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Redacción

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Criminalidad y suicidio


  • 12.11.2020 - 12:00 am

La nación dominicana parece que tendrá que conformarse con la ocurrencia de crímenes horrendos y suicidios frecuentes, los cuales ponen de manifiesto la crisis por la que atraviesa la sociedad dominicana y con ella, muchas personas desarraigadas para las cuales ya no funcionan los mecanismos de control y estabilidad emocional de la personalidad social.

El país vive una fase de descontrol, donde los mecanismos tradicionales tanto del control interno como del externo, con la transformación y cambios sociales que se han dado como consecuencia de la modernización y desarrollo urbano, dichos mecanismos de control fueron desmantelados o se hicieron disfuncionales, sin que fueran sustituidos por nuevos mecanismos de control de la conducta.

La ausencia de esos mecanismos de control y la disfuncionalidad de los existentes, se ha traducido en un estado de anomia, en la cual los individuos actúan movidos por los instintos y sentimientos salvajes que emergen de una personalidad desequilibrada, desestabilizada emocionalmente, lo que lo induce a comportamientos agresivos y violentos en contra de sí mismo, conducta suicida, o contra el prójimo, conducta criminal o asesina.

En la antigüedad no tan lejana, digamos 60 años atrás, los individuos desarrollaban una personalidad social estabilizada y equilibrada emocionalmente, sobre la base de la gran influencia que ejercía sobre las personas la institucionalidad de la familia estructurada y extendida, acompañada por la escuela y el vecindario como espacios de la comunidad que se encargaban de vigilar y estabilizar la conducta de los individuos.

Para aquellos que se desviaban de esa presión familiar y afectiva, los mecanismos de control externo, la autoridad policial y judicial, se encargaban de reprimir sus desviaciones y eventuales impulsos descompuestos. La conducta individual y colectiva de los individuos de esa manera estaba muy comprometida con lo que los demás esperaban de ellos.

Con los procesos de emigración del campo a la ciudad y de modernización de la vida urbana, esos mecanismos se fueron debilitando, al igual que las instituciones policiales y judiciales, las cuales han confundido y debilitado sus funciones para el control externo, incluso comercializando su rol de guardianes del orden público. 

De esa  manera la gente ha caído en unos espacios de descontrol en muchos planos de la conducta social y en particular en las relaciones sexuales de hombre y mujer, relaciones que siguen el patrón cultural del machismo, donde el hombre domina la mujer, y que ya no se adecua a los cambios sociales y a los tiempos presentes.     

En ese contexto de anomia con frecuencia los individuos caen en situaciones de desequilibrio emocional que en ausencia del control interno y externo, dan lugar a estados de frustración y agresión donde se pierde el sentido de la vida, traduciéndose en los fenómenos de una criminalidad salvaje, así como de los suicidios cada vez más frecuentes.

Se trata, pues, de una situación compleja que debe encararse mediante una estrategia de desarrollo, que tienda a restablecer el rol de la familia, de la escuela y de la comunidad como fuentes institucionales del control de la conducta. Conjuntamente se deben restablecer y fortalecer las instrucciones del orden público para reprimir con efectividad las conductas violatorias del orden social.

¡Comprendamos, pues, la complejidad del problema!


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