Comentarios Recientes

0
Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco


¿Dios existe?


  • 28.07.2020 - 12:00 am

Hoy en día son cada vez menos las personas que defienden la postura de que Dios no existe. Si en una reunión cualquiera hacemos la pregunta de si Dios existe, es muy probable que todos admitan su existencia.

Sin embargo, tal y como decía en mi artículo de la semana pasada, de cuando en vez surge alguien escribiendo en la prensa tratando de negar la existencia de Dios, valiéndose de argumentos totalmente desfasados, y más que argumentos, sinrazones.

Pero, ¿y los científicos, esos que han escudriñado las células y los protones y las neuronas y los astros y las estrellas y han llegado hasta el ADN y hasta todos esos mundos que, por inverosímiles, van mucho más allá de todo lo que podamos imaginarnos, esos señores, creen en Dios?

El debate de si la ciencia y la fe son compatibles viene desde muy lejos. Voy a contarles tres anécdotas que nos ayudarán a conocer lo que grandes científicos han dicho sobre el tema.

Siglo Diecisiete. El insigne matemático Blaise Pascal, en 1670, crea un argumento que ha venido a ser llamado “La apuesta de Pascal”. En una discusión sobre la creencia en la existencia de Dios, Pascal afirma que aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe, lo inteligente es apostar que sí existe.

La razón es que, aún cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna.

  Además del gran beneficio esperado por creer, también se sumaba, afirmaba Pascal, el beneficio aportado por vivir la moral cristiana. Pascal es considerado el padre de las computadoras.

Siglo Diecinueve. En un tren rumbo a París, un grupo de alegres estudiantes, que ya en ese momento se consideraban modernos,  discutían desfachatadamente sobre Dios, y por supuesto, su modernidad los llevaba a negar su existencia. En un extremo del vagón, observan un señor de cierta edad con el Rosario en las manos, lejanamente absorto en su oración.

Y claro, le cuestionan sobre esa anticualla que ya nadie reza, y le dicen que ellos son estudiantes de medicina, y que en sus microscopios nunca han encontrado a Dios. Y así sigue la burla hasta que el anciano baja en la estación que le corresponde, no sin antes dejarles su tarjeta de presentación, por si en algún momento pudiere serles de utilidad.

Sin darles mayor importancia, la ponen en el bolsillo. Al llegar a la casa, se toman la molestia de leerla: Profesor Louis J. Pasteur, Decano, Facultad de Ciencias,  Universidad de Lille.

Y lo que no decía la tarjeta: descubridor, entre muchas otras, de la vacuna contra el virus de la rabia, que ha salvado la vida a millones de vidas en el mundo entero.

Finales del Siglo Diecinueve. Un joven estudiante universitario es retado por su profesor a una discusión sobre Dios y la existencia del mal.

Hacia el final de la discusión, el estudiante afirma que “el mal no existe, al menos no existe por sí mismo.  El mal es simplemente la ausencia de Dios en el corazón del hombre.  El mal es un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios.  Dios no creó el mal.  No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz.  El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.” Y concluye la anécdota señalando que el profesor, ante esos argumentos irrefutables, “después de asentir con la cabeza, se quedó callado.”

El joven alumno se llamaba Albert Einstein, el genio que desarrolló la teoría de la relatividad, revolucionando así toda la ciencia humana.

Siglo Veinte. República Dominicana. Uno de los más grandes médicos y científicos dominicanos, a más de reconocido filántropo, el Dr. Heriberto Pieter-Bennett, fundador de la Liga Dominicana contra el Cáncer y del Instituto de Oncología que hoy lleva su ilustre nombre, conservaba bajo el vidrio de su austero escritorio la siguiente oración, con la cual se dirigía a Dios todos los días:

Padre,

en tus manos me pongo.

Haz de mí lo que quieras.

Por todo lo que hagas de mí,

te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,

con tal de que tu voluntad se haga en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi alma entre tus manos,

te la doy, Dios mío,

con todo el ardor de mi corazón

porque te amo,

y es para mí una necesidad de amor

el darme, el entregarme

entre tus manos sin medida,

con infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre.  Amén.

Bendiciones y paz.


Comentarios

Name of User
Sé el primero en comentar

Ir arriba