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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


A Príamo Rodríguez Castillo, en su dolorosa partida


  • 10.08.2020 - 12:00 am

Hoy no sonríe el sol, ha muerto el rector magnífico de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA), el doctor Príamo Rodríguez Castillo. Cuando falleció Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, se apagaron las luces del Olimpo donde moran los dioses de la cultura. Su muerte muy sentida hará que en el altar de Zeus se encienda cirios para iluminar el camino que habrá de transitar este difunto hacia su descanso eterno.

Recuerdo una tarde de otoño de grandes revelaciones, estaba yo sentado hundido en mis pensamientos sobre la vida y la muerte, de pronto  entro en una espacio neblinoso y oigo llover y encima, como escribiera Unamuno, un universo de sombra, y recibo un pausado gotear y quedo a merced de los vientos de la suerte; este vivir no es el vivir desnudo, ¿no es acaso la vida de la muerte?

Taciturno, me quedo contemplando el cadáver de Príamo Rodríguez Castillo y mi mente discurre en las extrañas virtudes y hazañas de los hombres contadas por  Garcilaso de la Vega donde la naturaleza es paradisiaca y veo unos pastores dialogando sobre la muerte. Lo que caracteriza a la muerte es la experiencia de la pérdida sin sustituto. 

Entonces en medio de aquel dilema que me crea la muerte de Príamo Rodríguez Castillo, Neruda me dices: Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo. Y, no conforme con la explicación poética que nos ha dado Neruda, recurro a otro poeta don José Emilio Pacheco y este me dices: «Es verdad los muertos no duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo, pero la cueva preserva su entierro. Aquí están alineados cada uno con su ofrenda los huesos dueños de una historia secreta.»

Morir, dijo un poeta, es alzar el vuelo, sin alas, sin ojos y sin cuerpo. Esta muerte de Príamo la comparo con la muerte de Mario Benedetti, al ver su rostro me parece solo un niño de cara triste, un niño sin motivo, sin miedo, sin fervor, un pobre niño viejo que se parece a Dios. 

A veces sin embargo lo percibo solo como un silencio, sin pasado, sin olor, un silencio en que ladran los perros y uno se pregunta quienes son, otras veces es una niebla espesa que se mete en los ojos, que destruye la voz y lo arrincona a uno definitivamente.

Veo al amigo Príamo en el ataúd cubierto con su fino crespón como si fuera un niño viejo que deja caer su mano  sobre su corazón. Sera muy difícil para su familia y amigos seguir en el mundo sabiendo que se ha apeado. Gracias, gracias Rector Magnífico por tu talento y tu generosidad.

Hubiese querido poseer la prosa de Azorín, pero soy  tristemente un pobre escritor antillano que ha escuchado la voz  de Dios y escribo esta despedida al doctor Príamo Rodríguez Castillo oara decirle que va camino a  emprender un viaje largo, sin rumbo conocido, y saludarás otras primaveras; otros otoños cruzarán tu rostro, otras lluvias vendrán a inundarte, otras luces acudirán a tus ojos. 

Cuando iniciábamos recién la primavera el dolor llegó presuroso a la vida del hombre y del rector. Tú caminas ahora, dejándonos la tarea de buscar la esperanza que casi vemos perdida. 

Aquí está el rostro de este escritor, para decirte que un viento de dolor nos sacude y que tenemos que detener las lágrimas que nos vienen corriendo por las venas; aquí están los rostros de los estudiantes que quieren decirte lo que representas para el hombre dominicano, para los seres de América, para los ciudadanos.

Alguna vez en tus discursos tú te atreviste a decir: hay una sola enfermedad que mata a la muerte: la vida. Aquí estamos en medio de esta pandemia al lado de doña Ingrid, de Frank, de Lily, de María Jesús y de Melany, un doloroso viento azota el rostro de Santiago y del país. Te sentimos que va silencioso por otros caminos. Hoy te alejas como esos planetas que nunca más veremos a la luz del día.

Pero dejas la puerta abierta de tu vida para que en ella bebamos la ejemplar tarea de ser hombres terrenales, abiertos a todos los vientos que acuden, alertas a la luz de todas las ventanas. Déjame guardar la voz para que tú hables a los estudiantes, a los empresarios través de tu discurso de una prudencia llena de madurez y de sabiduría.

Dios, Padre todopoderoso, nuestra fe confiesa que Jesús murió y resucitó; por este misterio, concede a tu servidor Príamo Rodríguez Castillo que se ha dormido en el Señor, alcanzar la alegría de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Paz a sus restos.


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