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Hna. Verónica De Sousa

Hna. Verónica De Sousa


La familia, escuela de fe


  • 18.11.2019 - 05:49 pm

En la evolución del ser humano, hay algo asombroso: la evolución biológica hizo que nuestra especie reorganizara su forma de vida. Los bebés humanos eran los más frágiles de cualquier especie. Dependían totalmente de sus adultos. Así que el grupo humano decidió organizarse en función de sus crías, de manera que estas pudieran crecer y desarrollarse, y asegurar la pervivencia de la especie. Esto sucedió en todos los lugares y en todas las razas. Nació así la institución más antigua del mundo: la familia.

Por eso, no es de extrañar que la Biblia comience narrando la historia de una pareja destinada a construir familia. Recorrer el libro santo es encontrarse con innumerables familias e, incluso, descubrir que los pueblos están llamados a ser una familia (cf. 1Cro 16,28).

En la Biblia, la familia es imagen de la Alianza con el Señor. Ciertamente, la familia bíblica es patriarcal: el hombre la representa en sus relaciones externas. Pero al interno era la madre quien transmitía la fe. Los ritos de sus fiestas son no solo preparados por la madre sino que ella misma incorpora a las celebraciones a los hijos, comenzando por el más pequeño, y al esposo, explicando inclusive el sentido de cada gesto: encender las velas, reunirse alrededor de la mesa… El primer testimonio de la Ley (Torá) no es el ético, sino el de padres hacia sus hijos: “... para que puedas contarle a tu hijo y al hijo de tu hijo cómo traté a los egipcios y las señales que hice entre ellos, para que sepas que yo soy el Señor” (Ex 10, 2). Aún ahora, el pentecostés sinaítico todavía se celebra en la tradición judía como un “pacto nupcial”: la Torá, en esta ocasión, se llama “ketubbah”, que es "compromiso de alianza/boda". Es el mismo nombre utilizado para indicar el documento religioso que atestigua el matrimonio entre un hombre y una mujer, un gesto que expresa la reciprocidad del amor humano incluido a partir de su raíz trascendente y, por lo tanto, definido como “qiddushin”, que es la consagración o dedicación capaz de hacer presente a Dios a través de relaciones auténticas.

Resalto estas cosas en conexión con ese gran testimonio que da la Iglesia católica en la caminata llamada “Un paso por mi familia”. Este año, su lema es “Iluminados por la Palabra de Dios”. La familia sigue siendo el lugar donde somos educados en la fe, en ella experimentamos la cercanía de Dios en los gestos de solidaridad, ternura y compromiso de sus miembros, donde la reciprocidad del amor humano hace presente a Dios a través de relaciones auténticas y gratuitas. El mundo necesita urgentemente familias cristianas, hogares que expresen el cuidado premuroso de Dios y que sean escuelas verdaderas de una fe que es relación: donde no solo se cree en Dios sino, quizá sobre todo, en los demás. Pienso que ese es el paso que muchos deberán dar, este año, por su familia. Porque, parafraseando a san Juan (cf. 1Jn 4,20): ¿Cómo puedes afirmar que crees en Dios si no crees en el hermano?


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