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Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara


Cuaresma: tiempo de regresar a Dios


  • 25.02.2021 - 12:00 am

La vida es un viaje, siempre estamos de camino. En un momento nos encontramos en un lugar y de repente ya estamos en otro. Estamos sumergidos en constantes cambios. Sin embargo, no solemos aprovechar al máximo la travesía. Es más, en ocasiones creemos que no es necesario distraer la mirada, incluso, lo consideramos una perdedera de tiempo, porque decimos que no aporta nada para llegar más rápido a nuestro destino. Como tenemos la mente fija en un solo punto, se hace difícil detenerse a contemplar lo que vamos viviendo y experimentando a lo largo del sendero.

También la Cuaresma es un viaje, una peregrinación. Pero claro está, no para el exterior, sino para el interior. Es una entrada a nuestra propia vida para observar cómo está todo en esa zona, qué está funcionando, cuáles cosas necesitan reparación o si simplemente hay que quitarlas y tirarlas. Porque a lo mejor como estamos metidos en tantas cosas: estudio, trabajo, familia, amigos, diversión, descanso, etc. se van creando barreras que impiden realizar ese encuentro con nuestra conciencia, razón por la cual se considera inoportuno sacar tiempo y espacio para nosotros mismos. Es decir, hemos establecido todas las condiciones en nuestras costumbres cotidianos para no encontrarnos con nosotros al caer la tarde, ya que la idea nos aterra, nos incomoda. 

Quizás sean la rutina, la tecnología, los tropiezos de la vida, los momentos amargos de la existencia, la soledad asumida, accidentarme, y las diversas situaciones encontradas en nuestro día a día, lo que nos hace pensar que no es tan importante dedicarnos un rato valioso, que es mejor refugiarse en el activismo aunque que nos impulse a pensar en todos, menos en nosotros. Por eso, mientras los demás son felices, en ocasiones un vacío se adueña de nuestro ser, mata nuestras ganas de vivir y nuestro deseo de avanzar un escalón más en la búsqueda de la felicidad. 

Hay que hacer una parada en nuestro trajín permanente para encontrarnos, pero primero debemos regresar a Dios, pedir su iluminación, reconocer que somos criaturas, seres limitados y necesitados de un guía en nuestra historia, de ese que más que nadie sabe quiénes somos y qué perseguimos. Por consiguiente, para restaurar nuestra identidad, para amarnos tal y como somos, tiene que existir la humildad de darnos cuenta de que estamos perdidos, y que necesitamos ayuda para sentirnos realmente vivos y amados. 

Cada uno debe priorizarse antes que los demás. Pues, amarse a uno mismo, no es egoísmo, todo lo contrario, es humanidad, ya que, para ayudar y servir a otros, tengo que saber mi valor, despertar y percatarme de  que poseo una dignidad, que somos personas con derechos y deberes. Que Dios no nos hizo copias, sino originales. Por tanto, hay que aprovechar la Cuaresma para descubrirnos, con nuestras fortalezas y debilidades, para luego continuar el ritmo de la vida, pero ahora con alegría, con entusiasmo y sobre todo con la voluntad de luchar por tener en nuestro corazón la paz y la armonía que anhelamos. 


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