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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


¡Habemus presidente!


  • 13.07.2020 - 12:00 am

 En los negocios como en la política tú no obtienes lo que merece, obtienes lo que negocias.

Durante los meses previos a las elecciones presidenciales y congresuales el país vivió un estado de desasosiego que alteró el carácter de la población, pero al parecer nunca afectó su estabilidad emocional, a juzgar por la decisión tomada en las urnas que favoreció al candidato presidencial por el Partido Revolucionario Moderno (PRM) Luis Rodolfo Abinader Corona.

Ciertamente hubo nerviosismo e incertidumbre pero fue a su causa de la sorpresiva aparición del coronavirus. Esos dos hechos concurrentemente tienden a crear grandes tensiones en el seno de cualquier sociedad, a tal grado que las personas lucen espiritualmente afectadas, y no era para menos, debido al estado de excepción que ha causado la pandemia que demanda aislamiento total a manera de evitar la contaminación.

Cada vez que se presenta la necesidad constitucional de tener que votar en una contienda electoral en la que está en juego lo más sagrado que tiene un país, como es su tranquilidad y sus desarrollos personales o colectivos, ese simple hecho genera estrés en las sociedades. Sin embargo, fue notorio en los ciudadanos dominicanos que en la medida que se acercaban los días de sufragar la gente mostraba un espíritu reposado, lo cual daba a entender que en el ánimo de los ciudadanos se percibía una quietud de la consciencia que ayudó su decisión de salir a votar.

Debemos saber que los procesos predominados por grandes emociones, como es elegir y ser elegido, deben analizarse como algo que altera y trastorna la mente, como es la pasión, que es un estado mental que envuelve mucha excitación por el carácter afectivo que se presenta repentinamente en el individuo en forma de crisis de mayor o menor intensidad y duración.

A pesar de las anteriores conmociones humanas, como es elegir y ser elegido, como lo acabo de expresar en los párrafos que anteceden, no se desbordaron las pasiones y las elecciones  de este 2020 se desarrollaron en completa calma, salvo algunos que otras riñas, aquí y allá, que tuvieron escasas consecuencias sociales y que no perturbaron en nada el proceso electoral felizmente transcurrido.

Hoy el país ha elegido y tiene su presidente constitucional, los diputados y senadores que integrarán las cámaras legislativas también han sido elegidos. 

Yéndome al campo de las religiones podría aplicársele a la Junta Central Electoral la famosa frase que suele decir el cardenal protodiácono encargado de pronunciar desde la basílica de San Pedro las siguientes palabras: ¡Habemus Papam! En la República Dominicana la JCE dijo oronda en vos de su presidente: ¡Habemus presidente! como le corresponde proclamar luego de un exitoso y ejemplar certamen electoral.

La decisión juiciosa en el pueblo dominicano se puso de manifiesto una vez más el 5 de julio desafiando todos los contratiempos que se habían presagiado dentro del entusiasmo de los simpatizantes más fascinados de todos los partidos políticos.

Frente a este hermoso triunfo de la democracia electoral nos vemos obligados a felicitar, primeramente, al pueblo dominicano por exhibir un comportamiento cívico y, a la JCE, por haber organizado en tan poco tiempo y bajo todas clases de apremios técnicos en los que no faltó la pobreza de confiabilidad y los acosamientos psicológicos que recibieron los magistrados de la Junta provenientes de algunos sectores sociales y políticos enfermizos. A pesar de los acosamientos psicológicos se logró organizar unas elecciones dignas de ser tomadas de modelo en América Latina.

Finalizados los comicios del 2020 el pueblo dominicano debe rodear al presidente electo, licenciado en economía Luis Abinader Corona, del necesario respaldo, alejado dicho apoyo de banderías políticas, únicamente pensando que sus decisiones buenas o perjudiciales podrían beneficiar o perjudicar a las colectividades humanas y en cuatro años el pueblo podrá castigar o coronar con su voto, negativo o positivo, su gestión gubernativa. Los contrarios del PRM, lo mismo que los iguales de este partido, deben suspender sus diferencias políticas y trabajar con entusiasmo para que el nuevo gobierno pueda apuntalar los niveles de progreso y bienestar que ha  venido ganando el pueblo dominicano.

Las contradicciones, los discursos y los artículos de carácter político de ayer que generaron la contienda electoral recientemente concluida deben cesar momentáneamente de los pulpitos políticos y de la prensa escrita, radial y televisada y concentrar aquellas inteligencias y esfuerzos en ayudar al progreso y desarrollo de la nación y a que el presidente recién electo pueda guiar con manos firmes como lo que se espera de un diestro capitán, los destinos de la nación a buen puerto, con confianza y esperanza.

Antes de cerrar este trabajo debo parafrasear a san Lucas, capitulo 2, versículos 10 y 11: «No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos: hoy os ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor». 

Apostemos a la unidad de todos los dominicanos, a la consolidación de un espíritu democrático vigoroso y de moderación de todos los actores políticos y sociales.

Permítame recordarle señor presidente electo licenciado Luis Abinader Corona en este gran final una frase del periodista y ensayista estadounidense H. L. Mencken: «Es la confianza mutua, más que el interés mutuo, la que mantiene unidos los grupos humanos». No vaya a hacer su partido lo que hizo el de la Liberación Dominicana (PLD), que a pesar de los consejos no quiso oír y se dividió porque dejaron que su «yo» de Freud lo dominara.

Alrededor suyo veo políticos frustrados que vienen de distintos partidos, principalmente del antiguo PRD, que han desarrollado una tendencia de alucinar y a tener pensamiento incoherente, una especie de delirio psicótico en el que el individuo cree cosas que no forman parte de la realidad. Sufren de un delirio que, aunque no es paranoico, surge de un conflicto psicoafectivo. Además, son individuos megalómanos, orgullosos de sí mismos, que tienen una visión optimista sobre sus propias capacidades y que parecen creerse capaces de todo y le pueden dividir su partido. Llévese de la advertencia que hace Abraham Lincoln: «Una casa dividida en contra de sí misma no puede sostenerse».


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