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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


El desplazamiento de mis defectos hacia los demás


  • 21.07.2019 - 05:10 pm

La semana pasada, la columna “Un momento” que publica en el Listín Diario, mi caro amigo, Mons. Ramón Benito de la Rosa Carpio, trajo un artículo (y como es habitual en él lo redacta tan breve  que sus lectores apenas disfrutamos  su  lectura “en lo que pestaña un pollo”) titulado Acusar a otros de los propios males, el cual incluye una oración, que como dijera una vez Mario Benedetti sobre el poema “Paraíso perdido” de la poeta Idea Vilariño (1950), <>,  esa oración escrita por Ramón Benito, “El que acusa a los otros de sus propios males y no se acusa así mismo, nunca encontrará soluciones”, es realmente  penetrante, honda y certera.
   
Cuando alguien atribuye a otro, ya sea su vecino, hermano, su pastor o a un desconocido uno o varios de sus defectos o actitudes pesarosas y negativas, como ser chismoso, enredador, tacaño, mentiroso, suspicaz, celoso, falso en sus promesas, infiel, falsificador,  tramposo, manipulador para obtener ventajas, difamador, chantajista  o partidario del hurto, en Psicología le llamamos mecanismo de defensa de “proyección”. Es decir, la persona que posee cualquiera de esos defectos, sabe que ser reservorio de semejante ‘aguijón’ es terrible y se avergüenza  por ello, inconscientemente. Por eso, “proyecta” sobre usted o sobre mí sus miserias. Apuñalado, o tal vez asqueado de sí mismo por su chapatal proceder,  recurre a declarar que Fulano de Tal es “chismoso”, “hablador”, “tacaño”, “susurrón”, “enredador”,   “cuejnú” o “sustractor”. Lejos de sentir siquiera una mínima pizca de remordimiento, afirma que son los otros, no él, los poseedores de tan miserables actitudes o defectos.

Pero no en todas  las circunstancias la proyección como mecanismo de defensa constituye un problema o defecto del carácter  del individuo a menos que  sea un rasgo de su personalidad. Por ejemplo, nadie en su sano juicio puede esperar que un mentiroso no  proyecte en otra persona su  hábito de mentir si con ello pone  su vida a salvo de alguien que amenaza con matarlo.
  
La “proyección”,  o sea, ver en los demás los males que nos aturden pero que aborrecemos sin consecuencias inmediatas, se ha convertido en las sociedades humanas de hoy en una especie de medicina milagrosa sin la cual no es posible vivir, y todo porque parece que hemos descubierto que es mucho más fácil esquivar la ley que la ética o la moral. Difundir por el vecindario que es mi vecino el borracho que semanalmente escandaliza el barrio cuando verdaderamente soy yo, talvez me libre de caer preso por violar la ley que prohíbe el escándalo en la vía pública,  pero nadie es tan astuto que sea capaz de ocultase del ojo del ojo de la moral porque esta sobrevive, brilla y resucita como el Sol, continuamente. De ahí, que es más sensato acogerse a la práctica de una ética cotidiana en el hacer y el decir, que recurrir al esfuerzo deliberado de tirarle encima a los otros los defectos que empobrecen nuestra vida emocional y espiritual.

Aquellos que, erróneamente, piensan que trasladando sus propios males a la acera del vecino de enfrente los mismos se evaporarán, cometen el error de hacerse trampas a sí mismos ya que eso sería como creer que Dios existe y simultáneamente pregonar que no existe.
   
Quien acusa a los demás de sus propias miserias, “nunca encontrará soluciones a sus males”, como certeramente afirma el arzobispo Rosa Carpio, porque le pasa lo mismo que al médico suicida de la novela de Gabriel García Márquez, La hojarasca (1955), cuyo  entierro fue tan lentamente al cementerio que “el ataúd quedó flotando como si lo que llevaban a sepultar fuese un navío muerto”, no a un ser humano.

El autor es Psicoterapeuta familiar Centro Médico Cibao-Utesa   

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