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Redacción

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Elecciones en conflicto


  • 01.07.2020 - 12:00 am

Esta última semana del proceso electoral coloca al país ante unas perspectivas con dos posibles escenarios que podrían sobrevenir pasadas las elecciones: o las elecciones transcurren en relativa calma y regularidad; o las mismas se producen en un ambiente cargado de violencia y de excesos de “agallas”, como para arrojar un estado de fuerza conducente a una fase de ingobernabilidad e inestabilidad.    

La población sensata prefiere ante esa disyuntiva el escenario que garantice unas elecciones regulares, cuyos resultados sean admitidos por todos de forma implícita o manifiesta. El segundo escenario mucho menos deseable profundizaría el proceso de conflicto de clases, el cual se está manifestando en dos planos: 

En el plano local por la división del partido oficial, el cual durante veinte años ha venido construyendo la nueva clase gobernante y dominante, cuya expansión y consolidación encontró en el plano político el escollo del modelo de dominación personal y caudillista, afectando a los dos líderes del oficialismo, los cuales se fueron separando hasta llegar a una rivalidad irreconciliable que culminó con la división del partido.

Esa división entre los dos líderes abrió el “magma” donde se incuba  la lucha de clases entre las dos facciones que se disputan el control del partido y del proceso de coordinación de la apropiación privada de los recursos públicos, para darle sustento a la nueva clase gobernante creada por ellos.

Sobre ese conflicto local se ha montado toda una  campaña electoral que expresa el conflicto de clases y cuyo balance ha favorecido significativamente a la opción opositora de verbalización democrática, pero que hasta ahora constituye una expresión socialmente inorgánica y menos eficiente en el manejo del Estado, integrada por segmentos de la clase dominante de vocación privada y por segmentos de las clases medias y populares en alianza. 

Esa segunda asociación de intereses también aspira como las demás a controlar el Estado con la finalidad difusa de consolidar su posición de clase, asumiendo la visión clásica y cívica de la democracia capitalista, con separación y alternancia de los poderes del Estado, revestidos con los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad, reforzados ahora por la transparencia y el respeto a los derechos humanos, así como a las regulaciones internacionales del comercio global.    

Esa lucha de clases a nivel local se ha visto reforzada por la lucha de clases a nivel global, potencializada por la globalización regida por el “libre mercado” que reina en todas las naciones. Esa dinámica global ha dado lugar a la emergencia de opciones competitivas entre sí y a veces contrapuestas al capitalismo global, tales como han sido las reacciones provenientes de China, Rusia, la India y Sudamérica con su “socialismo del siglo XXI” y de donde surgiera la agresiva e ilícita competencia de las multinacionales brasileñas encabezadas por la Odebrecht, teniendo como ejes a Brasil y Venezuela en los tiempos de Lula y Hugo Chávez y que desplazara momentáneamente a los EE.UU. 

En ese contexto conflictivo se dan las elecciones dominicanas: o asistimos a una solución democrática del conflicto de clases por el poder; o se profundiza la lucha de clases en una fase de ingobernabilidad e inestabilidad.

¡Esperemos, pues, lo primero!  


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