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Ramón E. Durán

Ramón E. Durán


La ambición de poder es peligrosa


  • 30.11.2019 - 12:00 am

La ambición de  mantenerse gobernando más allá de lo que establecen las leyes   no es buena decisión, porque puede provocar  un final catastrófico, tenemos ejemplos de gobernantes que han tenidos  que abandonar el poder  de manera abrupta porque  la gente se cansa de los mismos   y ahí está lo  ocurrido recientemente en Bolivia como el mejor ejemplo  de lo que estamos señalando.

Aunque  es innegable que  Evo Morales   hizo un buen gobierno,  donde según los entendidos  la  economía fue la que más creció de manera sostenible en Suramérica y haber ganado    las primeras elecciones convincentemente, luego de permanecer 13 años, 9 meses y 18 días en el poder, la mayoría de la población le dio la espalda.  

El pueblo se cansó retirándole ese amplio apoyo del que disfrutó en sus primeros años de gobierno,  presionado  por amplios sectores de  la sociedad civil  boliviana, el empresariado,  la   Iglesia  Católica y  la  cúpula militar,  Evo  fue víctima de un ´´golpe de estado técnico´´, porque tuvo que  renunciar en contra de su deseo, aunque  tuvo la oportunidad de terminar sus años de mandato con mas dignidad. 

Evo Morales   trató de seguir gobernando imponiéndose a través de reformas a la constitución,  que es lo que acostumbran los que pretender perpetuarse en el poder. Algo similar sucedió en nuestro  país donde   el Presidente  Danilo Medina   al no poderse reelegir  trata  de   convertirse en el poder detrás del trono  lo que   ha provocado  la división del partido oficial,   con la posibilidad de quedar fuera del poder  en las elecciones del 2020, y hasta él mismo  y muchos de sus colaboradores terminar  sus días en la cárcel.  

En la dictadura   de Rafael Leónidas  Trujillo era muy frecuente escuchar en la emisora oficial la siguiente advertencia:  ´´cuando le  corten la barba a tu vecino, pon la tuya en remojo´´, queriendo señalar   cuál  sería  el próximo,  y posiblemente más tarde que temprano  los próximos en caer serán   Nicolás Maduro, en Venezuela,  Daniel Ortega,  Nicaragua y Jovenel Moises,  Haití. 

Estos gobernantes    podrían terminar, en la cárcel o el exilio, como  Evo Morales. En las elecciones del pasado 20 de octubre los  bolivianos  votaron por el cambio,  aquí,   19 años después también  queremos cambios  ya que muchos    de  nosotros  recordamos la     dictadura  que gobernó el país  por 31 años, pero gracias  a un grupo  de hombres valientes, un 30 de mayo del año 1961   pudimos respirar   aires de libertad.  

En Panamá  el general Manuel Antonio Noriega Moreno  se aferró al poder y teniendo la oportunidad de negociar su salida  y disfrutar de sus millones en el mejor  lugar del mundo, fuerzas militares estadounidense invadieron el país, se   lo  llevaron prisionero   y años después  fue    repatriado  al istmo   donde murió a la edad de 83 años,  privado de su libertad. El trágico final  de Trujillo y Noriega   son de los tantos casos que  podemos  citar.

Quizás la situación de Cuba es la excepción, porque a pesar de que   en la isla   impera un gobierno de fuerza  donde  no existe  el pluralismo de ideas,    dentro de las limitaciones generadas  por el   bloqueo económico  impuesto sin ninguna justificación  por  la potencia más grande del mundo,   la población tiene garantizada  lo  más importantes servicios que requieren los ciudadanos de una nación como la alimentación,  salud, educación, vivienda y seguridad ciudadana.

Además los que nacieron  después de la revolución, que son  la mayoría en Cuba,   no conocen otro  sistema político y económico diferente por lo que no  les interesa    hablar de política   sino    de la solución de sus problemas inmediatos.

Esperamos que lo sucedido en Bolivia sirva de ejemplo   para los que  aspiran mantenerse en el poder en contra de los deseos de su  pueblo,   pues vivimos otros tiempos, ya que   la era de las dictaduras  terminó. 

Todo el que pretenda eternizarse en el poder político,  más tarde que temprano  los pueblos se le revelarán y lo harán caer, porque el continuismo  es dañino y contrario a una  sana democracia.  Nadie puede imponerse en contra de la voluntad soberana de la mayoría, porque democracia significa  poder del pueblo.


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