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Pedro Mendoza

Pedro Mendoza


El caso de David Ortiz como padre en la Psicología de familia


  • 06.07.2020 - 12:00 am

Me sorprendería muchísimo que este articulo llegue a ser leído siquiera por dos personas dado que el lunes, cuando LA INFORMACION lo publique, es muy improbable que la gente lea asuntos no relacionados con la culminación del proceso electoral puesto que somos una sociedad donde la actividad política engendra las pasiones más viles, los enojos más miserables, los insultos más asquerosos y las acusaciones más puercas hechas alguna vez contra un semejante.

En mi ejercicio profesional como Terapeuta familiar, el conflicto del pelotero popularmente llamado el “Big-papi” con la madre de uno de sus hijos, lo veo con cierta frecuencia porque es bastante común, aquí y en el resto del mundo, que uno u otro miembro de la pareja marital formal o consensual utilice a los hijos como punta de lanza cuando ocurre la separación entre ellos o está a punto de ocurrir. 

Por desgracia, para David, el padre,  Fary, la madre y para “Davisito”, el hijo de ambos, hoy en la RD las llamadas “redes sociales” (aunque deberían llamarlas “redes cloacales) se sienten autorizadas a fusilar la vida privada y la intimidad de cualquier persona  que encuentren a su paso, llámese usted David Ortiz o llámese Juancito Trucupey. A ese enjambre global de avispas llenas de ponzoñas portadoras de veneno pero que a pesar de ello ha hipnotizado talvez al 80% de los habitantes de la tierra, lo que menos les importa es la identidad y la edad de quién sufre los aguijonazos de su ponzoña. 

Cuando los terapeutas familiares tratamos problemas que tocan las relaciones de pareja, de inmediato les planteamos a la pareja  que busca la ayuda profesional que entre ellos dos  hay un “toque” que nadie puede evitar aunque quiera. Todavía es mucha la gente en la RD que cree que las mujeres casadas y las que viven con hombres en una relación consensual, deben atenerse y/o conformarse estrictamente, tanto si tienen hijos como si no los tienen, a lo que se hace en la cama, a un besito el día del cumpleaños, a servir a tiempo la comida, cuidar de los niños, ir al supermercado o al colmado, pedir dinero para los cuidados en la peluquería y los domingos ir a la iglesia. Es decir, se tiene el convencimiento de que si una mujer sabe hacer esas cosas mencionadas, ya no tiene por qué interesarse por cosas como reclamar atención y ternura para ella y el hijo y menos por comprender el Teorema de Pitágoras.

El “toque” existente en una pareja que nadie puede evitar consiste  en una especie de fuerza pulsional producto de la intimidad que nace entre los amantes. Y si de esa de “fuerza gruesa” o pulsional nació un hijo, pues es inevitable la aparición de malentendidos tanto de mujeres como de hombres porque las primeras pueden creer que su hijo es resultado del amor y los últimos también, y ni uno ni la otra caen en cuenta que, frecuentemente, para ella un hijo nacido de una relación no provoca que  viva eternamente enamorada del padre, y todavía más frecuente, cientos de miles de hombres en  nuestro país suponen que embarazar una mujer y ser padre de ese hijo no los ata ni a ella ni al niño a pesar de estar conscientes que aunque no se aten a ella pero sí quedan atados total y eternamente al hijo. 

Pero donde “la puerca retuerce el rabo” es cuando un hombre que tuvo un hijo mientras estuvo en una relación de pareja esporádica o una relación ‘fija’ con una mujer pero cada uno en su sitio, tipo “tú aquí y yo allá”, o bien,  en una relación duradera y conocida por muchos, decide terminar su amorío con ella  porque va a casarse o porque su esposa y el o los hijos que tiene con ella, le demandan mucho tiempo y gastos.

El hombre tiende a no tomar en cuenta que la mujer con la que tuvo un hijo extramatrimonial, ‘normalmente’, tiene concentrada su mirada en el hijo y en el padre de su hijo y, como la mayoría de las mujeres sublimizan a su hijo,  por ello tienden a considerar que si el padre de su hijo sublima a los hijos procreados con su esposa, pues también tiene la obligación de sublimar al hijo que tuvo con ella. 

Y si ocurriese el caso de que esa mujer descubre que el hombre que se apartó de ella   rehúye sublimar al hijo que tuvo con ella, pues vendrán los refunfuños y hasta una guerrita que muchos abogados soliviantan ya que para nada les importa el deterioro que sufra el desarrollo emocional y cognitivo de la criatura. Así brota la  coincidencia de que el padre,  la madre y el niño se convierten en un sabroso puré cocinado por abogados y redes sociales. 

A David Ortiz le aconsejaría que no cometa el error de culpar al hijo como fuente del conflicto con la madre porque los hijos pequeños aprenden a ser leales al padre si este ha sido leal con ellos todo el tiempo aunque será más leal a su madre si es ésta la que le ha prodigado ternura y atenciones continuamente, y que tampoco culpe a la madre porque prácticamente todas las madres creen que el padre de su hijo debe importantizarlo más que a cualquier otro. David ganaría mucho frente a su hijo cuando el chico descubra que su padre está para él como lo está para los hijos nucleares y no  para que le compre tenis caro y celular con cámara de 10.000 pixeles. A Fary le diría que asuma parte de la culpa de su relación y conflicto con David ya que el niño no la trajo una cigüeña sino un coito entre él y ella. 

El autor es Terapeuta de familia.   Centro Médico Cibao-Utesa


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