20 Octubre 2019 5:34 PM

PortadaTendenciasReflejos

Cultura, arte, letras y libros...

Cultura, arte, letras y libros...

ampliar foto

Ingrid González de Rodríguez | ACTUALIZADO 19.09.2019 - 4:50 pm

0 COMENTARIOS

enviar por email

imprimir

ampliar letras

reducir letras

El ser humano es por naturaleza una criatura social. En principio, este hecho no es privativo de su esencialidad. También otros animales, viven en comunidad . No obstante cuando profundizamos con detenimiento sobre la naturaleza social del hombre, de inmediato observamos grandes diferencias en relación a la sociabilidad de los demás animales. En el caso de los animales la sociabilidad es instintiva, en el caso del ser humano, la sociabilidad no se estructura exclusivamente en función de determinaciones instintivas. Una distancia insalvable separa la sociabilidad humana de la vida común del animal.

“La sociabilidad humana presenta un doble nivel de fundamentación, el primero nos remite a las características biológicas, que imponen “el factum” de la sociabilidad: nacimiento inmaduro, indeterminación instintiva, carencias en cuanto, independencia física etc. Por otra parte tenemos un Segundo nivel de fundamentación, es el ámbito en el que despliegan las dimensiones propiamente humanas: la libertad, el lenguaje, la voluntad, el sentimiento moral, la inteligencia, la cultura”.   

Entre estas últimas hay una característica propiamente humana asombrosa, es la dimensión utópica del ser humano, inherente a su libertad, esta insoslayable dimensión, no es un ornamento trivial, por el contrario, gracias a su libertad ontológica el ser humano vive una existencia abierta y proyectiva.

La nota más definitoria del hombre es su libertad metafísica u ontológica. De ahí, que es legítimo afirmar que el hombre es “animal útopico” porque su naturaleza social  traspasa el imperativo biológico, y le permite construir un proyecto de vida y elegir opciones que él mismo decide, en el ámbito de su libertad metafísica.

 “Aunque la sociabilidad humana se fundamenta en la propia constitución biológica del animal humano y no es, como tal, una simple propiedad que él tiene, sino una dimensión formal y constitutiva de su ser, sin embargo, dicha dimensión puede concretarse o materializarse en múltiples y heterogéneos modos. Nuestra naturaleza nos obliga a vivir en sociedad; pero no nos dice cómo debemos organizarla. En otras palabras, sobre la necesidad de la sociabilidad opera la libertad de su plasmación, libertad que el hombre viene desplegando a lo largo de la historia, como lo atestiguan las distintas formas de organización social habidas desde los tiempos prehistóricos hasta la actualidad. El hombre desea, imagina y proyecta formas de organización «perfectas», en las que reine la justicia, la paz, la felicidad. Lo lleva haciendo desde la Antigüedad y, presumiblemente, lo hará mientras exista sobre la tierra, pues al ser humano le es dada la vida, pero no la forma como debe vivirla. El ser humano crea y diseña su vida en un constante proceso de elección (libertad ontológica). La voluntad se encuentra directamente relacionada con el deseo de progreso y desarrollo humano, consecución de la felicidad. La función de las utopías, las cuales ayudan a aumentar, en la medida de lo posible, la esperanza en una vida mejor (diseñada en la utopía), la cual, ayuda a potencializar mundos en los que, el ser humano podrá realizase en plenitud. Casi todos los grandes pensadores han sido en cierta forma utópicos, aunque no todos hayan elaborado una utopía en forma detallada”.

En Platón, Aristóteles, San Agustín, Hume, lo mismo que Kant, Hegel, Comte o Nietzsche, se pueden encontrar, rasgos manifiestamente utópicos, casi siempre, tras el ropaje de una determinada interpretación del hombre y de la historia.

ingridderodriguez@hotmail.com



0 comentario(s)


Le restan 1000 caracteres.

Normas de uso

Este periódico no se responsabiliza de las opiniones vertidas en esta sección y se reserva el derecho de no publicar los mensajes de contenidos ofensivo o discriminatorio.