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Detrás de la impunidad

ACTUALIZADO 16.05.2017 - 9:58 pm

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La lucha contra la “impunidad y la corrupción” tiene como caldo de cultivo no solo el estado generalizado de la inmoralidad política que se revela en el caso Odebrecht, sino que cobra justificación en el escalofriante estado de violencia social que espanta y desespera a las propias autoridades por su incapacidad para enfrentar tan compleja situación, y que las induce a recurrir a prácticas brutales tradicionales de represión del pasado tiránico que se suponía superado.
   
El empantanamiento de la situación está generando un clima social que favorece la expectativa de un “cambio”, que se expresa en la frase: “esto tiene que cambiar porque ya no se puede seguir así”. Este sentimiento de “cambio” que cobra su máximo contagio en la movilización que viene llevando a cabo la “Marcha Verde”, pudiera alcanzar su materialización siempre y cuando el movimiento defina y trabaje bajo una estrategia que señale objetivos y acciones que le den sentido al cambio, de modo que se reduzca o elimine la incertidumbre que genera todo cambio, así como la expectativa del riesgo social.
   
Ese escenario estabilizador se puede construir recurriendo en el plano político a una estrategia que se dirija a profundizar el proceso de la deslegitimación de la dominación establecida, ahondando la crisis de credibilidad, para forzar a un nuevo “Pacto por la Democracia”, como se hiciera en 1994, y donde se concreten los siguientes objetivos políticos: Primero, despolitizar la institucionalidad del Poder Judicial y del régimen electoral, desmantelando los “cuadros” partidarios insertados en esos organismos a raíz de la reforma constitucional del 2010, de modo que se le ponga fin a la impunidad y se garanticen elecciones libres, transparentes y en igualdad de condiciones, de las que surjan autoridades electas creíbles, confiables y legítimas; Segundo, consensuar y aprobar las reformas políticas pendientes, Ley Electoral y Ley de Partidos, a manera de regular la vida partidaria y democratizar las prácticas políticas; y Tercero, reconformar los organismos del Poder Judicial y de elecciones, para asegurar su independencia y la separación de los poderes, así como la viabilidad de la alternabilidad legítima.  
   
En el plano económico, el movimiento por el “cambio” tiene que definir un esquema que permita desmontar el actual modelo económico basado en el endeudamiento y el gasto excesivo e irracional, creador de los crónicos déficits y alimentador de la “partidocracia clientelar”, de modo que la gestión pública racionalice el gasto público y lo dirija a crear las condiciones que impulsen a un sector privado pujante que opere una economía competitiva y en capacidad de expandir las exportaciones y su efectiva inserción en los mercados globales.
   
En esta dirección el Estado deberá implementar políticas públicas que incentiven la producción nacional en especial en renglones que generen empleos de calidad y de mayor formalidad, para ir arrastrando a la masa laboral a los beneficios del crecimiento y del desarrollo con sentido humano y de justicia. Bajo esas directrices políticas inexorables el “cambio” pudiera ser una mejor opción que el que ofrece la “impunidad y la corrupción”.
 
¡El “cambio” tiene que definir el escenario del futuro que promete!
 


1 comentario(s)


  • 1

    George Leonel Salcé

    17.05.2017 - 1:00 pm

    Con la muerte de Trujillo tuvimos un gran cambio hacia una democracia mal sustentada. Luego en 1978, se renovaron las esperanzas para otro gran cambio que trajo nuevas frustraciones. A partir de esa fecha hemos estado en ese círculo vicioso buscando el cambio que nunca llega, casi 40 años de soledad en ese anhelo.
    Inevitablemente el cambio llegará, eso es seguro, existen síntomas. El sistema político va a colapsar por su propio peso, por el inmenso poder que ha ido acumulando. Ese poder que es la resultante de todos los poderes que lo componen, integrado esencialmente por el peso individual de cada funcionario, “trabajando” en su propia demarcación, con el objetivo común de ser presidente de la República, esa carga psíquica colectiva, sumada, originó una masa crítica peligrosa, una anomia global en el estado dominicano que culminará en un estrepitoso y aparatoso desplome, con todos sus elementos desparramados por el piso. Después, surgirá alguien de la polvareda a r


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