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Redacción

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Interés por la política


  • 06.02.2020 - 12:00 am

La intensa campaña electoral pone de relieve el alto interés que despierta la política en ciertos segmentos de la población, que se sienten atraídos por las oportunidades que le ofrece la actividad, especialmente si se accede a una posición pública. Se multiplican los que aspiran a una posición pública o a integrarse a programas del Estado mediante los cuales se logran beneficios o canonjías que se traducen en “progreso”.

¿Cómo se ha fomentado este interés que despierta la política en la población? En primer lugar en la fase en que se encuentra el país insertado en el marco internacional, la política se ha transformado de una vocación de servicio por el bien común, en una oportunidad de negocio y de inversión que determina las posibilidades de movilidad social ascendente, de modo que a través de la política muchos ven la posibilidad de “progresar” que quiere decir, ascender de una clase baja, por ejemplo, a una clase media y de una posición de clase media ascender a una posición de clase alta con vocación de oligarca.

Esas funciones de la política han hecho que, personas que se desempeñan como artistas, comunicadores, animadores, “megadivas”, “riferos”, gasolineros, “banqueteros”, “deelers”, profesionales de la abogacía, medicina, ingeniería y de otras ciencias sociales, y administrativas, además de gente común, motivados todos por sus seguidores que operan como clientelas, se encuentren motivadas a lanzarse en la búsqueda de los diversos cargos públicos por designación o por elección, sin considerar o respetar el hecho de que para ejercer la política se requiere de una motivación y formación especializada en el manejo de los asuntos propios del Estado.

Esa tendencia que define el nuevo perfil del político, es estimulada por el nuevo estilo de vida de la gente común, hoy día caracterizado por el individualismo, el afán de riquezas fáciles, el consumismo, el pragmatismo y el oportunismo, distorsiones de la conducta que soslayan los valores de la eficiencia, la licitud y la ética, despojándolas de la política, con lo cual se fomenta la descomposición social y moral, que a su vez provoca el estado delincuencial que predomina en la política y que se manifiesta en la inseguridad ciudadana, a causa de la criminalidad y la delincuencia imperantes, conjuntamente con la corrupción y la impunidad, donde no hay justicia ni control social.

Todas esas desviaciones y el sistema de valores imperantes que giran en torno al “dinero” como centro de todo éxito, provienen de una doctrina e ideología que pregonan y se satisfacen con resaltar el reino del “libre mercado”, el cual en su versión extrema del neoliberalismo promueve una economía y una sociedad desreguladas que favorecen una conducta “líquida” o ligera o difusa, generadoras de incertidumbres e imprevisiones, las cuales se asocian al sistema de antivalores que ha traído consigo el neoliberalismo.

En ese contexto no solo florece el interés enfermizo por la política desnaturalizada, sino que se disuelven los valores y principios que le dieron origen a la democracia como un régimen político fundado en un actor con vocación por el bien común y con una formación especializada que le permita operar dentro del Estado con dominio y sabiduría.

¡El gran interés en la política desnaturalizada deviene, pues, en una perversión!


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