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Luis Córdova

Luis Córdova


El otro virus


  • 28.05.2020 - 07:38 am

Hemos vuelto a pisar las calles con menos miedo pero con igual peligro. El rumor de unos días de libertad asoma y suponemos sonrisas tras la mascarilla que cubre la cara de ese igual que suma su miedo al nuestro y trata de volver hacer su vida dentro de una pandemia que, en la insularidad de esta remota isla, se revela singular.

Se pasa balance a la desescalada y el porcentaje de los contagiados se dispara pero la letalidad es baja, no hemos mostrado la disciplina en cumplir con distanciamiento y menos con quedarnos en casa, excusados en marginalidades y argumentos de toda naturaleza; aún así en la primera fase le decimos al mundo que es posible dar apertura a plazas y comercios, las madres que esperan su regalo con la misma pasión con la que venden los dueños de tiendas, estarán felices, los últimos claro.

Mientras el confinamiento duró las esperanzas eran de rigor en cualquier intervención pública. La narrativa no escatimaba en esgrimir lo cursi para tratar de levantar un acartonado nacionalismo prendado de positividad. En algunos casos el impacto del pesimismo y la denuncia oposicionista a casi todo resultó tan pesado como falsa cuando hablaron de “amor y unidad”. José Ramón López se reinterpretaba una vez más a la luz de unas elecciones en curso.

Con esto vamos teniendo la certeza de que amenaza otro virus, más potente, más letal. No aparece frente al microscopio, ni se soporta en teorías de la conspiración y no es posible estudiarlo desde una placa de petri.

Se erige, muta y propaga en la medida en que volvemos a “nuestras vidas”. La apatía, la terquedad, el ensimismamiento. La convicción de que no necesitamos vacunas de solidaridad, humanismo o fe, sino estar claro en “nuestros propósitos”, fijarnos en lo que queremos y demás frases y escenas que pueden llegar a la memoria desde algún recuerdo hollywoodense.

¿Por qué dolió quedarnos en nuestras casas? ¿No estábamos lo suficientemente distanciados del entorno mientas nuestros intereses estaban limitados al celular? ¿Acaso no era whatsapp la fortaleza desde donde estábamos protegidos hablando con quien quisiéramos, sintiéndonos dioses ignorando mensajes para cuando nos diera la voluntad ver o simplemente dejar en visto la conversación como en los mejores tiempos de la caverna?

Si hemos construido esta realidad de prioridades y replanteos de valores, de un mundo con más data y de vidas con más secretos, de mayor exposición fotográfica pero de discretos encuentros que burlan la fidelidad.

Estos mundos no cambiaran en nuestros adentros. Mientras vamos teniendo lujuriosas conversaciones, memes lo mismo que contundentes muestras de amor filial. A la par vamos eligiendo con qué sobrecargarnos y a quien ignorar en “nuestra vida”, no porque sea nuestra elección sino porque es una manifestación de ese nuevo virus.

Afuera, porque cada momento ocurre dos veces: una dentro y otra fuera, y son dos historias diferentes, como nos explicó Zadie Smith, se reincorpora lo más crudo de la política para convencernos de que resistió, que la pandemia de la sinrazón venció. Se discute la rentabilidad política de más tiempo para un estado de emergencia como si no fueran ciertas y serias las amenazas. Algunos esperan que la discusión sea técnica y científica sobre el manejo frente al coronavirus, pero el asistencialismo apremia y lo urgente sigue sustituyendo lo necesario.

“¡Esto es Esparta!”, desde el año 300 lo afirmó Leónidas.


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