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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


Jorge Severino vistió la patria de colores


  • 18.05.2020 - 12:00 am

A los artistas de la plásticas Ada Balcacer, Dionisio Blanco, Hugo Mata, Antonio Guadalupe, Emma Comprés, Elsa Nuñez José Adriel Lizardo.

«El ojo recibe de la belleza pintada el mismo placer que de la belleza real.» Leonardo Da Vinci

Aquella tarde la mar crepitaba como el ulular de un bestia enfadada. El cielo sobre la mar había perdido su color azul; debajo unas nubes desplegaban un color grisáceo que anunciaba tempestad. Un balandro amarrado en el espigón del viejo muelle se oía gruñir con cada embestida de las olas embravecidas que golpeaban con furia aquel cascarón de velero.

Las corroídas maderas del viejo desembarcadero habían adquirido un tono mohíno; la primera nave que se amarró en aquel muelle llevaba en su proa el emblema del rey de España y la imagen de una diosa parecida a aquellas mujeres de las leyendas de Bécquer.

Un viento marino humedecido y suave con olor a azufre soplaba la costa, del mar a la tierra por el día  y de la tierra al mar por la noche. La atlántica brisa columpiaba las palmeras a todo lo largo del litoral.

En la ribera un hombre con sus pantalones blancos recogido hasta las rodillas, con su camisa abierta y un caballete de trípode de madera daban la señal que se trataba de un artista  se la pintura. Estaba allí tratando de expresar con su mágico pincel las burbujeantes olas de unas aguas que iban y venir besando la playa dulcemente como el amor que se va y vuelve a los labios de su Atlántida novia.

Una bandada de gaviotas son captadas por el pincel del artista volando y destilando amor sobre la cresta de la oleada; mientras cantaban rodeadas de silencio y de amor, el corazón de aquel pintor se conmueve con el aleteo de las aves. Y se pregunta: ¿Son aquellas las gaviotas de Juan Bosch o la de Silvio Rodríguez?

Los ojos retozones  y complacientes del pintor miran el lienzo y al alzar su vista observa fascinado el cascarón del velero que estaba amarado en el espigón y lo ve navegando y en su casco lleva el escudo del rey español y en el mástil una bandera con los colores de la patria flameando libre.

El artista sonríe y le parece ver a Juan Lockward sentado en aquel farallón cantando con su media voz Poza del Castillo. Contempla su pintura y suspira: !Oh, Puerto Plata...mi pueblito encantado/mi sueño dorado/por siempre será.

Las tonalidades de sus cuadros revelan hermosamente en una acuarela los colores y los años risueños y juveniles de Puerto Plata que se escondieron como un caracol.

Me aproximo al bello litoral y desde la lejanía contemplo al pintor con su maravilloso pincel haciendo trazos sobre la tela. Y de pronto identifico aquella alegre mañana la personalidad virtuosa y me digo: !Es Jorge Severino, si es él mismo en persona!

A su lado con rostros complacidos simulo a los artistas Rafael Arzeno Tavarez y Jaime Colson llevando en sus manos una pintura de Jorge Severino, se titula: La oración. Esta pintura del conspicuo artista de la plástica puertoplateño es una alegoría a su maestría y a su gran talento artístico. Puerto Plata y el país lloran con tristeza su muerte.


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