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Redacción

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Encuestas y pandemia


  • 29.05.2020 - 12:00 am

En medio de la pandemia del Covid cuya curva de evolución sigue todavía en ascenso, la campaña electoral ha cobrado un giro que ha hecho que las actividades proselitistas se concentren en la tarea asistencialista clientelar y en la propaganda basada en la guerra de las encuestas.

En el caso de las encuestas, las mismas se presentan de forma profusa y contradictoria en sus vaticinios. No obstante, entre todas hay encuestas consideradas muy acreditadas y merecedoras de confiabilidad. Una de esas encuestas es la de Mark Penn, la cual acaba de salir dándole a Luis Abinader 39 puntos y a Gonzalo 37 en un empate técnico, mientras que a Leonel le asigna un 10 por ciento.

Asumiendo la credibilidad de Mark Penn, pese a las observaciones al diseño muestral y el método de entrevistas vía telefónica, los resultados presentan a un Abinader en descenso y a un Gonzalo en ascenso, tendencia que de continuar así en el mes que resta de campaña, al menos le asegura a Gonzalo forzar a una segunda vuelta, en la cual incluso podría sacar la ventaja del triunfo.

Ese vuelco eventual tendría su razón de ser en el impacto de la pandemia. Ese fenómeno aleatorio ha  convertido a toda la población, incluyendo la electoral, en una realidad social caracterizada por la “indefensión” y por el “estado de necesidad”. Todos están perdiendo con la pandemia: la salud; la vida; los recursos y, con los fallecimientos, la gente querida.

De modo que la pandemia del Covid ha roto con el orden de prioridad y de necesidades que anteriormente estaba estructurado en función de la inseguridad ciudadana, la criminalidad y la delincuencia, la corrupción y la impunidad, el costo de la vida y el desempleo, entre otras prioridades que dominaron la percepción de la gente según las encuestas.     

En ese cuadro de situación, surge el Estado como la única expectativa de salvación para la gente. Y éste, a través de sus recursos financieros e institucionales, ha aprovechado el manto de la pandemia para montar una estrategia asistencialista clientelar, mediante diversas medidas y programas de socorro, que van desde los empresarios grandes, medianos, pequeños y micros, otorgándoles subsidios directos, hasta los chiriperos, la gran mayoría pobre, y los productores agrícolas para quienes se dispuso recientemente la suma de tres mil millones de pesos para aliviar su situación.

Esa labor de socorro también la vienen ejecutando el frente liderado por Gonzalo como candidato y el frente liderado por la Vicepresidenta con los programas sociales ampliados con motivo de la pandemia.  

Ante esa estrategia amparada en un largo periodo de emergencia y de toque de queda, la oposición democrática ha intentado replicar el rol asistencialista, pero en menor cuantía y en una proporción que parece correlacionarse con el avance de Gonzalo y la disminución de Luis y Leonel. 

Visto así, la estrategia de campaña del oficialismo deberá seguir tal como va, mientras que la de la oposición exige una revisión y renovación para intentar detener la tendencia actual. Más que recursos y discursos con propuestas “racionales”, se deben explorar mecanismos culturales, idiomáticos, y hasta musicales que provoquen emociones favorables que asocien e identifiquen a los candidatos opositores con la población llana.

¡La clave es la innovación y la creatividad comunicativa y emotiva!    


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