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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


La educación sobre deudas debe iniciarse en casa y en la escuela


  • 20.01.2019 - 04:43 pm

Llevo 50 años publicando artículos en distintos diarios y exponiendo charlas y comentarios en clubes, escuelas, cuarteles de policías e iglesias, empresas,  hospitales; también en radioemisoras, canales de televisión  y enramadas de campos, todos dirigidos a orientar y educar al público. Jamás he recibido un centavo por esa labor de educación y orientación.  Mi primer artículo fue publicado en el Listín Diario, en el cual detallé cómo empezó el beso entre los humanos de  la Antigüedad, cómo el beso entre amantes se convirtió en una práctica cargada de erotismo y las distintas maneras de besar que existen  en el mundo.
   
Inicié  espontáneamente dicha labor porque durante el bachillerato al estudiar mi libro de texto “Introducción a la Psicología”, caí en cuenta que ésta se dedicaba al estudio sistemático de la conducta, la toma de decisiones, buenas o malas, y los gustos y preferencias de los humanos.  Aquella vez también descubrí, que “quien por gusto muere, hasta la muerte le sabe muy buena”.  
   
Con los años, y observando cómo se comporta la gente cuando quiere comprar comida, ropa o un carro, aprendí a agilizar la comprensión de por qué compramos mercancías por encima de su precio nominal o tenemos cinco y hasta diez tarjetas de crédito, por qué cuando tomamos prestado a un banco o  un prestamista cualquiera no averiguamos mucho acerca de la tasa de interés o el pago por atraso en las amortizaciones, y menos prestamos atención a lo que nos piden como garantía del préstamo.
   
Muy pocos dominicanos se alarman ante el exagerado precio de un artículo que le gusta si le basta una tarjeta de crédito para comprarlo. Es decir, pensamos que comprar lo que nos gusta, por costoso que sea,  con un pedacito de plástico rectangular, es un verdadero  “ñame”. Es como decía el padre Santelises, el cura de mi pueblo allá por 1952: “Bruto sería yo si dejo de gozarme una buena hembra después de saber que solo tengo que confesar mi pecado a otro cura”.
    
La gente no percibe que si hay una disminución de la economía, el porcentaje de ocupación de los hoteles de Punta Cana, Puerto Plata o Samaná bajará hasta a un 30  o 40% y por tanto tendrán que bajar los precios de la estadía porque perderían muchos millones de pesos si pasaran seis meses con tan bajo porcentaje de habitaciones ocupadas por huéspedes. Pero ¿qué hace la gente? ¡Jamás averigua qué porcentaje de ocupación tienen aquellos hoteles antes de hacer una reservación por tres o cuatro días! Se piensa que para qué fuñir con eso si lo pagará con un “tarjetazo”. Así, esos hoteles nunca bajan los costes a los clientes, sino que los suben aunque haya crisis.
    
Ese disparatado razonamiento de la gente de que “eso se paga poco a poco”, impide darse cuenta que la mente humana rara vez se anticipa al arrepentimiento de haber tomado una decisión pesarosa y perjudicial.

Los bancos dominicanos respaldan hoy  a un millón cuatrocientas mil tarjetas de crédito. El interés que cobran por su uso oscila entre un 5 y 7%, y mientras menos el usuario le abona cada mes a lo que cogió fiao con ella, peor para él porque los intereses crecen más que los espaguetis milano. Como le dicen que solo tiene que abonar unos pesitos cada mes, por ejemplo, que si debe ocho mil pesos, apenas debe abonar seiscientos, pues la gente los abona muy satisfecha y se va del banco diciendo: “La verdad es que esto es la mejor ñonguita que se han inventado. Óigame, quien no tenga una tarjeta para comprar fiao debería caer preso ya”.
   
Irónicamente, sin embargo, caen presos aquellos que en vez de una tarjeta tienen tres y hasta cinco de estas para poder engañarse a sí mismos al creer que pueden consumir cinco  veces más de lo que producen mensualmente porque aunque deba muchísimo conque abone un chin de cuarto cada mes es suficiente y puede seguir gastando.

Nuestra mente nos traicionan cuando pensamos que debemos sentirnos dichosos de que alguien que no nos conoce como los banqueros o conocidos,  nos presten dinero aunque sea bajo determinadas condiciones. Psicológicamente, ese extraño entusiasmo se basa en que los humanos, frecuentemente, partimos de la falsa creencia de que somos tan buenas personas que sería difícil que los demás nos castiguen por un mal comportamiento como seria no pagar una deuda.  
   
Dado que  desconocía las consecuencias legales del incumplimiento del pago de una deuda, consulté con mi caro amigo  Carlos Hidaldo, abogado experto en asuntos de cobro de deudas personales o comerciales y me señaló lo siguiente:
“Amigo, doctor Mendoza: Miles de deudores no saben que existe lo que se llama ‘el derecho de agresión del acreedor’, que  faculta a éste último  a pedir judicialmente la afectación de los bienes embargables de su deudor. Incluso en la antigüedad el deudor que no pagaba a tiempo podía ser esclavizado por su acreedor, y aún después de la caída del Imperio romano, el deudor iba a prisión dependiendo del apremio de su acreedor. El artículo 2093 de nuestro Código Civil, establece: Los bienes del deudor son la prenda común de sus acreedores…..”   
   
Llamo la atención sobre estos asuntos tan primarios, porque observo en la sociedad demasiado entusiasmo y desenfreno de miles de ciudadanos por contraer deudas que no pueden pagar, y hay deudores que matan o pagan para matar a su acreedor porque los muertos son tan generosos que olvidan para siempre a sus deudores.
   
No tenga más de una tarjeta y tampoco consuma más del 75% de la cantidad que ella le permite comprar, pues a pesar de que el crédito es el motor del capitalismo, éste siempre ha sido salvaje. Los padres y los maestros deben enseñar estas cosas a sus hijos y alumnos.

El autor es Psicoterapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa
 

 
 



                                       
 

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