, del poeta Arrigo Boito, entre otras óperas. Paz a su alma.


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