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Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara


Decide, ¿Soledad habitada o nociva?


  • 17.09.2020 - 12:00 am

Vivimos tomando decisiones. Cada etapa, circunstancia o realidad que nos sale al frente hace que tomemos partido. Cuando optamos por lo contrario, otros deciden por nosotros. Los acontecimientos que llegan, penetran, en nuestro mundo interior, es decir, los que predominan en nuestras decisiones, son los que guían nuestros sentimientos y emociones. Esta es la razón por la cual a veces actuamos bien y en otros momentos, mal. No siempre escuchamos la conciencia para dirigir nuestros pasos, preferimos dejarnos mover por los instintos aunque no tengamos claro hacia dónde vamos ni muchos menos lo que nos espera después de la acción. 

A lo largo de nuestra existencia nos refugiamos en la soledad. Solemos apartarnos de todos para quedarnos únicamente con nosotros. Como estamos constantemente con los demás, metidos en un activismo sin límite, llenos de todo sin grandes resultados, aparecen los vacíos, las dudas y los temores. Comenzamos a cansarnos por dentro. A odiar lentamente la rutina que cada día nos acompaña. Sentimos poco a poco que los resultados obtenidos no están cubriendo nuestras expectativas, y que solo nos dejan un sabor amargo. Y es aquí donde nos encontramos con la soledad, que se puede volver en nosotros, nociva o habitable. Dependerá de la actitud asumida ante ella.  

La soledad nociva, juega con nuestras debilidades. Hace todo un recurrido de nuestros errores y fracasos para mostrarnos lo miserable que somos. Manipula la pobreza que llevamos dentro. Es la responsable de conducirnos a todo tipo de vicios. Es nociva precisamente porque nos hace daño. En vez de levantarnos el ánimo, de darnos la fuerza suficiente para cambiar el panorama que nos destruye, nos hunde más, incluso, puede empujarnos al suicidio, como última salida de escape. 

Mientras que la soledad es habitable cuando podemos sentarnos compartir con ella. Cuando somos capaces de dialogar a solas y revisar de manera muy detenida y sin prisa, los logros y las derrotas obtenidas en el tiempo. Es un espacio donde se puede llorar y al final, sale una carcajada. Este tiempo de soledad es apremiante. Deja bastantes beneficios, porque provoca reorganización personal, evaluación de nuestra realidad compleja y sencilla. Nos lleva a preguntarnos, si realmente nos sentimos realizados y plenos en lo que hacemos diariamente. En otras palabras, la soledad habitable es sentirse acompañado sin la necesidad de tener personas a nuestro lado. 

Ante este tema, hay que aprender a bailar con la soledad, como dice el jesuita español José Rodríguez Olaizola. Caminar con ella de las manos. Tener la confianza de reconocer que está de paso, que es una peregrina en el trayecto existencial de todo ser humano. Un huésped que no tiene cuerpo ni figura, sino que se adapta a nosotros. No les tenga miedo. Atrévete a tener un momento con ella. Tómate el tiempo que necesario para descubrir qué puedes aprender a su lado. Luego, al final, dale las gracias y deja que continúe su camino. Entonces cuando vuelvas a tu rutina cotidiana, respira, sonríe y reinvéntate, que como dice mi madre, “Nunca es tarde si la dicha es buena”.


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