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Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara


De la ceniza saldrá la vida definitiva


  • 18.02.2021 - 12:00 am

La ceniza es símbolo de la brevedad de la vida. Es el reflejo de hacernos conscientes que todo comienza y que todo termina. Ya lo dice la expresión bíblica, “Porque polvos eres y al polvo tornarás” (Gn 3, 19). Pues, somos seres limitados, nuestra existencia está marcada por un principio y un final. Los seres humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren. De aquí que por más que nos afanemos constantemente, nuestra vida tiene un desenlace. En otras palabras, nuestro tiempo está medido, marcado y estipulado. 

Sin embargo, aunque desde la visión humana se viva para morir, desde la visión cristiana es todo lo contrario, se muere para vivir. Porque el cristianismo no termina con la muerte, sino que al final triunfa la vida. Claro está, esto implica un camino lleno de sufrimientos, sacrificios, entrega; un sendero de purificación, conversión y un reconocimiento de las propias realidades que debemos asumir como seres humanos para poder luego cambiar. Por eso, la Iglesia propone la Cuaresma como esa guía interior para pasarle un inventario a nuestra existencia y ver cómo va todo en nuestro corazón. 

Esta es la razón por la cual todo comienza con el miércoles de ceniza, porque justo con esta celebración litúrgica-religiosa, nos preparamos para dejar de vivir con la mirada en la tierra y elevarla haca el cielo. Es decir, pasamos de un pensamiento terrenal a una vivencia espiritual. Dejamos a un lado nuestra mentalidad fatalista y pesimista;  esa de creer que todo termina con la muerte, y nos damos la oportunidad de abrirnos a una actitud optimista y trascendental para esperar una vida que no termina. 

Para iniciar viviendo con los ojos en el cielo, es necesario asumir entonces las herramientas cuaresmales que ya conocemos: ayuno, oración y limosna. Debemos ejercitarnos en estas prácticas de amor, para saber qué tan cerca o lejos nos encontramos de la voluntad de Dios. Porque, es precisamente ayunando, estando en constante oración y siendo solidario con los demás, que podemos medir la profundidad de nuestra caridad. Pues, salir de lo cotidiano, sacrificar lo que nos gusta y entrar en contacto con el Creador, es lo que nos garantiza que realmente estamos caminando hacia su presencia. 

Dado que vivimos rodeados y metidos en muchas cosas, hagamos un stop en nuestra cotidianidad, y pese a que estamos en tiempo de pandemia, profundicemos en nuestra vida para ver el grado de conversión que tenemos. Seamos capaces de negarnos a nosotros mismos, para poner orden en nuestro mundo interior. Porque el tiempo de Dios es perfecto y si estamos en Cuaresma de nuevo, significa que Dios quiere encontrarse con nosotros y para lograrlo tenemos que meditar un poco sobre nuestras decisiones y aspiraciones humanas, mirar nuestros huecos y vacíos, y así veremos recuperada la alegría y la esperanza que perdimos en nuestro caminar. Por tanto, dejemos el miedo a un lado, pongámonos la ceniza y al final, renacerá la vida definitiva en nosotros. 


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