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Miuris (Nurys) Rivas

Miuris (Nurys) Rivas


Juana Grullón Viuda Nicasio


  • 17.12.2019 - 12:00 am

La Navidad es la época en que cerca o lejos, el corazón evoca a aquellos que ama, personalmente no preciso de esta época para aquilatar el amor que siento por los míos, es cierto no obstante, que estos días somos más sensibles a los afectos, sintiéndonos proclives a recordar.

Mis letras  de hoy son un reclamo del corazón que van directo a una de esos afectos entrañables que la vida nos regala.

Se trata de doña Juana Grullón viuda Nicasio, a quien conocí precisamente por medio de esta misma columna escrita hace varios años.

En noviembre pasado, doña Juana  cumplió 103 años de vida y cualquier cosa que yo diga se queda corta ante este monumento de mujer, madre, tía, hermana, en ella cabe todo el amor para dar sin límites.

Todavía recuerdo el día que fue a conocerme al Archivo Histórico de Santiago, donde yo desempeñaba el rol de encargada de la difusión cultural de la institución, iba acompañada de su hija Ilonka, llevándome de obsequio una bufanda que aún conservo.

A partir de ese día doña Juana empezó a ser una especie de madre postiza, consejera, elocuente en sus charlas, dadora de sonrisa y esperanzas, le llevé de regalo de regreso de mi primer viaje a España, una imagen de la virgen de Monserrat que colocó en su altar  y a partir de entonces, cada día me nombraba en sus oraciones, confío en que continúe haciéndolo.

Conocí a muchos miembros de su familia, su hermana Yolanda, sus adorados sobrinos, sus hijos Ilonka y Pedrito, a todos me presentaba como un valioso trofeo de amistad y yo me sentía orgullosa de haber despertado tal afecto en tan noble señora.

La visitaba en su casa de Los Jardines y luego en Oquet, pocas veces en la vida podemos encontrarnos con personas de tan profunda categoría humana, me sorprendió su personalidad alegre, su siempre cuidado aspecto y su elegancia que conserva a pesar de su edad.

Volví a verla la última vez que estuve en el país hace más de un año, la visité en Villa Olga en casa de su hijo Nelson, estuvimos conversando y exceptuando algunos problemas de su audición, me llevé la sensación al despedirme, de que era yo y no ella, la portadora de unos años que la igualaban a mi madre en edad.

Hasta siempre mi querida doña Juana, prometo visitarla de nuevo, ese abrazo nos lo daremos, yo pondré el vino y usted me guardará la cervecita bien fría.

Con mi especial manera de comunicarme con Dios, pido salud para usted, sin duda El a sabiendas de que se trata de usted que es su buena amiga, escuchará mi súplica.

   


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