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El 27 de Febrero: avances y atrasos


  • Redacción | 26-02-2020

Viví en Licey al Medio, Santiago, durante 13 años, para mí era normal levantarme y ver gomas quemándose en las calles, personas con armas de fuego que le llegaban hasta las rodillas caminando en grupos, como si esto formara parte de la cotidianidad. Llegué a sentir mi casa inundada con bombas lacrimógenas, sin poder respirar, buscando agua para poder calmar la sensación de asfixia; ver a mi mamá y mi papá buscándonos a mi y a mi hermana por un camino detrás del colegio, entre maleza, porque era imposible cruzar por las calles del frente…

Y, aun así, cada 27 de febrero escucho hablar sobre los supuestos avances que se viven en mi país, la celebración de una Independencia que no existe, oigo comentarios sobre lo bueno que es vivir en República Dominicana, y la reducción de crímenes que cada año enfatizan, aunque esté lejos de la realidad. 

Formando parte de grupos pastorales, llegué a visitar leprocomios, con estructuras más enfermas que los propios enfermos, con unas monjitas que se las arreglaban como podían para medicar a un promedio de 20 personas, que cada mes eran olvidadas por el gobierno que debía protegerlos, que se le llenaban los ojos de esperanzas cuando alguien, al fin, los recordaban. 

Y, aun así, cada 27 de febrero escucho en los discursos como, llenos de orgullo, exponen que el país deja atrás la pobreza, la buena gestión del gobierno en relación con los enfermos y la economía, cómo este pedazo de isla camina hacia adelante cada día más. 

Más adelante, y por gracia del destino, alfabeticé a adultos que me hablaban de lo humillados que se sentían cuando exponían que no sabían leer ni escribir, porque no se les había dado las oportunidades, porque era trabajar para ayudar en la casa, o morirse de hambre. Cada sábado los veía poniendo su esfuerzo, intentando no dejarse vencer por un sistema que no los privilegiaba, con su piel maltratada, con unas manos que pedían descanso. 

Y, aun así, cada 27 de febrero escucho hablar acerca de los centros educativos que se construyen, de su funcionalidad, de que el país carece de personas analfabetas, y de que cada día la educación crece, que estamos cerca de ser el ejemplo para otros países.

Alejada un tiempo de esas realidades, sin darme cuenta, otra vez caí en una situación que me hizo abrir los ojos. Siendo voluntaria de un campamento para niños de escasos recursos (los cuales, es importante destacar, viven frente a una institución relativamente privilegiada, a las que asisten personas, en su mayoría de clase media y alta) vi cómo estos niños caminaban con zapatos que les pelaban los pies, sin medias, con zapatos rotos y los pies prácticamente al descubierto, zapatos demasiados incómodos para sus pies. Vi cómo se maltrataban entre ellos, y el poco aprecio que tenían hacia su propia vida, vi al futuro del país comiendo más de lo que podían en el momento, por un hambre atrasada. 

A mi corta edad, he vivido en carne propia la desigualdad, he tenido la sensibilidad para darme cuenta de que existe, la he sufrido (aunque es una realidad ajena a la mía). Observé la desesperación e impotencia de mi hermana cada vez que llegaba del hospital por la gente que moría en sus brazos por falta de recursos, mientras pasan en la televisión el gran progreso del proyecto de remodelación del hospital. Vi a los niños del Sur pasando hambre: la belleza de las playas con el amargo contraste de la pobreza.

He sabido lo que es desigualdad, y, aunque nunca he sido muy patriótica, no me parece justo olvidarme de las personas que viven en la Patria;  por eso, elijo seguir protestando, seguir luchando, sin conformarme con lo “menos malo”, sin preguntarme si es que soy demasiado pesimista o muy idealista. Elijo seguir ayudando, aunque cueste, aunque sea más fácil vivir en una burbuja, elijo celebrar una verdadera Independencia cada 27 de febrero, elijo escuchar un discurso que no me diga más mentiras.

Por Laura Victoria Vásquez Guzmán, estudiante universitaria


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