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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


La falacia de la confirmación


  • 10.02.2020 - 12:00 am

En el mundo posmoderno de hoy abundan las falacias de todo tipo.  En el mundo antiguo también hubo falacias, aunque no tantas como las hay ahora al abrigo de la posmodernidad. 

A pesar de que la gente común cree que cuando un político asemántico dirigente del Falpo  declara en un medio de comunicación, por ejemplo, “Lo dicho por la Policía de que nuestro dirigente Fulano de Tal es el responsable de haber atacado con tiros a una patrulla de esa institución, es una falacia”, está diciendo algo categórico, la verdad es que el sujeto usó el término “falacia” porque lo encontró bonito, no porque supiera exactamente lo que quiso decir. Falacia no es más que un razonamiento o argumento engañoso o confuso, pero que parece justo y racional, hecho sobre cualquier asunto  o tema. 

Durante los periodos electorales, como el que actualmente está llevándose  a cabo en nuestro país, es común que los congresistas, alcaldes y gobernantes que aspiran reelegirse en sus cargos, recurran al tipo de falacia más conocida en la actividad política: la demagogia. Pero no voy a referirme a ella por estar demasiado manoseada; me limitaré a comentar otra falacia menos conocida por el público general, pero no menos sutil, aunque es casi tan frecuente como la “demagogia”. Esta es la llamada falacia de la “confirmación”. 

¿En qué consiste dicha falacia? Para que resulte fácil de ser comprendida por  cualquier lector, pongo un ejemplo mediante una pregunta: ¿Qué es más fácil para convencer a alguien de que usted es una persona buena y generosa, decirle “mira todo lo que he hecho para ti” o “mira todo lo que he evitado que te pase a ti? Observe el lector que no hay que ser un listillo para darse cuenta que una persona común atenderá de inmediato a la primera propuesta y no a la segunda porque ésta segunda parte no la entiende como un beneficio personal e individual directo, visible y tangible mientras que la primera sí la comprende como tal. Es decir, la persona simple tiene al alcance de su vista aquello que le han dicho que “fue hecho para ti”. Al escuchar lo que han hecho para ella, confirma su creencia o el deseo que tuvo de que “todo aquello fuera para ella”. Esa es la razón por la que la falacia de “confirmación” resulta tan útil para los candidatos presidenciales que aspiran reelegirse. 

Las aspiraciones o deseos de lograr ciertas cosas por parte de algunas personas, el candidato en reelección les da la confirmación de que ya esas aspiraciones o deseos fueron  satisfechos y que lo poco que por satisfacer, lo obtendrán en el siguiente periodo de gobierno sin la menor duda. 

Pero vayámonos al momento actual. El presidente Medina no es el candidato presidencial del PLD, pero él ha salido a hacerles creer a los votantes que Gonzalo Castillo es una extensión de él, es decir, un doble de Danilo Medina. Ahora confieso que jamás pasó por mi mente que el compañero Medina, una vez convertido en presidente de la República, sería capaz de  valerse de un falsa “filantropía” como medio de permanecer en el poder aunque sea  a través de un “doble” semejante a cualquier doble de los utilizados para filmar las escenas peligrosas de una película. Pues las llamadas visitas “sorpresa”, las reinauguraciones y la campaña electoral son llevadas a cabo, no como una acción propia de un Gobierno en ejercicio, sino como si fueran una demostración sincera de hasta dónde llega la generosidad personal del presidente dando a entender que si la gente no votara por su reelección montada sobre el candidato que hace su “doblaje” es porque somos gente mal agradecida. 

El economista autodidacta francés del siglo 19, Federico Bastiat, dice en su obra más conocida en la RD,  titulada Lo que se ve y lo que no se ve, que muchos gobernantes acostumbran defender y alabar sus propias acciones de gobernante como dignas de admirar por todos como si esas obras fueron  posibles gracias al dinero que ahorró tras  ganárselo  “con el sudor de su frente”. Pero que sin embargo, dejan ocultas intencionalmente aquellas acciones que debió haberlas ejecutado y no hizo aunque la gente no las reclamara por no ver su necesidad  pero que en los años siguientes todos verían claramente cuan necesarias y útiles serían. 

Por ejemplo, el presidente sabe que la criminalidad sigue creciendo logarítmicamente, sin embargo, aún no toma la decisión de poner en marcha una intervención progresiva dirigida a atacar la raíz del mal, la pobre estructura y estabilidad de la familia, pero  ha gastado miles de millones de pesos en promover y sostener el Programa 911. No quiero decir que el 911 sea innecesario, lo que estoy diciendo es que el Gobierno fijó su prioridad en él y no en el crimen y la delincuencia porque quien utiliza el 911 un día de enfermedad súbita, recibe un beneficio directo y personal y pudo evitar su posible muerte, en tanto que una intervención bien estructurada contra el alto índice de crímenes y delincuencia va en beneficio de toda la sociedad y ese beneficio es invisible y anónimo, no es personal a pesar de que cada año son asesinadas, asaltadas o atacadas sexualmente miles de personas. Es como si se pensara que estas víctimas son solo estadísticas, y como dijera Stalin, “una muerte es una tragedia para una familia, pero mil o dos mil muertes por asesinato o un millón de actos criminales, son solo estadísticas y éstas pueden callarse o manejarse” 


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