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Redacción

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Distorsiones políticas criollas y globales


  • 05.11.2020 - 12:00 am

El nuevo Gobierno de la República se ha montado en la ola del “cambio”, con lo que aspira a impulsar la economía dirigiéndola hacia el desarrollo de la nación, al tiempo de intentar fortalecer la institucionalidad democrática.   

Esa orientación a favor del desarrollo y del orden institucional democrático, sin embargo se ve obstaculizada por serias distorsiones políticas que se expresan en conductas y prácticas partidarias de naturaleza antidemocráticas que hacen disfuncional la operación y funcionamiento del Estado. 

Dos ejemplos de esas distorsiones son el “barrilito” y el “cofrecito” establecidos por los congresistas, supuestamente para atender las necesidades perentorias y elementales de segmentos de la población empobrecidos y vulnerables. La necesidad de atención de esas poblaciones y la “misericordia” de los políticos, parecen buenos argumentos para justificar la apropiación de los recursos públicos.   

Esa supuesta labor social no está comprendida dentro de las tres grandes misiones de un le­gislador, según la Constitución, como son la de legislar, supervisar al Poder Ejecutivo y representar a la población que lo elige. 

Esas distorsiones, más que responder al principio ético de la subsidiaridad y de la solidaridad con los más débiles, obedece a la estrategia electoral clientelar, la cual proviene de la tradición caudillista que ha impuesto el modelo de la “dominación personal” y que concibe al Estado como un patrimonio personal para repartir sus recursos públicos a conveniencia de las clientelas y de los caudillos. 

El “barrilito” y el “cofrecito”, son en consecuencias prácticas desviadas, que degradan la moral de la función del legislador, y que funcionan como mecanismos de la apropiación privada de los recursos públicos y por tanto son expresiones de la corrupción imperante.

Pero la distorsión política más significativa que se vine dando en nuestras naciones, ha sido la conversión de la política como negocio, la cual  ha dado lugar a un tipo de corrupción sistémica y estructurada, sobre la cual se levanta toda una cultura que justifica no solo la apropiación de los recursos públicos para fines particulares, sino hasta las expresiones ideológicas, así como de exposición del conocimiento, descomponiendo moralmente el psiquismo del dominicano contemporáneo, el cual asume como valor central el dinero.

La conversión de la política como negocio, consecuencia de la doctrina económica del neoliberalismo, no solo es un fenómeno que se ha presentado en nuestro país, sino que viene propagándose en todo el mundo con la globalización, tal como se manifiesta en los EE.UU, dando lugar al predominio de los movimientos de derecha extrema, donde se fomenta una democracia de exclusión agresiva.   

Esa ola de la política distorsionada ha conducido a que los empresarios puros incursionen en la política, tal como ha pasado con Donald Trump en los EE.UU y Bolsonaro en Brasil, con lo que se distorsiona también el rol del Estado, para favorecer los negocios y a los ricos, al tiempo de provocar un orden social de injusticia y discriminación y de devastación del medio ambiente.   

¡Nuestro país y el mundo deben, pues, reformular la política y el modelo económico vigente!      


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