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Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara


Dios se hizo niño


  • 26.12.2019 - 12:00 am

Dios nos ha sorprendido en cada Navidad. Su ternura, misericordia y sobre todo su amor por la humanidad, se ha reflejado en su fragilidad. Es decir, Dios se hizo contradicción, ha hecho lo que por caridad es solamente posible: volverse barro, humano, limitado, dependiente. En palabra de Ulizes Oyarzún, “Dios se ha vuelto loco” porque “dejó el cielo y a sus ángeles en Gloria, y con maleta en mano se mudó a nuestra colonia,  y sin más protección que sus sandalias rotas vino a compartir nuestro pan y nuestras derrotas”. 

El Creador se hizo criatura, el Todopoderoso asumió la condición humana. Salió de su zona de confort y como uno de tantos, entró en la zona de aprendizaje, vivió nuestras peripecias, sufrió nuestros dolores. Nos vio en la oscuridad, sumergido en la soledad; se percató que estábamos muriendo de frío y sin abrigo, perdidos en un mundo sin dirección y sinsentido. Miró nuestra miseria y vino en nuestro auxilio curando nuestras heridas; se volvió corazón en nuestro corazón. Rompió toda lógica humana, todo pensamiento posible del modo de pensar de los seres humanos. Dios se nos escapó de la mano y confundió nuestros prejuicios. 

Dios se hizo niño y una noche cualquiera nació en una gruta de Belén. Fue colocado donde ponen los alimentos para que los animales se alimenten. En otras palabras, Dios se hizo infante, pan para todos. Como sabía que somos débiles con los regalos, nos hizo uno muy especial y nos envió a su propio hijo. El amante nos entregó al amado. Compartió nuestra humanidad porque quería que regresáramos a su Padre. No fue necesario venir con poder y gloria, ya que eso hacen los orgullosos, los arrogantes, los que humillan, sino que vino en la humildad de la carne, pobre, y en un niño.

Dios llegó sin avisar. No hubo publicación en Facebook, tampoco en Instagram, no subió un video en YouTube ni mucho menos se escribió un comentario en Twitter, simplemente llegó de forma anónimo. Se hizo el escurridizo, se nos escapó de entre las miradas, y nos amó. Por eso, nos ha conquistado con su sencillez; quiso llegar y compartir nuestro dolor, sufrimiento y aflicción. Sabía que necesitábamos ayuda, que estábamos en la oscuridad, inmersos en las tinieblas, sin dirección y desesperados. Ya no teníamos fe ni esperanza en nuestros mismos, sabía que solo esperábamos la muerte. 

Dios ha llegado justamente cuando ya no teníamos nada. Se presentó a nuestra puerta y nos dio vida cuando nos quedaba la muerte, construyó el corazón destrozado, nos levantó el ánimo y nos enseñó su luz. Dios abrazó nuestra pobreza y nos llenó con su riqueza. Secó nuestras lágrimas con su sonrisa, y con la ternura hecha criatura, nos mostró que es tan grande su amor que es capaz de hacerse pequeño, de volverse insignificante para mostrarnos lo valioso que somos para él. Dejó la comodidad y se mudó a nuestro hogar para aprender de lo humano haciéndose humano. Dios caminó con nosotros para llevar con su luz nuestros espacios vacíos y oscuros.


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